Marchando una de camisetas

Celebración del Mundial 2026 de Fútbol en España.

He visto con tristeza y alegría a un tiempo a numeroso público en León, luciendo la camiseta de la selección española de fútbol con motivo de los pasados mundiales, hoy más negocio que deporte. Y digo que es un sentimiento encontrado que deja un sabor agridulce porque por un lado se agradece que, en un juego de equipo, España. que siempre parece la antítesis de la colaboración y monumento de la individualidad, se alce con el triunfo. Y por otro lado me lacera el corazón que mis paisanos no sean capaces de hacer otro tanto en defensa de su tierra, o lo que es lo mismo, en su propio beneficio.

El adhesivo que une al leonés a su tierra es pegamento flojo, cola inconsistente que no brinda cohesión. No quiere decir que el hijo de esta tierra no se vanaglorie con jactanciosa soberbia de su condición, pero llegado el momento de someterse a la prueba de resistencia, el leonés tipo –llamémosle así– desiste de tal condición por aquello de que la correspondencia entre las palabras y los hechos, en León, media un abismo. Todos estamos muy contentos de ser de aquí y si nos sacan de León, no sabemos cantar, no sabemos reír. Pasamos la vida llorando y suspirando León por ti. Como letra de canción, perfecta, lacrimógena pero perfecta. La verdad es muy otra.

Conozco a no pocos leoneses que al acabar su vida laboral han retornado a su tierra. Otros, en cambio, no volverían ni arrastrados por una soga. ¿Quiere esto decir que estos últimos perderán alguna ocasión para lucirse ante sus semejante de otros orígenes si se presenta la ocasión de que León resulte mencionado públicamente por alguna circunstancia? No, por cierto ¿Quiere esto decir que estarían dispuestos a hacer un mínimo esfuerzo por engrandecer a su tierra chica, aunque sea lejos de ella? Ni por asomo. El leonés clásico se agota en el fenotipo, el genotipo ya escapa a sus posibilidades.

Causa sonrojo y sana envidia ver las evoluciones de sociedades compactas y bien engrasadas como la vasca o la catalana por poner sólo algunos ejemplos. Un catalán siempre antepondrá su condición de catalán a cualquier otra consideración, incluso la clerical. Y otro tanto podemos decir de los vascos: por si fuera poco, disponen de una segunda lengua y de una entonación particular, de modo y manera que, si una persona de una de estas procedencias se encuentra a otra de igual procedencia hablando por la calle, ya pueden identificarse como paisanos, ya saben que están frente a alguien con quien comparten unos mismos usos y reglas sociales.

A mayor abundamiento, estas sociedades avanzadas comparten objetivos comunes, aunque ideológicamente se hallen en las antípodas. No está bien visto en ellas anteponer intereses particulares a los generales. Capaces de superar diferencias profundas, su adscripción al terruño está por encima de cualquier otra motivación. Llegado el caso pueden colaborar mentalidades opuestas en pos de la consecución de un bien común, incluso mediando odios viscerales y personales, todo se posterga ante lo que se considera beneficioso para la sociedad.

Comparémonos ahora los leoneses con vascos y catalanes. Los primeros balbuceamos como si siguiéramos en el siglo XIX o recién estrenada la transición. Las prestaciones de la sociedad vasca o catalana están a años luz de la nuestra. El bien común es una entelequia que se supone subyacente de nuestra sociedad, aunque nunca la hemos visto. Del nivel económico mejor no decir una palabra para evitar sonrojos y quebrantos.

Dos leoneses se encuentran por la calle y malamente sabrá cualquiera de ellos que esta ante un paisano, excepción hecha de que alguno utilice algún giro lingüístico de esos que apenas nos quedan. Es deplorable escuchar a muchos leoneses decir que conocer la lengua de sus antepasados es un anacronismo. ¿Hablarla? ¡Faltaría más! ¿Arrimar el hombro a otro leonés para colaborar al engrandecimiento de nuestra tierra? ¡De ninguna manera! Mejor idea poner palos en la rueda o abandonar a su suerte a los suyos, sobre todo si se ha alcanzado algún cargo de servil entrega a otras autoridades con más méritos.

León es una sociedad centrífuga poque lleva siglos desvitalizada por leoneses espurios a los que nunca agradeceremos lo suficiente su labor de zapa y voladura contra su gente. ¿Dónde encontrar en León a un Blas Infante? ¿Dónde un Sabino Arana? ¿Dónde un Prat de la Riva? ¿Dónde un Castelao? Estamos huérfanos de figuras que luchen por León desde la Edad Media. El capital de tal época lo hemos ido dilapidando con el transcurso de los siglos, y lo que es más grave, León ha acabado desconectándose de Zamora y Salamanca, dejándose llevar la arena bajo los pies en el Bierzo, propiciado por gerifaltes castellanos auxiliados por cipayos leoneses.

He visto denostar a euskaldunes que anteponían su condición de vascos por encima de la selección española de fútbol con motivo de los pasados mundiales. Se les acusó de separatismo y falta de patriotismo, a pesar de que ha habido varios jugadores con ese gentilicio defendiendo con tesón los colores de España. No apruebo tales reafirmaciones, como no he aprobado nunca lo contrario, es decir enarbolar los colores nacionales ocultando los de casa. Recientemente he contemplado banderas leonesas y españolas ondeando juntas en condiciones de igualdad y no creo que tal cosa debiera chirriarle a nadie.

Y por eso vuelvo a mi cuita del principio, cuando afirmé el sabor agridulce a comprobar cuántos leoneses vestían camisetas de la selección o enarbolaban banderas rojigualdas. Cuán pocos se prestan para hacer otro tanto cuando los colores de León claman por hacerse el hueco que hasta le reconoce un cuartel del escudo nacional. ¡Cuántos españoles en León! ¡Que pocos leoneses en España! ¿En León queda algo más que el alarde de exhibir algunos rasgos propios, actos folklóricos, bailes regionales, discursos hueros, palabras grandilocuentes y sobre todo lucir la camiseta de España? La de León no, no nos lo vayan a afear en el resto del país.

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