Vaya cuánto tiene que aprender el pendón de San Isidoro de Moncloa de José Antonio Diez
Viene esto a cuento de que José Antonio Diez, alcalde, decidió ir a la concentración en defensa de Ceuta, de los ceutíes, de la ley y de la integridad territorial de España. Parece poca cosa, tan solo un gesto, pero, en estos tiempos de obediencia con auricular, argumentario fotocopiado y disciplina de hormiguero, empieza a parecer una hazaña.
Qué palabra tan antigua, el verbo ir, la va a pronunciar y poner en práctica porque lo suyo no es un socialismo de joyero sino uno de periferia y pueblo llano, digno y legal. Ir donde uno cree que debe estar. Sin consultar el mapa de la cartografía de intereses y sofismas de Ferraz. Sin esperar el permiso de Moncloa. Ir porque Ceuta es España y porque hay asuntos que no deberían caber en la pequeña mercería de las siglas. Olé tus huevos.
Mientras tanto, El Pendón de San Isidoro de Moncloa, ése al que venir a León Ábalos y Koldo no le increpaban ni amenazaban, difunde doctrina. En efecto el Pendón de San Isidoro de Moncloa es un hombre aplicado. Recibe el argumentario, lo lee, lo subraya y lo entrega. Ahora toca hablar de serenidad, cooperación, responsabilidad. La política ha perfeccionado el eufemismo: ya no se dice obedecer, sino coordinarse; ya no se dice callar, sino ser prudente; ya no se dice mentir sino cambiar de opinión; ya no se dice invasión sino percance migratorio...
Baltasar Gracián habría disfrutado de estos tiempos.
Diez, en cambio, ha hecho algo mucho más antiguo: ejercer de verdad de alcalde. Y un alcalde no es un delegado provincial de Madrid ni de Valladolid. Es el hombre que representa a su ciudad. A León. Una ciudad que, por cierto, tiene la vieja costumbre de preferir que sus políticos sean antes leales a su palabra que cualquier otra cosa.
Los partidos pasan. Los secretarios provinciales pasan. Los ministros pasan. Hasta los presidentes pasan, aunque alguno haya desarrollado una cierta vocación de eternidad…. Pero Ceuta queda. Y León queda. España queda, coño… Ahí está la diferencia entre la política y el poder: la primera debería servir a lo que permanece; el segundo suele servir a quien manda.
Por eso cuánto tiene que aprender El Pendón de San Isidoro de Moncloa de José Antonio Diez. No de socialismo. Ni siquiera de patriotismo. Más bien de esa rara dignidad que consiste en tener un cargo y no convertirse en propiedad de quien puede renovarte el cargo. En recordar que el partido tiene sus jefes, pero la representación tiene otro: el ciudadano.
Los lacayos, en cambio, nunca están solos. Tienen grupo de WhatsApp, eso sí. Tienen argumentario. Tienen llamada. Y tienen siempre a alguien que les indica dónde ponerse para la fotografía de prensa.
Diez, esta vez, ha elegido otra cosa. Ha elegido estar donde hay que estar: con la mejor España que, para los socialistas de verdad, es la de abajo, llana, trabajadora, legal, digna y en pie.
Son dos palabras que deberían ser triviales y que hoy suenan casi revolucionarias: yo voy. Esas palabras recuerdan muy mucho lo que escribió la mejor pensadora que ha tenido España, Maríz Zambrano, en Hacia un saber sobre el alma: la fundación del Partido Socialista Obrero Español por Pablo Iglesias supuso dotar de dignidad y disciplina a la ideología…
En efecto primero está la dignidad, y luego la disciplina… José Antonio Diez demuestra que lo sabe…
El Pendón de San Isidoro lo ignora.