Mesura de otoño

Hojarasca en un camino de Maragatería.

En el equinoccio el día se iguala a la noche y volvemos a poner el contador a cero. En eso consiste en gran medida el cambio de estación. Es una excusa más, tal vez, para marcar un ciclo, una diferencia, la certeza de una rutina anual, una costumbre, una marca temporal, una rueda del año en la que nos quemamos al sol, nos helamos cuando el mercurio desciende o tratamos de recuperar las temperaturas intermedias que parecen jugar al escondite con nuestra paciencia.

El otoño que ahora arranca es un momento de esos en los que vivimos una transición: en teoría no hay calor ni frío extremos, aunque la llegada este año ha sido extenuante, alcanzando y superando los treinta grados de máxima en León. Tal vez en un tiempo no tan lejano nos toque explicar qué eran las estaciones intermedias, la primavera y el otoño, esos periodos en los que la naturaleza posee una belleza especial, porque se prepara para desnudarse o para cubrirse. Pero aún, creo, en este presente extraño, se puede y se debe abrazar el otoño. Yo sé que llega porque la morera de mi finca, que tiene casi cien años, empezará a despellejarse cuando sus frutos se vayan definitivamente. Y, no sé por qué extraña razón, desde que vivo en esta casa, hay un día, nunca se sabe cuál, en el que un viento preciso la toca y empieza a llover desde sus ramas. Y he tenido la suerte de que siempre, siempre, me sorprenda mirándola. Es una imagen preciosa que guardo en la retina por si este año, tal vez, no pasa, por si me lo pierdo por estar mirando a otro lado mucho menos importante. Pero yo conozco su ritmo: caen, una a una, todas las hojas, dejando el tronco inerme y, sin embargo, hermoso para que, semanas después, si sucede, la nieve se pose en sus extremidades. Quizás este año no lo vea, aunque eso importa poco: guardo ya en la memoria su gesto tibio y a él me aferro.

Es tiempo de darle tregua al huerto, de preparar la tierra para lo que vendrá más adelante, de recoger lo último que se deje comer en esta tierra dura que es la Maragatería, una tierra que, como tantas otras, sufre la amenaza de las renovables mal entendidas: no es el proyecto en sí, es el modelo, es la desmesura, es la barbarie a la que hemos sometido nuestra manera de generar beneficios sin importar cómo. La planta de biometano que se pretende instalar a escasos dos kilómetros de Astorga tiene ya el no de la mayoría de los que aquí vivimos y nos dedicamos a menudencias como conservar el territorio, mirar a los ojos a los vecinos o atender y guardar silencio cuando el viento decide desnudar un árbol porque en pocos meses llegará el invierno. 

Somos guardianes de la naturaleza, una bobada, vaya, en estos tiempos plastificados que corren, un absurdo para quienes pretenden traernos toneladas de mierda a la puerta de nuestra casa. Y justo el problema está ahí, en perder la medida de todas las cosas, en olvidar el punto medio. Tal vez sea eso, quizás estemos perdiendo las estaciones intermedias al mismo ritmo que nuestra sociedad está deshaciéndose de la razón y del equilibrio para vivir en paz. Pero la gente, a veces, responde. Ojalá los otoños vuelvan a ser otoños y las primaveras, primaveras.

Etiquetas
stats