El rugido

Río en deshielo con el caudal rugiendo.

Por la noche después de cenar salgo a fumar un cigarro al patio de delante de la casa. Prometí dejarlo el 1 de enero, pero el día 2 cambié de idea. Y aquí seguimos. Estuvimos diez años sin encontrarnos el tabaco y yo pero en este nuevo laberinto vital nos damos una tregua de tres al día, si no hay alcohol mediante: en ese caso él me llama a mí y yo, lo confieso, le esquivo menos. Es feo declarar vicios en estos tiempos pulcros pero la realidad es tozuda y se impone. No me pelearé con ella. Diré, en mi defensa, que a la par que volví a fumar me propuse recuperar la fuerza en el cuerpo y nunca estuve en mejor forma física que ahora. No se puede sostener el oleaje si los músculos se apagan. Pocas recetas mejores que el deporte para ponerse en pie, y más ahora que el huerto empieza a dar señales de necesidad. Tocará, de nuevo, preparar la tierra para todo lo que nos desee ofrecer en este nuevo ciclo aunque, esta vez, miraré los surcos con una preocupación nueva: quién sabe cuánto dependeremos de lo que la naturaleza nos sirva en este reciente caos en el que el mundo se está metiendo con drones, bombas y hombres cuya locura es más grande que la inmensidad de la noche.

En estos días, en el silencio lleno de vida que solo suele interrumpir, por ejemplo, el crotoreo de las cigüeñas que ya se han instalado en mi vecindario, había algo más en esos atardeceres en los que salía a dejarme devorar por el humo de la nicotina. Un murmullo no tan lejano, una respiración entrecortada y ambigua, una cascada de agua. No era otra cosa que el río tantas veces apagado que ahora bajaba pletórico, como un rugido, él que tantas veces había sido solo una cuenca vacía. Al día siguiente me acerqué a él para comprobar si realmente era ese ímpetu real el mismo que yo oía en la noche y mi vista me lo confirmó. No sé cómo vendrá la primavera ni si el verano nos traerá nuevas desgracias vestidas de fuego, pero el agua está diciendo que no nos van a parar esta vez. Me gusta imaginar que somos gotitas de agua un tanto furiosas, que unidas las unas a las otras, creamos un torrente que nos salva, esta vez sí.

Hoy mi escritura está hecha de rodeos: quisiera escribir sobre política pero las elecciones están demasiado cerca, así que callo, o uso la metáfora en exceso. O merodeo sobre mí misma y trato de interrumpir mi boca con lo que me gustaría decir y no digo, pero advierto o dibujo entre rugidos y aguas bravas que tal vez tengan más fuerza de lo previsto. Llegan carteles a mi teléfono que comparto sin demora. Dicen que el monte no olvida. Ojalá que quienes lo miramos de cerca tampoco lo hagamos. Yo, mientras, mastico la espera que nos llevará hasta ese desenlace mientras me apoyo en la revolución de lo cercano. Sé que no estoy sola: cada vez somos más.

Etiquetas
stats