Desbrozando versos

Jardín de un chalé desbrozado y limpio.

Durante mucho tiempo me habían convencido de que no era para mí. Que estaba reservada a los hombres de la familia, o que incluso, habría que pagar a alguien para que pudiera hacer el trabajo pesado que comportaba. De hecho, cuando mi padre me estaba enseñando a usarla, pasaron unos caminantes que me dijeron: uy, pesará mucho para ti, úsala un poco y descansa. Sí, sí, dijo mi padre. Sí, sí, dije yo. Y luego, dámela ya. Y me la dio. Y dijo: hala, tira.

Se oía, todo el rato, todo el tiempo, en mi cabeza, una voz de lastre: que pesaba demasiado, que no podría, ni siquiera, arrancarla. Mucho menos acertar a poner el hilo que corta con furia todo lo que encuentra a su paso. Que no sabría, después, cómo moverla imitando el vaivén de una guadaña. Pero lo que no sabían los agoreros es que llevo meses ensayando cómo ser la barquera de la Estigia, la encarnación de Caronte durante las noches del fin de semana e, incluso, a la luz del sol más bravo, que no permite sombra alguna o excusa sobre las pasiones por las que dejarse llevar. Así que me puse el mono y agarré la desbrozadora con todos los pecados a expiar que tengo, que a estas alturas, ya son muchos. La llené de gasolina, le di aire, tiré de la cuerda de arranque y la acomodé a mi cadera con la ayuda del arnés. Y de repente, el mundo era mío. 

Qué curioso que estas herramientas con las que se destroza sin miramientos con una postura eminentemente masculina no suela ser parte de nuestra cotidianeidad. Las mujeres, en general, barremos las hierbas secas que quedan después para que todo quede limpio e impoluto. Yo, ayer, ni barrí ni pensé en la limpieza del desorden que dejaron las hojas desperdigadas por el suelo de piedra. Solo pensé que ya era hora de perderle el miedo al ruido y a la posibilidad de cortarme los pies o, mejor, cortárselos a otro, el que mira siempre pensando que voy a fallar.

No es casual que en estos días haya vuelto a la escritura. Llevaba meses con algo atravesado en la garganta y no me lo podía sacar. No encontraba, en principio, su forma. Al final me di cuenta de que no era ensayo ni novela sino lo único a lo que se puede llegar cuando estás desesperado: la poesía. La carga visceral que necesitaba escupir en mi cuaderno se parecía bastante a la capacidad de rotura que tenía la desbrozadora entre mis brazos. Unos brazos que llevan buscando sus músculos por más de un año y que ahora, por fin, aparecen bajo la piel, donde siempre estuvieron ocultos pero presentes.

Escribo y desbrozo como quien no tiene nada que perder porque, la verdad, a estas alturas, no lo tengo. Decidí evitar el silencio de los daños colaterales y por eso en mi poemario los personajes que aparecen son aquellos sobre los que tantos meses callé, como guardándoles un respeto que, sin embargo, nunca me otorgaron. El nuevo libro está brotando como una catarsis liberadora cuando yo pensaba que había atravesado todas las turbulencias. Pero no. Justo ahí llegó un mordisco que despertó mis instintos de supervivencia más certeros: no claudiques, pelea, porque cuando estamos atravesando la oscuridad no suelen aparecer hermanas de la caridad amables que te toman de la mano y te acarician el pelo, sino sogas y guadañas dispuestas a subirte hasta las nubes de tu vulnerabilidad apretándote bien fuerte el cuello y ahí, cuando la respiración te falta y sin embargo, confías, te cortan la cabeza. Y, entonces, desbrozas. Y escribes. Por fin.

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