El enoturista español es de proximidad: viaja menos de 200 kilómetros y busca sobre todo buena gastronomía
El enoturista español suele recorrer menos de 200 kilómetros para visitar una bodega, tiene unos 44 años, formación universitaria e ingresos medios o medios-altos, y concede más importancia a la gastronomía y a las buenas infraestructuras que a las experiencias entre viñedos.
Así lo concluye un estudio liderado por el investigador de la Universidad de León (ULE) José Luis del Campo Villares, que analiza los hábitos y preferencias de 684 viajeros del vino de toda España.
La investigación consultada por EFE, publicada en la revista científica 'PASOS. Revista de Turismo y Patrimonio Cultural', llega en un momento en el que el sector vitivinícola busca nuevas vías de ingresos ante la caída del consumo interno de vino y la creciente competencia internacional.
Los resultados dibujan el perfil de un visitante de proximidad, muy alejado de la imagen tradicional del turista que realiza largos desplazamientos para conocer zonas vinícolas.
Según el trabajo, la distancia media recorrida se sitúa por debajo de los 200 kilómetros, las estancias suelen durar entre dos y tres noches y los desplazamientos se realizan fundamentalmente en vehículo propio.
Además, el estudio revela que el viajero acostumbra a desplazarse en pareja o en pequeños grupos y suele alojarse en hoteles. Su gasto diario se sitúa entre los 50 y 150 euros, destinados a restauración, visitas y actividades complementarias.
Uno de los hallazgos más llamativos es que la gastronomía aparece como el principal factor de atracción y satisfacción, incluso por encima del patrimonio cultural o de las actividades relacionadas directamente con el vino. Los encuestados otorgaron una valoración de 4,17 sobre 5 a la oferta gastronómica y de 4,08 a las infraestructuras y servicios asociados al destino.
De hecho, el análisis estadístico concluye que la calidad de las infraestructuras, incluyendo accesos, alojamiento, restauración y servicios, es el elemento que más influye en la valoración final de la experiencia. La gastronomía ocupa el segundo lugar, mientras que factores como el patrimonio cultural, el entorno natural o las actividades inmersivas tienen un impacto más moderado.
Los investigadores sostienen que estos resultados tienen especial relevancia para territorios vitivinícolas como Castilla y León, donde el vino constituye una de las principales señas de identidad económica y turística.
La comunidad alberga algunas de las denominaciones de origen más reconocidas de España y ha apostado en los últimos años por impulsar el enoturismo como complemento a la actividad bodeguera.
El trabajo también identifica dos grandes perfiles de visitantes: el primero corresponde a viajeros de mayor poder adquisitivo, con más experiencia en el mundo del vino, estancias más largas y niveles de satisfacción más elevados; y el segundo agrupa a personas más jóvenes, con menor renta, viajes más breves y un conocimiento más limitado del sector vitivinícola.
Sin embargo, ambos grupos coinciden en sus preferencias: la buena mesa y la calidad de los servicios pesan más en la decisión de viaje que las actividades inmersivas en bodegas o viñedos, habitualmente consideradas uno de los principales atractivos del enoturismo.
Un visitante de cercanía que busca una experiencia completa
La investigación concluye que el enoturista español es, sobre todo, un visitante de cercanía que busca una experiencia completa donde el vino actúa como hilo conductor de una oferta más amplia.
Por ello, los autores recomiendan que bodegas y administraciones prioricen las inversiones en restauración, alojamiento y accesibilidad, sin renunciar a las experiencias ligadas al paisaje y al patrimonio cultural, para aumentar tanto el tiempo de estancia como el gasto de los viajeros.
Según el estudio, mejorar esos aspectos puede resultar decisivo para reforzar la competitividad de las zonas vitivinícolas y convertir el enoturismo en una herramienta cada vez más relevante para el desarrollo económico del medio rural.