Soberbio bofetón

Un par de alumnos de secundaria.

Los resultados del último Informe PISA acerca de la calidad educativa de los países resultan demoledores, no solo en la interpretación nacional, también en la mundial. El reciente pronunciamiento de la OCDE, promotora del estudio, es un diagnóstico más allá de la penuria formativa en todo el mundo y, por ende, en esta sociedad. Es toda una declaración de crisis de valores, de una civilización en la uvi, de ese Occidente sofrito en sus mantras analógicos y digitales.

El desglose por naciones vuelve a dejar a España en el furgón de cola. Como casi siempre, por debajo de la media. Algo esperado cuando la educación, formación y preparación de nuestras canteras humanas es materia arrojadiza o garrote goyesco entre los partidos llamados a sucederse en las alternancias de gobierno y oposición. Según ocupen uno u otra, cambio legislativo al canto. Queda diáfano, sin obstáculos para la duda, que, en sus estrechas mentes, la educación es herramienta acre de partido y no instrumento obligado de estímulo nacional sujeto a un gran pacto de Estado. Solo les concierne conservar o asaltar el poder.

Pero no, que los árboles dejen ver el bosque. El revolcón de PISA no es de exclusiva actuación y responsabilidad política. Los políticos deben ser enseñantes de un comportamiento cívico circunscrito a la tolerancia, sin renuncia del rigor y la coherencia ideológica de sus programas ¿Se percibe algo de eso? La obviedad ejerce de mordaza. En el cóctel de causalidades hay un innegable protagonismo de aulas, hogares y calles. 

La escuela es metáfora de las incubadoras del futuro. En la cotidianidad socio-política actual ya se empiezan a concretar las alarmas de la OCDE en sus resoluciones de hace décadas. Las carencias de cada generación se contagian a las siguientes con efectos progresivos aritméticos o geométricos. La corriente de estos tiempos es el fruto de aquellos anticipos.

Así ha ocurrido con un profesorado maniatado por estulticias pedagógicas y por formaciones deficientes que se extienden como las reproducciones de las amebas. Los niveles de exigencia en el progreso de los cursos se han reducido de forma constante con la consiguiente devaluación de profesorado y alumnado. Si da lo mismo ocho que ochenta, la tendencia natural apunta a la ley del mínimo esfuerzo. 

Un vértice insalvable es la familia. Hoy un chaval de quince años, el muestreo básico del informe PISA, es rehén del uso y abuso de las nuevas tecnologías, propiciados por los padres, como recurso de entretenimiento y tener silenciado al niño cargante desde la primera infancia. Han creado, a lo mejor sin pretenderlo, un esclavo de dispositivos que amputan su capacidad de pensar, discernir y, sobre todo, dialogar cara a cara. El niño de hoy no aprende a leer ni a razonar recitando con voz de trapo los rótulos callejeros, con el orgullo visible de sus progenitores. Lo hace con una memorización artificial de signos asentados en una memoria fotográfica que, como todo aprendizaje memorístico, desaparecerá pasados pocos años.

El drama de la lectura

Leer, la materia que peor parada sale en los resultados del informe. La lectura, el elemento motriz de la cultura, neutralizada por los nuevos poderes, ya no fácticos, sino reales, de una economía caníbal, de un sistema que no se sonroja al proclamar proyectos de ocio turístico sobre los escombros que han tapado miles de cadáveres, de un mercado que sube las gráficas de actividad lesionando la casa común. La palabra asumida y entendida es el encendido de la crítica y la mecha de la rebelión. No es gratuito que el orgasmo de las tiranías sea la quema masiva de libros. Qué lección de perspicacia y sabiduría es el Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. 

Hay que leer porque los nuevos dictadores también necesitan hacerse entender. El lenguaje proclamado es escueto, de telegrama, frío como ese hielo tenazmente aplicado sobre la piel, que sugiere quemadura. No más de 148 caracteres: la maldad es parca. Estremece que otro de los grandes bofetones de las conclusiones de PISA sea la incapacidad manifiesta de buen número de chicos y chicas de quince años, para asimilar un texto de cuatrocientas palabras. Apoyemos el número en un grafismo: esas cuatro centenas equivalen a un folio por una sola cara a tipo de letra idéntico al que ilustra este artículo.

Anular la lectura es reclutar los sicarios de los totalitarismos. Esta ha sido una constante de la historia, o sea, el lavado de cerebro. Lo aterrador es que el mundo dispone hoy de sofisticados medios de lobotomía colectiva como no se han conocido. Se ha empezado por la información aderezada en el espectáculo de las mentiras y exageraciones. De eso sabe mucho la televisión que penetra en la intimidad del hogar. Y ya calienta la inteligencia artificial, que se presenta como la participación que dará la puntilla definitiva al funesto acto de pensar. Hasta los apóstoles más conspicuos de esta nueva divinidad avisan de que el asunto empieza a irse de las manos.

El último informe PISA es un soberano bofetón, quizás el último aviso, a una modorra universal que lleva el certificado de defunción, a no muy largo plazo, de nuestro estilo de vida, una civilización. Sin el cuidado y mimo de la cantera, no hay equipo campeón.

Etiquetas
stats