La rebelión del descanso
Me preocuparé por levantarme temprano, pero no para rendir por más tiempo sino para sacar a pasear a la perra antes de que el sol apriete. Para poder desayunar en la galería con la luz del amanecer y tener aún tiempo para cuidar la huerta y regar lo que me pida. Me levantaré temprano para disfrutar del frescor que robará el mediodía, para hacer deporte antes de que la transpiración sea más grande que mi desgana, para contemplar todas las horas que me quedarán por delante cuando tal vez sienta que ya estoy agotada. Y luego cocinaré despacio, como quien no espera a nada ni a nadie, y comeré tranquila con la radio de fondo, rezaré, cada vez que la encienda, para que no diga que hay otro fuego desprendido de nuestra barbarie humana. Miraré el teléfono solo para comunicarme con la gente que quiero, y esto incluye a tantos bomberos forestales y pobladores de zonas cercanas al monte, que pasaremos el verano, en el fondo, con una señal de alerta tatuada en el pecho. Dormiré la siesta con una mantita apenas, con las cortinas cerradas para que el calor no alcance mi refugio con tanta vehemencia. Y después buscaré un río, una piscina, alguna presa, y me convertiré en sirena sin sal ni pirata ni tormenta. Y poco a poco se irá acercando la noche, y buscaré a mis amigos para compartir alguna cena, o si no, yo misma liaré un cigarro y me sentaré sobre la hierba para ver cómo la noche aparece, cómo el día se encierra en la retina de sí mismo, para no abrir los párpados hasta que la luna quiera.
No sé si alguna vez había decidido con tanta claridad detenerme en pleno verano: creo que no me lo había permitido nunca. Llevo años viviendo entre dos continentes, trabajando, entonces, sin pausa, porque el invierno del sur es el verano del norte, y viceversa. Consecuencias de los dos hemisferios. Y ahora que la raíz se ajusta a mis pies y me atrapa entre las heladas, las lluvias y el humo que no deseo, acepto la rendición y la asumo, tal vez, porque se parece a ir contra la corriente, a la revolución de lo cercano que consiste, hoy en día, en no producir, en no consumir más de lo necesario, en dedicarse, sencillamente, a ser aquello que deseemos ser y hacerlo, claro, cerca de quienes queramos estar. No se puede ser solo ante el espejo y por suerte hay muchas manos esperando el mismo abrazo, aunque a veces no queramos verlo.
Volveré a esta columna en septiembre, cuando el otoño asome y nos recuerde que pronto habrá que volver a dejar la tierra en barbecho, que las conservas serán tesoros y que la nieve volverá a posarse sobre los neveros. Les pido, si es que desde aquí se puede pedir algo, que si tienen la posibilidad de descansar, lo hagan con todas las consecuencias. Y que si otros no pueden hacerlo, sean amables con ellos: siempre se debe sonreír a quien está sosteniendo un mundo, el propio o el ajeno, y a veces, ese gesto basta. Recuerden en este tiempo rodearse de personas que tengan corazones en los dedos, que se preocupen por los significados de las palabras nuevas, que prefieran descubrirse a resignarse y, sobre todo, que no teman. Descansar implica también hacer espacio para que otros vientos nuevos pasen e, incluso, si nos atrevemos, para dejar que se queden dentro de casa una vez que vuelva el invierno.