El tema de Ceuta como pregunta incómoda

Paso de marroquíes a Ceuta por el espigón.

Invadir un país con oleadas de gente desarmada no deja de ser una invasión. De hecho, hace bastantes años, en 1973, se convirtió en best seller una novela que planteaba este caso: El campamento de los santos, de Jean Raspail, lo que provocó una enorme polémica.

La idea fundamental de la novela es que el animal que no se defiende puede ser fácilmente devorado, y lo mismo le sucede a una sociedad.

De ahí se pasa fácilmente a la pregunta más crucial. ¿Se debe disparar o no contra gente desarmada que te está invadiendo? Mi respuesta, de momento, es que no debería hacerse tal cosa, pero reconozco que no considero ni eterna ni inmutable esa respuesta.

Disparar contra gente indefensa o no hacerlo: esa es la pregunta que no podremos soslayar, por más que lo intentemos. ¿Hay algún momento a partir del cual sería necesario disparar? ¿O el método de invadir un territorio lanzando millares de personas desarmadas va a funcionar siempre?

Las nuevas modalidades de guerra híbrida contemplan la opción de atacar un territorio de ese modo: con pobres y desesperanzados. Se trata de utilizar a las personas como proyectiles para aplastar al adversario. En España lo hemos sufrido ya varias veces y todos sabemos que lo sufriremos en el futuro. ¿Debemos aceptar de antemano la derrota y permitir que acaben con nosotros o es necesario reaccionar? ¿Debe aceptarse una violación si te viola un pobre y pidiéndotelo por favor?

La decisión no es fácil, porque para reaccionar hay que estar dispuestos a abrir fuego contra gente desarmada, de modo que nos teman más a nosotros que a sus sátrapas. Hacerlo generaría un cambio en nuestra sociedad que dudo que queramos asumir, porque una vez que se abre la puerta de la violencia contra la gente desarmada es muy difícil de cerrar, pero no hacerlo, sería el fin de nuestra sociedad, de nuestro modo de vida y probablemente de nuestro futuro como sociedad.

Las dos opciones son malas, pero hay que abrir ese debate. Todo lo demás es irrelevante. Entre todos los que llegan, ¿tiene el primer millón más derechos que el segundo y el tercero? ¿Hay que parar en algún momento? ¿O es mejor suprimir las fronteras y que entre el que quiera hasta que nuestro propio colapso y nuestra propia miseria los convenzan de que es mejor no venir?

A quien la sociedad le importe, tiene que dar una respuesta que defienda a la sociedad. A quien solo le importe el dinero y el beneficio, le basta con echar cuentas. En ambos casos, hay un límite.

¿A partir de qué momento hay que defender de manera efectiva una frontera? ¿Ahora, más tarde, nunca?

Ya no basta con mirar hacia otro lado. En algún momento habrá que decidir.

O no decidir nada y morir tranquilamente, con la conciencia tranquila, demostrando por qué las guerras, por estas latitudes, las pierden siempre los mismos. Tampoco hay que descartar eso, ¿verdad?

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