Relevo de espiga y de pan: un casi centenario obrador de Laciana hornea su supervivencia con una joven familia

El ayer y el hoy del reparto del pan más auténtico desde el pueblo de Villager de Laciana.

Luis Álvarez

Villablino —

Romper las tendencias sociales y económicas no es algo que se pueda contemplar con frecuencia en comarcas como la leonesa de Laciana, atenazada entre el declive rural y en este caso además el minero. Lo que viene siendo habitual es que negocio donde los propietarios se jubilan, negocio que se cierra para siempre. Porque no hay relevo. Aunque no es la excepción que rompe la regla, el caso de la panadería de Villager de Laciana, de casi un siglo de vida, es muy sintomático.

La 'Panadería Orihuela' que regentaba Tina Fernández no parecía tener mucho futuro cuando la edad de jubilación se acercaba a su propietaria. Nadie de la familia quería continuar con el negocio y Tina se resistía a dar por finalizada la historia de casi noventa años, en que esa panadería lleva elaborando pan en el pueblo.

Por ello buscaba alguien, a ser posible joven, para hacerse cargo de los hornos y que de momento estos no se apagasen y tuviesen visos de futuro. Los encontró en el matrimonio que forman Yenel, 33 años, y Rubén, 37 años, jóvenes padres de dos niños: Manuel, tres años, y Mencía, de cuatro meses. Un matrimonio residente en Madrid hasta hace dos años a los que las circunstancias laborales les permitieron regresar a hornearse un nuevo futuro en su tierra de origen.

Yenel es abogada nacida en Villablino y su trabajo en un despacho de Madrid como asesora le está permitido hacerlo en teletrabajo. Rubén, natural de Villager, se dedicaba al transporte y montaje de mobiliario como autónomo con camión propio. Estas circunstancias les hicieron posible el regreso. Buscaban una vida más tranquila y con menor exigencia económica, “porque además queríamos tener un segundo hijo”, cosa que ya ocurrió con la niña, explica Yenel. Para la familia es más agradable, relajada y tranquila la vida del pueblo, y para los niños mucho mejor. El niño ya va al colegio en Villablino y la niña empezará pronto en el mismo colegio público que ofrece escolarización también de cero a tres años, es decir, con enseñanza gratuita.

Como comparativa, en Madrid “la guardería de Manuel nos costaba 800 euros al mes y yo tenía dos horas de desplazamiento desde casa a mi trabajo en la calle Velazquez”, cuenta Yenel. Hay más motivos pero sólo este ya explicaría por sí mismo su drástico cambio para decidir regresar a la casa de los bisabuelos de Rubén en Villager. Una casa que ya habían comprado con anterioridad a los herederos de la familia que la tenían en propiedad, para irla arreglando, y que en principio solo usaban para fines de semana o periodos vacacionales.

Rubén y Yenel con Mencía, la recién nacida de la familia, que llegó con un pan debajo del brazo.

Las circunstancias para Rubén no eran fáciles tampoco en Villager, explica. Los transportes en ocasiones tenían desplazamientos muy lejanos con muchos kilómetros de recorrido y no se podían realizar en una sola jornada. A Tina, la panadera de siempre, con un pie en la jubilación, “le monté dos cocinas en su casa”. Y ahí prendió la semilla, la relación personal entre ambos.

“Tina me comentó que una enfermedad la había dejado momentáneamente sin un repartidor”, rememora que le dijo la panadera un día tomando un café en el despacho de Villablino. Y él se ofreció para hacerle el servicio uno o dos días. Sin embargo, al final se quedó como empleado para reparto de la panadería. De esto hace ya seis meses. Y de repartidor ahora ha pasado a ser el nuevo panadero.

El relevo se materializó el 1 de abril. La panadería tiene nuevo gestor y nombre. Ahora se llama 'La Espiga de Laciana' después de que él aprendiera a hacer pan, un nuevo oficio que con muchas ganas y con la asesoría de Tina, “que nos ha ayudado muchísimo, para ponernos al día en el trabajo”, es posible asumirlo y compaginarlo.

Rubén, el nuevo panadero 'por accidente', con las manos en la masa junto a su hijo mayor, Manuel.

Ellos aplican además aportan nuevos impulsos para el negocio, con más variedades en la oferta: sus clientes pueden elegir entre siete variedades de empanadas, pizzas por encargo y varios productos de repostería, además de algunas modificaciones en el despacho de Villablino, tanto físicas como de horarios. Y en apenas el primer mes de balance ambos se muestran satisfechos y contentos con la evolución del negocio, que aporta a la economía local siete empleos, con el del propio Rubén.

Hacer pan, repartir alimentos: toda una historia

El pan en esta cuenca minera tiene una historia tan dilatada como la del propio carbón que le dio la riqueza a Laciana. En el Anuario General de España del año 1928 se consignan hasta nueve panaderías, repartidas de la siguiente forma por pueblos y propietarios:

En Villablino, Antonio Fernández, Felipe Valcárcel, viuda de Francisco Valcárcel y José Valero; en San Miguel -que por aquel entonces aún era un pueblo independiente- Bernardino Ribas; En Caboalles de Abajo, Dionisio González y José Martínez. Y en Villaseca, Bernardo García.

Interior de 'La Espiga de Laciana', el nuevo nombre del establecimiento, con panadería y más.

A finales del siglo XX, en Laciana había hasta nueve panaderías activas: Balbi en Villaseca, Panificadora de Rioscuro, La Venta, El Martiecho y Herederos de Luis González, todas en Villablino; Corros y Rosendo en Caboalles de Abajo; La Cadocha en Villager; y Pardo Niño en Caboalles de Arriba. Hoy tan solo perviven tres, la de Villaseca, la de Villager y una en Villablino.

La pérdida de población en el municipio, los cambios en los hábitos alimentarios, el pan de los supermercados y la mejora de las comunicaciones, que permiten la llegada más fácil de panes elaborados en localidades más lejanas, son factores que sin duda han permitido que estas tres panaderías asuman sin dificultades el abastecimiento local.

La vista atrás de una herencia

Las tres son panaderías históricas, que arrancan en los años 30 y 40 del pasado siglo. Una de ellas se ha mantenido siempre en una misma familia durante tres generaciones. Las otras dos, las de Villaseca y Villager, han tenido diversos propietarios. Al principio de transmisión familiar y últimamente con propietarios no familiares.

El obrador que es motivo de este reportaje, Panadería Orihuela, arranca a principios de la década de los años 30 en Villager, creada por un matrimonio integrado por Ramón Amigo, natural de Corullón (León) y Sofía de Grado, natural de Madriguera (Segovia).

Regresados de su emigración en Cuba, Ramón y Sofía abren la panadería en el paraje de Las Rozas, en Villablino, pero casi de inmediato la trasladan a Villager. Durante la guerra civil se quemó el edificio que la albergaba y se reconstruyó o se trasladó a otro próximo, detalle no confirmado. El primer nombre que tuvo este horno fue el de 'Panadería La Flor'.

Cuando Sofía y Ramón se jubilaron paso a regentar el negocio su nieto, Jesús Puras, Cuqui, que ya trabajaba en la panadería y también en el reparto y venta del pan, tanto a caballo con unos serones como con un carro de caballo. Estampas de otros tiempos.

Jesús Curas, 'Cuqui', repartiendo pan a la antigua usanza desde su panadería de Villager.

Los siguientes propietarios, Daniel y María Hilda, cambiaron el nombre y le pusieron 'La Cadocha'. Y dejaron en 2006 el negocio en manos de Tina Fernández, que ha hecho la última y actual transmisión.

Un largo recorrido, que por el momento permite que el obrador se mantenga vivo, y durante el cual se ha trasladado la ubicación en edificios del mismo barrio del pueblo, se han introducido modificaciones y mejoras. Pero aún se mantiene el horno de leña, lo que le da un carácter especial y muy personal al pan elaborado en esta histórica panadería. Un horno a cuyo calor llega otra aventura familiar plagada de esperanza y de futuro.

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