Mondelo, el fotoperiodista que saltó de Laciana al Tour de Francia: “Cada noticia debería poder enseñarse en una foto”
Al fotoperiodista Desiderio Mondelo se le hizo presente la vida, siendo todavía un niño, en un cuarto oscuro con una luz roja. “Mi padre era minero y mi madre era la lista de la familia”, cuenta sobre Alejandro Mondelo, que nació en Villanuiz (Quiroga, Lugo) y vivía en Villanueva de Arriba (Santibáñez de la Peña, Palencia) cuando él vino al mundo en 1950; y sobre Laura Valencia, que nació en Laguna de Negrillos e hizo un cursillo por correspondencia para enseñarle fotografía a su marido. Asentados ya en Caboalles de Abajo (Villablino), bajaron a Ponferrada para que naciera María Jesús. Alejandro hacía las fotos y Laura revelaba. Así que, con ella ingresada, el carrete subió hasta Laciana para que Desi descubriera con apenas 10 años su vocación al mismo tiempo que los rasgos de la nueva inquilina de la casa. Mondelo, que luego vería en las calles el renacer de la democracia en España, haría también propia transición profesional con el paso de lo analógico a lo digital, lo que permitió ganar tiempo y comodidades. ¿Se perdió algo en el proceso? “Se pierde el ver cómo nace tu hermana”, zanja.
A Desiderio Mondelo también se le cruzó por entonces la muerte. Había empezado a acompañar en bicicleta y asistir a su padre, que compatibilizaba la mina con la fotografía social en el Valle de Laciana. Una familia vecina de Caboalles de Abajo había sufrido la muerte de un bebé. Y quería retratarlo. “Mi padre no estaba en casa”, cuenta para relatar cómo, apenas superados los 10 años, cargó con la cámara para salir de aquel trance. ¿Qué sintió? “Miedo”, confiesa. Mondelo, que en 1979 regresaría a cubrir el funeral de los mineros muertos en el Pozo María, que ganaría un premio por una foto del torero Yiyo sin vida, que trabajaría en el País Vasco y Madrid en los años más sangrientos de ETA, que está seguro de haber pisado cadáveres en varios graves accidentes de aviación y que unas Navidades en Bosnia vio cómo le ponían una pistola en la cabeza, quedó ya entonces vacunado: “Hice muchísimos muertos y no me han impresionado”.
A Mondelo (su firma como fotoperiodista en la Agencia EFE) le quedó grabada otra escena de entonces. El Gran Premio de Ciclismo de Caboalles de Abajo congregaba a multitudes con José Manuel López Rodríguez como banderín de enganche. La gente se agolpaba y, a falta de vallas, la Guardia Civil hacía hueco a golpe de vara de mimbre. “¡Paisano, no me toques al guaje!”, le espetó a un agente su padre, que vivió las huelgas mineras de los sesenta, en plena dictadura franquista, con su madre pegada a la radio sintonizando la Pirenaica. ¿Cómo marca criarse en una cuenca minera? “Somos de una raza distinta. Porque la vida es tan dura que te fortalece”, contesta quien entonces acompañaba a su padre a las comuniones y cumplía el encargo de su madre de contar tres pasos entre los niños y la cámara. Mondelo, que luego situaba el foco a 50 centímetros de la línea de meta cuando tocaba hacer los esprints con carrete para retratar la cara del vencedor, fotografió a Emilio Butragueño en su tarde triunfal de Querétaro en el Mundial de México 1986 y puso a Miguel Indurain a tender cinco maillots amarillos al lograr su quinto Tour de Francia. “Y hoy no ve da envidia ni el ciclismo ni el Mundial. Se ha apoderado de los eventos la parte económica”, lamenta.
Y a Mondelo también le tocó entonces, en plena adolescencia, emigrar de Laciana. Su patera fue un gigante de hierro y vapor, el tren minero Ponferrada-Villablino. Había bajado ya un día a la capital berciana. “¡Guaje, métete ahí debajo!”, le conminó su progenitor para camuflarlo poniendo una gabardina encima de los asientos calados y no pagar billete. Mondelo, que cuando estuvo seis meses en la cama por una infección de riñón formaba parte de una cadena de producción con su familia entregada a renovar los carnés de identidad (su padre ponía un pañal de fondo y retrataba, su madre revelaba y él rellenaba los documentos), llegó a Ponferrada por segunda vez con 15 años y, tras comer pulpo en el Tres Portiñas, enlazó con el tren a Madrid hasta que un policía le preguntó si se había escapado de casa. Luego lo sacó de su asiento para que hiciera el viaje en un vagón cercano a la locomotora en el que tenía su oficina. “Y yo”, apunta, “desde ese día pienso que entré por la puerta grande en Madrid”.
Los de cuenca minera somos de una raza distinta. Porque la vida es tan dura que te fortalece
El lacianiego llegó a la capital de España con 15 años y una maleta de cartón de cuadros de color marrón. La vida le dio oportunidades: comenzó a trabajar de pinche de cocina en El bosque, un restaurante en el que la plantilla del Atlético de Madrid acudía a celebraciones y un día logró que Federico Martín Bahamontes, el primer español en ganar un Tour de Francia, le firmara un autógrafo. Él también se las buscó: su familia le había mandado una bicicleta y una cámara de fotos, empezó a competir a cierto nivel en patinaje y ya iba en Vespa a las pruebas cuando aprovechaba para mandar las crónicas de los resultados al diario As. Y convirtió la mili voluntaria en Madrid en un quid pro quo: enseñó a patinar a la hija de un teniente de automóviles que lo ayudó a sacarse el carné de conducir militar, canjeado luego tras el servicio militar.
Recién licenciado, abandonó la hostelería para centrarse en primer lugar en el periodismo deportivo. Llevaba ya su propia maleta de revelado cuando comenzó a recorrerse el país detrás de las competiciones, singularmente las ciclistas. ¿Y cómo se aprende a hacer foto informativa? “Se aprende cuando ves el resultado. Y en eso estoy todavía”, responde ahora que, ya retirado desde 2012, tiene su propio espacio en internet (www.mondelopress.com) y prepara un libro autobiográfico. El caso es que Mondelo fue ampliando el foco cuando se encontró en el medio de recibimientos a deportistas por sus éxitos en actos a los que acudían autoridades como ministros o el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón. El país estaba a punto de transformarse.
Hoy no ve da envidia ni el ciclismo ni el Mundial. Se ha apoderado de los eventos la parte económica
La Transición pilló a Mondelo en la calle, trabajando por libre, ya con una especial relación con la Agencia EFE. Hubo momentos en los que quiso correr más que el propio país. Salió de la coronación de aquel príncipe como rey Juan Carlos I en la iglesia de San Jerónimo pitando hacia la cárcel de Carabanchel. “Yo era tan iluso que pensaba que ya ese día iban a abrir las puertas de la cárcel e iban a salir todos corriendo. Cuando llevaba allí cinco minutos, me metieron para adentro y me tuvieron retenido tres cuartos de hora hasta que hicieron las comprobaciones de quién era yo”, relata. “¿Y si llega a salir (el entonces líder de Comisiones Obreras, Marcelino) Camacho?”, se pregunta para añadir que vio en aquel punto “un filón” que se multiplicó cuando ocurrieron los motines y la prensa hacía guardias en un pinar ubicado en frente hasta que un día aparecieron los grises con un Jeep y a caballo, y tuvo que tirar de contactos: “El capitán que dio esa orden había sido teniente mío en la mili. Y yo le dije: ‘¡Teniente, que soy el banderita!’. Yo era el que subía y bajaba la bandera todos los días”.
Mondelo, que ya trabajaba como fotógrafo en el gabinete de prensa del Ayuntamiento de Madrid (lo hizo con los alcaldes Juan Arespacochaga, José Luis Álvarez y Enrique Tierno Galván hasta 1979) cuando un día tuvo que identificarse ante agentes de la Policía Municipal mientras unos grises se llevaban un cerdo que llevaba escrito en los lomos (Rodolfo) “Martín Villa” (entonces ministro de la Gobernación), fue cogiendo galones a fuerza de cubrir hitos como la firma de los Pactos de La Moncloa en la Agencia EFE, que lo mandó en 1979 a Galicia, desde donde se desplazaba también hasta Asturias a hacer partidos de fútbol o a su pueblo tras aquel fatídico accidente que se cobró la vida de diez mineros en el Pozo María. Y de Galicia pasó dos años después al País Vasco, donde entabló relación con el político socialista Txiki Benegas hasta hacerle la campaña de las elecciones de octubre de 1982 con la mayoría absolutísima del PSOE y la llegada de Felipe González a La Moncloa, otra página de la historia de España que ayudó a ilustrar ya desde la redacción de EFE en Madrid.
Todavía estaba en el País Vasco cuando empezó el Mundial de 1982 en San Mamés y, tras pasar por Valladolid y Sevilla, terminó haciendo la final en el Santiago Bernabéu. Fue el primero de sus tres Campeonatos del Mundo de fútbol, sumando también México 1986 e Italia 1990. Cuando Yugoslavia eliminó a España en octavos de final en tierras transalpinas, Mondelo atravesó en moto el Mont Blanc para incorporarse al Tour de Francia: cubrió 18, más 5 Giros de Italia y 23 Vueltas a España. “Nadie se quería jugar la vida en una moto”, cuenta quien también hizo tres Juegos Olímpicos: los de Los Ángeles 1984 (con una bandera de España en la mano para redondear la imagen de José Manuel Abascal bronce en el 1.500), Seúl 1988 y Barcelona 1992, otro de los momentos capitales de un país que ya se homologaba con el resto de democracias occidentales.
El fotoperiodista ya había forjado su propio modus operandi. Hace un símil fotográfico al decir que llegaba a los sitios con el “angular” y “barriendo” el escenario. La premisa la aplicaba a las ruedas de prensa (retratando individualmente a los protagonistas y esperando luego a que se relajen y “empiecen a ser personas como en su casa”), las entrevistas (como el día en que notó que un premio Nobel se llevaba la mano a la suela del zapato hasta que lo rodeó y se dio cuenta de que tenía una agujero) o atentados y accidentes convertidos en carnicerías humanas (“el fotógrafo tiene que hacer todo lo que ve; y para eso está luego la figura del editor”, dice a la pregunta sobre si ha cambiado la sensibilidad social y hoy serían inviables imágenes que se publicaban entonces). “Yo he aprendido a lo largo de mi vida con el trabajo que el visor es una especie de protector. Son momentos en que se vive todo tan deprisa que tú no tienes tiempo a pensar en el esfuerzo o en el sufrimiento”, abunda con el ejemplo de aquel día, ya en el interior de la cárcel de Carabanchel con presos donando sangre, en que apartó el ojo de la cámara: “Y empiezo a ver que me mareo. No estaba protegido. Tienes que estar con el visor”.
El caso es que el oficio ha cambiado tanto que hoy, a las puertas de un Mundial de fútbol, afirma no sentir envidia. “¡Joder, Mondelo, qué suerte tienes, tío, que a ti los ciclistas te dejan entrar por las habitaciones!”, le decían los colegas redactores cuando ahora tanto deportistas como políticos están sobreprotegidos y la información cada vez más mediatizada por los gabinetes de prensa. “A lo mejor es que quieren vender lo que quieren vender y no tener testigos”, sugiere para citar como origen del problema cuando el departamento de comunicación del ministro de Agricultura con el Partido Popular Miguel Arias Cañete empezó a mandar sus propias imágenes a los medios o cuando las fotos de un accidente en el túnel del Guadarrama terminaron siendo las de los bomberos.
Mondelo, que prolongó su relación con Txiki Benegas, acabó haciendo más campañas electorales pegadas a candidatos (pidiendo libranzas y vacaciones en EFE) como la de Joaquín Almunia en 2000. A través del socialista José Blanco, al que había conocido ya en Galicia, accedió a seguir a José Luis Rodríguez Zapatero cuando aspiraba por primera vez, en marzo de 2004, a la Presidencia del Gobierno. El fotoperiodista, que participó en un plante de informadores en el Congreso de los Diputados ante el Ejecutivo de José María Aznar tras la muerte del cámara de Telecinco José Couso en la Guerra de Irak, siempre aplicó una fórmula cuando se cuestionaba cuál era la distancia que tenía que mantener con el protagonista: “El político está protegido por él mismo de saber hasta dónde tiene que llegar contigo. Y tú no debes mezclar. Tú tienes que ser muy profesional y muy discreto. Yo siempre me he sentido del lado de mis compañeros. Me siento más protegido por mis compañeros que por los políticos”. Con Zapatero encontró respeto y complicidad: “Pero es con el que he tenido más distancia. También porque los tiempos y las necesidades van cambiando”.
La transición profesional de lo analógico a lo digital cambió los ritmos de trabajo, pero también el orden de prioridades y hasta los criterios. “Lo importante de un fotógrafo es enseñar, si es posible, un acto en una foto”, sentencia ahora que abundan fotogalerías muchas veces gratuitas y prescindibles. “Y me parece que enseñar 50 fotos de una procesión es devaluar el trabajo”, agrega retrotrayéndose a los años con carrete en los que había que medir al milímetro los disparos de la cámara para no perder por el camino la imagen que podría ser de portada al día siguiente. “Soy consciente”, cierra, “de que lo que importa ahora es la imagen. Pero creo que hay que buscar cuál es la mejor”.
Desiderio Mondelo, que se curtió de crío entre mineros, ha seguido tirando de hilos de su biografía como el que enlaza los burros que cargaban escombros en el Pozo María en su infancia con las miles de fotografías de estos animales transformadas en el libro Hermano asno, firmado junto a Eliseo García Nieto. Ahora que ultima su autobiografía, reflexiona sobre la propia profesión. “Yo creo que la gente que trabajamos en prensa somos especiales. Tenemos un barniz por encima, de saber escuchar, de saber mirar, de respetar, de ser educado, de saber comportarte”, dice quien alguna vez se agachó a comprobar los bajos de su coche tras recibir un mensaje en el limpiaparabrisas de que alguien lo había estado rondando: “La gente hoy no sabe cómo era España con el terrorismo”. Ahora que vive en León capital, se deja caer por su Laciana, adonde llevó una exposición de fotos sobre Miguel Indurain cuando se cumplieron 30 años del quinto Tour. “Cada día tengo más relación. Me gustaría que fuera mejor”, añade quien en su monumental archivo conserva fotos de las marchas negras a Madrid, precisamente el mismo camino que recorrió con 15 años para transitar una carrera tan larga como aquellas kilométricas etapas del Tour de Francia en las que los compañeros le preguntaban si los escapados alcanzarían la meta y él apelaba a mantener la legendaria sangre fría de aquel ciclista navarro que se acostumbró a llegar de amarillo a París.