Del peligro de llamar facha a todo el mundo

Un fotograma de 'Espérame en el Cielo' de Antonio Mercero.

Hace no muchos años, decía en la radio un cavernícola, cuyo nombre no recuerdo: “Si meter el dedo en la boca es violación, por el mismo precio, me la follo”. Entonces me pareció una simple salida de tiesto, un ramalazo de ese humor que no hace gracia.

Y mira por donde que, pasado el tiempo, he comprendido el alcance de la burrada. Sigo sin estar de acuerdo, por supuesto, pero veo el mecanismo interno que sustenta esa clase de ideas y me parece que estamos en el camino de padecer sus consecuencias.

El refranero español, romo y sabio a la vez, ya lo decía: 'Outa por cien, puta por mil quinientos'. Y de eso parece ir la cosa. Si la alternativa es ser complaciente o machista, porque para algunos personajes no hay más que esas dos opciones, me hago machista en todo. ¿No me lo van a llamar igual si no soy complaciente con los deseos de las mujeres de mi entorno? Pues si voy a pagar la pena, al menos sacar algo a cambio.

Ya sucedía con algunos políticos locales que conocí en los noventa: Hhace cuatro años que me llaman ladrón sin haberme llevado un duro, así que ahora se van a cagar“. Esta frase es textual, de un alcalde reelegido en una ciudad mediana. Las críticas lo hicieron corrupto. Y lo malo es que me consta que es cierto. Y que los que vengan a decir que ya era corrupto de antes no tienen razón.

La presión social tiene efectos. Los que la ejercen creen que tiene efectos y por eso la ejercen. Y los que la sufren saben que tiene efectos. Lo malo es que esos efectos no son siempre los que esperamos.

Por aquello de la ventana de Overton, cuando se amplía un concepto para que llegue a más gente, este concepto de normaliza y el estigma que acarreaba se diluye. Si todo es facha, cada día es menos grave ser facha, y menos rechazable. Si todo es racista, o machista, cada día hay menos problema en ser racista o machista. Si el número y espectro de los afectados por el supuesto insulto se amplía, puede llegar el momento en que a ese grupo, en vez de avergonzarse, le salga más a cuenta desarrollar una identidad a partir del insulto y hacerse fuerte en ella.

Por el lado contrario pasa lo mismo con el concepto de woke. Si todo es woke, pues qué le vamos a hacer: seremos woke.

Ese es el peligro de hacer llegar las palabras gruesas al grueso del adversario: que cuando la base de afectados se amplía lo suficiente, la vergüenza se convierte en orgullo., el orgullo en votos, y los votos en retroceso social.

Llamar facha a todo el mundo que hace cosas que no nos gustan, no los retrae. Los multiplica. Pero tampoco hay que esperar que entienda esto quien le da el nombre de sumar a lo que sólo es dividir.

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