Por qué no debí ir a ver 'La Odisea' de Nolan

Un fotograma de 'La Odisea' de Cristopher Nolan.

“Háblame, musa, de aquel hombre de multiforme ingenio”… así comienza La Odisea, describiendo a Ulises como un héroe intemporal que trasciende la épica precisamente porque representa no solo al guerrero, sino también y sobre todo al aventurero que trata e ir más allá en la aventura como el poeta trata de ir más allá en belleza y el filósofo más allá en sabiduría…

Uno va al cine Van Gogh a lo de siempre, que es a buscar la inmortalidad por un par de horas o a ver si le entra una pulmonía con el aire acondicionado, pero esta vez salí del cine con la sensación amarga de que me habían cambiado la Ilión de Homero por una de esas ferias mecánicas que montan los norteamericanos cuando quieren ponerse estupendos. Decidía yo meterme en el patio de butacas a contemplar esa Odisea que ha filmado Christopher Nolan con sus relojes, sus truenos, sus hombres de hierro y sus trompetas atronadoras, y me di cuenta enseguida, entre el crujido de las palomitas y el estruendo de los efectos digitales, de que uno no debe ir a ver estas cosas cuando lleva la verdadera Grecia clásica metida en el tuétano desde que nos diera clase doña Tere en el Instituto Juan del Enzina.

A la ficción, señores, no se viene a que lo aturdan a uno con truenos de altavoz. El espíritu clásico griego, ese que Homero destiló entre la sal y la bruma del Egeo, entendía la ficción no como un pasatiempo de feria ni como un entretenimiento espectacular para adormecer el seso, sino como una búsqueda encarnizada, bellísima y brutal de la verdad, de la belleza y del sentido. Los antiguos griegos –nos lo dejó dicho muy claramente Carlos García Gual en ese librito imprescindible que es Grecia para todos–, aunque clasistas y misóginos, eran unos tíos formidables, inquietos, indomables, grandes amantes de la libertad y del saber. No eran monigotes de ordenador con armaduras relucientes dignas de Star Wars o cualquier otra space opera fílmica; eran hombres que miraban al horizonte y le pedían cuentas a los dioses sin arrodillarse del todo.

Decía Shelley, con ese ardor romántico que a uno todavía le conmueve en la penumbra de las cafeterías, que somos Grecia. Nuestras leyes, nuestras dudas, nuestros poemas, la forma en que nos enamoramos o nos desesperamos en la barra de un bar, todo nace allí en efecto. Por eso mismo, este empeño tan diletante y tan de nuestro siglo de querer modernizar el mundo antiguo no es más que la prueba palmaria de no haber entendido nada de su modernidad. Porque la modernidad griega no consiste en estar al día, ni en ponerse el traje de hoy, ni en la modernidad puntual y ramplona de la última moda. La de Grecia era –y es– una modernidad eterna. El olivo centenario, el mar que no se cansa, el vino denso, el teatro bajo el sol y la ciudad abierta a la palabra eran y son el signo distintivo de la Grecia clásica. Eso era lo moderno. Eso era el universo.

Por eso, cuando el cine de hoy pretende ponerse docto e imponerle al mito clásico los complejos de la ideología de turno –que si el postcolonialismo de salón, que si un sesgo de época para no herir susceptibilidades, hasta llegar al despropósito de plantarnos una Helena de Troya afro por imperativo de despacho–, uno solo puede llevarse la mano a la cabeza. Alterar el mito no es democratizarlo; es arruinar su lenguaje original y su esencia intemporal. Homero no necesitaba de nuestros folletos de corrección política, porque la suya era una libertad absoluta, trágica, inalcanzable para la mentalidad de un productor de Los Ángeles.

Nolan ha montado un engranaje perfecto, sí, una pirotecnia para deslumbrar a las masas, pero se le ha olvidado lo fundamental: el aliento de los dioses en la vela del barco, la mirada de Ulises hacia las costas de Ítaca, el olor a salvia y la dignidad tremenda de un pueblo que inventó la luz, y que era tan idealista que hasta llegó a ir a la guerra por una mujer: “Contemplad el rostro de la mujer que hizo zarpar mil barcos”...

Por eso, a uno le da hasta un poco de pena que Nolan no se haya enterado de que los griegos de la Hélade nos enseñaron que la búsqueda de la verdad va en serio, y por tanto ser desleal a Homero es como llevar los vaqueros rotos y que se te vea el culo: es dejar vergonzosamente patente nuestra decadencia.

Volví a casa, me serví un vaso de vino de Tridente (joya del Prieto Picudo de Pajares de los Oteros), y abrí el libro de García Gual para desintoxicarme de tanto artefacto, repasé el capítulo en el que nos habla del pasado heroico con sentido épico, ético y estético. A Grecia no se la moderniza, coño. Grecia ya nos estaba esperando al final del camino mucho antes de que nosotros naciéramos.

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