León, cuna del sacrificio

Panorámica del pueblo de Riaño, el pantano y sus montañas.

Te subes a un columpio gigante y ves cómo el reflejo del cielo se expande sobre una masa de agua que contienen unas montañas imponentes. Y debajo, lo sabes, una de las últimas luchas por la vida al filo de la democracia: Riaño como símbolo de una duda, de una sospecha, de una masacre que sin embargo expone por encima de todo su belleza de fiordo. Un poco más al centro recorres una carretera que te quita el aliento. La piedra caliza se erige como guardiana de un río que genera su propio cauce entre sus piernas. Las hoces de Vegacervera te dejan muda y paras, te detienes para reconocer ese espacio que podría ser Nueva York entre edificios descomunales y, sin embargo, es una arquitectura natural que te parte el corazón porque no puedes entender cómo no habías visto esto antes teniéndolo a menos de dos horas de tu casa. Y luego, también, recuerdas esa canción de Rodrigo Cuevas y dices que por qué no pasar por Casares de las alturas y en ese recorrido descubres el Valle de Arbas y miras con un catalejo cómo hay ovejas negras y vacas enormes que pastan por la montaña como si no hubiese nada que temer, aunque lo haya. Te tomas un café cargadísimo en un pueblo en el que parece que no ocurre nada pero hay un bar precioso donde la escultura de una bruja cuelga del techo de la entrada y en el baño hay un conjuro para que el vigor de los hombres no decaiga. Sin embargo en esa zona parece que la vida se ha detenido o tal vez sea porque el agua de lluvia ha llegado en la previa de que agosto termine y entonces parece que la estampida se produce antes de lo que estábamos acostumbrados en esta tierra en la que el verano es patria del huido y el otoño nostalgia del que resiste al abandono. Llegas así a Babia y Luna y resulta que allí pusieron el ojo los reyes y no es de extrañar porque te sientes como un Dios en la tierra cuando la naturaleza te abraza y te dejas morir en sus manos solo para renacer. Recuerdas, entonces, que en Villamanín hay un lugar en el que te echan de comer como si no engordase y puede ser que no suceda porque lo que se come con tanto placer solo puede generar alegría en el cuerpo y en el alma.

Poco a poco te introduces en el camino de regreso a casa y te preguntas por qué hay lugares que se despliegan como paraísos en la tierra y otros que sencillamente están ocultos a las masas. Y justo cuando estás recorriendo esa ruta de vuelta te llega un mensaje al móvil en el que dicen que en tu pueblo, apenas al lado, en el término del Val de San Lorenzo, en Maragatería, planean ubicar una planta de Biogás, y miras por la ventanilla del coche y ves que ahí, en la montaña de León, también hay carteles por todas partes en los que la gente dice que no al mismo sacrificio.

Firma, puedes firmar en contra aquí, porque podemos contra el olvido y el abandono, pero ser pasto del residuo ajeno y el olor a putrefacto es demasiado: una frontera contra la que levantarse, una forma de agruparse, otra vez, y decir no a una nueva forma de sacrificarnos.

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