León contra las tropas napoleónicas
El 14 de julio de 1789 fue el día elegido por los desarrapados de París para asaltar La Bastilla. Lo hicieron movidos por la convicción visceral de que el sistema absolutista era injusto y había llegado el momento de hacerlo saltar por los aires.
El Terror posterior supuso la culminación del proceso revolucionario y la cabeza de Luis XVI en la guillotina su muestra más palpable. Aquella cuchilla de acero pendida en todo lo alto se convirtió en el ritual de la purificación, del cambio irreversible.
El heredero burgués de aquella revolución que acabó deslumbrando al mundo occidental se acabó autocoronando emperador y su expansión llegó a la península ibérica, y por ende, a León. Deslumbrados por el cetro imperial, los reyes de España hicieron la reverencia a Napoleón Bonaparte porque creían que iba a salvar a Europa, pero lo que hizo fue conquistar su territorio y someter a sus habitantes.
La herencia de la Revolución
Poco después de producirse el Motín de Aranjuez (marzo de 1808), en León tuvo lugar una protesta callejera frente a la casa de Felipe de Sierra y Pambley, por ser su dueño un colaborador de Manuel Godoy, el político más odiado por el pueblo en aquel momento. Los leoneses consideraban al joven Fernando VII como un referente de la libertad contra el despotismo del valido Godoy y, por tanto, el remedio a todos los males de la nación. A la postre, aquel rey felón salió rana y, en vez de ser el Deseado, se convirtió en uno de los monarcas más nefastos que ha tenido España.
Pero el mito bondadoso de Fernando VII permaneció toda la Guerra de la Independencia, de 1808 a 1814, hasta que los hechos desmintieron los sueños de futuro. Los leoneses aún no intuían el peligro de la invasión de las tropas napoleónicas porque –pobres incautos– les habían dicho que Fernando salía voluntarioso al encuentro de Napoleón, del que se decía que pronto iba a venir a España.
La conmoción llegó tarde a León, el 27 de mayo de 1808, al conocerse la renuncia de los reyes a la corona española en favor del emperador de los franceses, quien ponía al frente del ejército galo en España al combativo general Murat. Tres días después se creó la Junta Superior de León, que reasumía la soberanía de la provincia en tanto se repusiera en el trono a Fernando. La Junta era la concreción y voluntad colectiva del pueblo leonés, un órgano formado con el asentimiento de la mayoría.
Un mes después, el temor parecía inminente: la tropas francesas se acercaban a León y las rondas armadas, los alistamientos de voluntarios y la movilidad de tropas locales no pudieron frenar la inquietud. Los franceses había vencido en la batalla de Medina de Rioseco y avanzaban implacables hacia tierras leonesas. Era pleno verano y muchos habitantes de estas zonas huyeron. Cuando el mariscal Bessières llegó a Mansilla de las Mulas, exigió a una delegación de la capital quemar todas las armas que defendían León. El francés exigía una nula hostilidad ante el avance enemigo. En una maniobra envolvente, los franceses dieron una vuelta por Astorga el 26 de julio y entraron luego en León, nombrando corregidor e intendente nuevos, que juraron fidelidad a José Bonaparte. El sueño de prosperidad saltaba por los aires.
Sin embargo, los ecos de la derrota del general francés Dupont en Bailén llegaron a León, lo que provocó que los franceses se replegaran y abandonaran la capital leonesa el 1 de agosto, volviendo el gobierno local a autoridades que defendían el territorio frente al invasor. La situación duró unos meses, pues un nuevo impulso francés supondría un avance de sus líneas, prolongándose su control en un período de tiempo que iría desde la llegada de Napoleón a España (noviembre de 1808) hasta 1812. León había caído por segunda vez en manos extranjeras. Sus veinte mil hombres sembraron la destrucción en la capital, mientras el general Soult los dejaba hacer. Quemaron el convento de Santo Domingo, saquearon San Marcos y San Isidoro, removieron los sepulcros de los viejos reyes de León, usaron las lápidas como ocasionales pesebreras, hicieron caballerizas en rincones con historia, ocuparon beaterios, monasterios y hospicios, requisaron alimentos, animales y muebles. Todo formaba parte del botín de guerra.
La guerrilla patriótica leonesa se encontraba a salvo en las montañas del norte y el general Luis de Sosa no entró en la capital hasta el 29 de julio de 1809, liberando la ciudad. Juan Díaz Porlier, convertido en jefe guerrillero de la Meseta, recibió el refuerzo de Sosa, momento en que los franceses entraron –por tercera vez– en León y se hicieron dueños de la capital. La provincia leonesa era un enclave estratégico en el cuadrante Noroeste. Su guerrilla no pudo con el avance francés y se nombraron autoridades afrancesadas en la provincia, pasando el territorio a la obediencia directa de Napoleón.
El combate de junio de 1810 en León
El ambiente del país era de guerra global y León fue obligada a contribuir en la estrategia general de la contienda. El 7 de junio de 1810 las fuerzas españolas se introdujeron en la plaza de la capital y se disputó un duro combate. Pero los esfuerzos resultaron infructuosos: los franceses se envalentonaron y tomaron San Isidoro, con su iglesia y abadía, como ciudadela defensiva. Su recinto religioso se convirtió en cuartel de la guarnición, se ocuparon las camas de los canónigos y sus estancias se transformaron en habitaciones, almacenes de víveres y cuadras.
Tendría que llegar la batalla de Arapiles (verano de 1812) para que la cadena de derrotas francesas acabara por liberalizar el territorio del noroeste peninsular. No obstante, los franceses, en pleno repliegue, concentraron sus fuerzas sobre el norte de la Región Leonesa y en Castilla La Vieja y volvieron a ocupar la ciudad de León el 7 de diciembre de 1812, hasta marzo del año siguiente; cuarto asentamiento francés.
Napoleón entra en la provincia de León
Napoleón pisó tierras leonesas. En su gira fijó su cuartel en Valderas durante dos días de diciembre de 1808, y en Astorga otros dos días posteriores, en 1809. Había decidido venir personalmente a España al frente de su Grande Armée para vencer la resistencia anglo-española, aunque falló en sus pretensiones. España le resultó más indómita de lo que tenía pensado en sus fantasías imperiales. Las comunicaciones en aquellas fechas presentaban serias dificultades y vencer la rebeldía de los españoles estaba resultando muy complicado. Las montañas leonesas venían sirviendo de refugio natural a una guerrilla que no cejaba en su empeño de reconquista.
Esperó primero el emperador a que se reparasen los puentes sobre el río Órbigo y llegó a Benavente, dirigiéndose luego a Astorga, donde recibió noticias desfavorables de París que le hicieron regresar. Se estaba formando la Quinta Coalición de países europeos contra el poderío francés.
El general británico John Moore había decidido retirarse hacia La Coruña, tras haber sido informado del avance de un grueso de tropas francesas con la presencia del mismo Napoleón. Moore se retirarían a Astorga y luego, a través del Manzanal, al Bierzo, a Cebreiro y a las costas gallegas. Las escaramuzas que practicaron los ingleses antes de su retirada tenían como objetivo dividir el ejército francés en dos fracciones, uno en Valencia de Don Juan y otro en Benavente. Cuando cruzaron el río Esla, los ingleses se garantizaron las comunicaciones en su repliegue hacia Galicia. Eso sí, una vez conseguido su propósito, comenzaron una serie de actos de pillaje por parte de sus soldados, saqueando núcleos antes de que llegara Napoleón.
Días antes de la partida del emperador, las tropas inglesas habían saqueado la villa de Valderas y sus zapadores hicieron saltar por los aires sus puentes, para evitar los movimientos del ejército francés. Ingleses y franceses establecieron sendas estrategias en territorio español, con nulo respeto por lo autóctono. En Benavente los ingleses asaltaron el palacio condal y luego se reunificaron en Astorga. Tanto unos como otros cobraron sus botines de guerra en estas tierras.
La Junta de León había organizado en 1809 el Cuerpo de Voluntarios Leoneses, con centros de reclutamiento en lugares como Fornela y Valdepiélago. Ante las avanzadillas enemigas, la Junta se refugió en Lois y sufrió dispersión de sus fuerzas, viéndose obligadas a cruzar incluso las líneas enemigas. Los Voluntarios ocuparon de nuevo León durante 19 días, librando combates en la Candamia y el Portillo.
Fue la de León una Junta itinerante, en función de cómo se movían las líneas de guerra. El 1 de septiembre de 1809 abandonó Astorga, ciudad atacada por el enemigo y defendida por Iraola y luego por Santocildes. La Junta se instaló provisionalmente en Ponferrada. Desde allí partió Luis de Sosa hacia Sevilla, para representar a León en las nuevas Cortes. Renovada su composición, en 1810 la Junta incorporó ocho nuevos vocales, elegidos por Ponferrada, Villafranca, las Babias y Valdeburón. Se habían reunido en el monasterio de Carracedo, donde eligieron los diputados provinciales para viajar a Cádiz.
Los leoneses en las Cortes de Cádiz
La convocatoria a Cortes había tenido como paso previo unas elecciones entre la población masculina de más de 25 años y casa abierta, eligiendo un diputado por cada 50.000 habitantes. A León le correspondió siete representantes: cinco por censo, uno por la Junta y otro por la capital. De aquel escrutinio salieron nombres como Antonio Valcarce Peña, Luis González Colombres, Joaquín Díaz-Caneja, Manuel Santalla Quindós. La Junta, único poder soberano de los leoneses, cobraría rentas y tributos, además de imponer contribuciones, montar hospitales, mantener al ejército (con dificultad) y proveer uniformes, armas y avituallamiento.
El poderío francés sobre el territorio peninsular fue incontestable hasta 1812, y los leoneses fueron sorprendidos por el enemigo en la zona que se extiende de Sandoval a Mansilla. La vanguardia del mariscal Soult se había movido con rapidez y el 29 de diciembre de 1812 entraba a saco en la capital. Pero al año siguiente el poderío cambiaba de bando y se entró en el tramo final de la guerra. La campaña de 1812 tuvo como protagonista indiscutible en la Meseta al inglés Wellington, que recuperó Ciudad Rodrigo e imprimió un nuevo carácter a las hostilidades. León quedó alejado por un tiempo de las operaciones militares. Finalmente, en marzo de 1813 la Junta Suprema del Reino de León suscribiría su disolución en Villafranca, otorgando su poder al que había emanado en Cádiz.
En esta guerra, los españoles dominaron el Bierzo y la Montaña Leonesa. La zona central de la provincia, con un arco geográfico desde la Maragatería hasta Boñar, fue zona sin control estable por parte de ambos bandos. El área de la capital, riberas del Esla y Cea y zona Este, hasta Cistierna, sufrió el dominio predominante de los franceses.
Balance del conflicto
Muertos, destrucción y barbarie se han traducido en cifras que hoy manejan los historiadores. La parte positiva tuvo más alcance y había echado a andar con la convocatoria a Cortes de la nación española. No eran válidas las Cortes del siglo XVIII por resultar necesario —después de las consultas– un cambio radical en la composición de las mismas. Jovellanos impulsó esta reforma inspirado en el modelo inglés, un sistema bicameral que la guerra y la necesidad de agilizar el proceso convirtió en unicameral.
Las elecciones, bajo un clima bélico, duraron tres años (1810-1813), y en León se efectuaron las votaciones el 29 de agosto de 1810. Un mes después se constituyeron las Cortes de Cádiz, que no dudaron en proclamar la soberanía nacional, el deseo de elaborar una constitución y la supresión de los señoríos, medida ésta última cuya aplicación en León fue muy reñida. La Pepa vio la luz aquel 19 de marzo de 1812, un texto avanzado que proclamaba la igualdad de los españoles, los derechos humanos, la división de poderes y la monarquía constitucional. El clero luchó –y lo consiguió– por mantener un Estado confesional, católico, apostólico y romano, “única religión verdadera”.
Autoridades de todos los ámbitos de León, civiles, militares y políticas, juraron el texto en la catedral el 7 de julio de ese mismo año. El proceso de cambios parecía imparable y se eligió un jefe político (precedente del gobernador civil) y un juez de primera instancia de León. Un año después se formaba la diputación provincial, asumiendo competencias en obras públicas de la provincia, además de la administración local, impuestos, reclutamientos, etcétera. Faltaba asentar la red local de ayuntamientos en los núcleos que habían tenido regidor con anterioridad y los que tenían más de mil habitantes. En la dispersa geografía de la Montaña Leonesa también se erigieron ayuntamientos en distritos de mucha extensión territorial. La financiación de las entidades recién creadas quedaba establecida con arbitrios municipales, controlados por la diputación.
Tejer un modelo liberal costó sudor y mucho tiempo en León, pues se partía de una opinión liberal minoritaria y un clero poderoso además de reaccionario, que fue capaz de hacerse valer en las elecciones. El mismo obispo de Astorga se autoexilió a Portugal ante su rechazo a la nueva Constitución. La falta de entusiasmo liberal corría paralela al descontento del pueblo en materia de presión fiscal, tras una guerra que había dejado esquilmados a los leoneses. Hubo altercados y actos públicos donde se quemaron textos de la obra de Cádiz, mientras se exhibía el retrato de Fernando VII. Pero aquel rey 'deseado' tampoco había entendido los cambios que la Historia le ponía en bandeja, enrocándose en su absolutismo y poniendo palos a la rueda del liberalismo, mientras la mayoría de leoneses lo jaleaban.