Mujeres que corren con los lobos
Apenas amanece y pasa como un destello. No se detiene. Camina ligero, trota como si el monte fuera suyo. Siente que una presencia existe a pocos metros de donde va abriendo camino y entonces me mira, de frente, y veo su cabeza plateada clavando sus ojos en los míos. Y no se para ni un momento, forma su baile de una pezuña tras otra, construye un andar majestuoso y seguro. Mira de nuevo hacia delante y avanza hacia el pinar en el que, tal vez, está su manada. Es joven, bello como un relámpago sin ruido que lo atrape, como un oasis de verdad que arranca una certeza a la mañana que pronto se cubrirá de máscaras. No puedo evitar pensar en la novela de David Muñoz Mateos, Entre las hojas escondido, y en su protagonista, Samuel: un niño feral que fue criado, él sí, por los lobos.
Voy más atrás en el tiempo y recuerdo el libro de Clarissa Pinkola Estés y pienso que yo nunca antes había visto un lobo. Puedes morir sin verlo y, sin embargo, una mañana cualquiera, un miércoles de primavera, se presenta ahí, como quien va al bar de siempre de una ciudad no tan lejana, pide un café y en la mesa de al lado descubre una mirada de alguien que congela el tiempo. Y un impulso te lleva a entablar una conversación porque sabes que si esa casualidad existe es por algo y entonces lo intentas, y descubres que una noche insulsa de martes puede convertirse en un recuerdo de fuego, como quien almacena leña para protegerse del frío que volverá el próximo invierno. En esa sabiduría cíclica haces cosas que antes no hacías y te sientes más viva que nunca aunque a la vez eres consciente de que hay un lado salvaje que se está imponiendo y tienes miedo pero a la vez resignación, como le ocurre a esa niña adolescente que en la película Los domingos, de Alauda Ruíz de Azúa, siente la llamada de Dios y desaparece. Aceptas entonces que ahora, en esta vida nueva, construyes rutinas que antes eran imposibles, como caminar al amanecer besando la promesa de un día que comienza, como un ritual cautivo que regenera tus piernas antes de ofrecérselas a las horas que te impulsen de nuevo hasta el sueño. Pienso en aquel libro y en cuándo lo leí por primera vez. No era la que soy ahora: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, dijo el poeta, y justo por eso deduzco que tal vez habérmelo bebido sea una de las razones que me ha traído hasta este punto exacto.
Leo también Cauterio, de Lucía Litjmaer, y se me marcan las venas en el cuello al constatar que llevamos siglos traficando con sueños ajenos hasta que un día todo se resquebraja y te quedas expuesta a tu deseo genuino de mujer libre. Y sabes que te toca cargar con él y parece una piedra de azabache pesada y lúgubre que, sin embargo, resulta tan brillante que no puedes hacer otra cosa que plantarte frente a ella y dejar que su esplendor te cautive y te llene de felicidad aunque también te deje caer a plomo algunas noches porque decidiste metértela en el bolsillo y no soltarla jamás.
Lo vi en la mirada del lobo: lo único que vale la pena es transpirar y saber que lo haces justo porque sientes que estás corriendo junto a él a través del monte aunque la piedra pese. Él va ligero, por eso siempre tienes que aprender avanzar sin tropezar, a simular su belleza y su determinación aunque no siempre la tengas. De eso se trata vivir o, al menos, la única forma de vivir que vale la pena.