La iglesia de San Marcelo

La iglesia de San Marcelo.

Escribió José María Pemán que el verano es una avería del invierno, y yo estoy convencido de que es verdad, que el electródoméstico que funciona es el invierno: por eso a mí el verano que me gusta es el de León, con mis escapadas a las fiestas de pueblo y a Asturias, y mis periódicos adelgazados de páginas y mis novelas-tocho. En verano, que es el tiempo en que está de moda no viajar sino turistear, es un momento del año en el que acostumbro a aprender a quedarme… ¡Por eso San Marcelo!

San Marcelo es el patrón de León, pero, desde que las fiestas de la ciudad son en San Juan como conmemorando el solsticio, esto ya no lo sabe casi nadie. Uno pregunta por San Marcelo y le miran como si hubiese preguntado por un tío abuelo que emigró a América. Patrón de León, sí, señor. Pero León tiene hoy otros patronos: el turismo, las terrazas, las obras de la Calle Ancha que duran más que un traje de pana, el tapeo epicúreo y democrático, el AVE y esa voluntad administrativa de convertir cualquier memoria en una placa.

San Marcelo, mientras tanto, sigue ahí. Uno pasa por delante y ve la iglesia, que es una de esas cosas que están tan acostumbradas a estar con humildad, que hemos dejado de verlas. Como las farolas. Como nuestras madres. Como el idioma… Porque tampoco nos acordamos del latín… Y ahí San Marcelo empieza a decirnos algo importante.

Iglesia de San Marcelo en los años 60.

Como me enseñó siendo un muchacho mi insigne catedrático de latín coloquial don Óscar Ramos Ribera, León no viene del selvático león. Esto convendría recordarlo alguna vez, sobre todo cuando paseamos con tanto orgullo ese animal rampante que parece haber fundado la ciudad personalmente a tenor de las esculturas urbanas de los puentes y las alcantarillas abiertas de la que sale el rey León. León viene de Legio. De la legión. De Roma. De aquellos soldados que plantaron aquí sus piedras, sus tiendas, sus armas y, sobre todo, sus palabras.

Antes del león rey de la selva estuvo la legión. Y antes de que León fuese León, fue una palabra latina. San Marcelo es, de algún modo, uno de los últimos romanos de la ciudad. No porque ande por ahí con sandalias y coraza, que sería incómodo, sino porque en su iglesia todavía queda esa memoria profunda de un mundo que nosotros hemos aprendido a llamar antiguo para no tener que llamarlo nuestro.

Entrar en San Marcelo es entrar en una palabra que lleva dos mil años pronunciándose y por eso sabe a pan compartido.

Un retablo barroco y el cristo de Gregorio Fernández

Dentro está el retablo barroco, que es como una familia venida de muy lejos y vestida para una ceremonia interminable. San Marcelo y Santa Nonia están allí con todos sus hijos. Todos juntos. Una familia numerosa de santos, mártires y criaturas del cielo, como si fueran a salir de viaje y supieran que el viaje será largo y lento como un bolero… Qué cosas hacía antes la familia. Tenía hijos. Tenía muertos. Tenía santos. Y tenía una misión… Ahora tenemos los grupos de Whatsapp.

Pero uno mira ese retablo y comprende que aquella gente se tomaba en serio lo de la familia. San Marcelo, Santa Nonia y sus hijos parecen una pequeña compañía de infantería celestial. Una familia en misión. Todos mirando hacia alguna parte que nosotros ya no sabemos señalar; hacia alguna parte que nos constituye invisible e indefectiblemente.

Y luego está el Cristo de Gregorio Fernández. Ese Cristo no viene a decorar nada. Ese Cristo viene de la muerte. Pálido, exhausto, ensangrentado, con esa crudeza que hoy llamaríamos gore porque hemos inventado palabras nuevas para cosas viejísimas. Gregorio Fernández sabía que para hablar del cielo había que empezar por la carne, y no hizo un Cristo bonito sino un Cristo sufriente que da lo más grande que se tiene, la vida, para que tenga sentido la vida. El barroco español no tenía miedo a la sangre. Nosotros sí. Nosotros preferimos que todo parezca limpio, nuevo y sin usar, incluso la muerte.

Pero quizá lo más hermoso de San Marcelo no esté en el retablo ni en el Cristo, sino entre una cosa y otra: en el silencio (silentium encarnatum decía uno de los grandes nombres de la patrística, Máximo el Confesor). Porque el silencio de San Marcelo no está vacío. Está poblado. Hay de hecho silencios que son simplemente ausencia de ruido. Pero luego está este. Este tiene moradas como el castillo interior de Santa Teresa de Jesús. Tiene romanos. Tiene soldados. Tiene madres. Tiene viudas. Tiene niños. Tiene muertos que laten como corazones.

Cristo de los Balderas en San Marcelo de León, talla de Gregorio Fernández.

Los forasteros lo entienden mejor que nosotros. Entra un extranjero, mira hacia arriba, contempla el retablo, se queda un momento quieto y comprende que aquí hay algo. El leonés, en cambio, pasa deprisa porque tiene una cita, porque llueve, porque va a comprar tabaco o porque ha quedado en Ordoño.

Lo he comprobado: el forastero viene a León a mirar. El leonés viene a llegar. Quizá por eso deberíamos entrar alguna vez en San Marcelo como extranjeros. Sin saber. Sin prejuicios. Sin esa terrible familiaridad que nos hace ciegos a lo que tenemos delante. Y mirar el retablo. Mirar a la familia de San Marcelo. Al Cristo pálido de Gregorio Fernández. Y después quedarse callado como se callan las montañas o los veleros. A lo mejor entonces escuchamos algo… No sé si será Dios. No sé si será Roma. No sé si será simplemente el eco de tantos hombres y mujeres que dejaron su huella sencilla de verdad.

Porque las lenguas, como las madres, no mueren del todo. Quedan debajo como sabemos que quedan las ciudades desde que el arqueólogo Heinrich Schliemann nos redescubriera materialmente Ítaca. Como queda Roma debajo de León. Como queda la legión debajo del león, y queda San Marcelo debajo de todos nosotros.

El patrón de una ciudad que ya no se acuerda de su patrón. Y, sin embargo, sigue ahí. Esperándonos como nos espera la familia (la familia, bueno es recordarlo aquí, es saber que formas partes del sueño de alguien; es tu equipo de alta fidelidad)…

En efecto, a Lita la enterramos en San Marcelo (que es como guardárnosla en el bolso, como llevarla puesta) un día luminoso y con un cielo de increíble belleza como el de hoy… ¡A veces se te echa mucho de menos, vieja!

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