Sean felices, se lo recomiendo

La felicidad es muchas veces encontrarse y darse la mano.

Así ella… Como Juliette Gréco, musa que fuera del existencialismo francés, inédita feminidad enronquecida a la que en su día dedicamos una novela entera titulada Café Jazz El Destripador (fue en apariencia para hablar del París de Picasso y Sartre pero en realidad de nuestro matrimonio prolijo en superaciones), es una de esas personas fascinantes que saben contarlo todo desde la empatía que le surte su sesgo de supervivencia. 

En efecto, hay mujeres que llegan a la vida de uno como llegan a León los días demasiado veraniegos para septiembre: sin hacer ruido, con una luz peregrinada que parece venir de lejos y con esa manera clarividente de quedarse para siempre en las cosas… Así ella… Ella que es de esas mujeres que no necesitan decir nada: basta con que estén cerca para que a uno le circule mejor la sangre.

Se trata de una eterna muchacha leonesa con alegría de mocita de zarzuela. Y digo muchacha porque hay rostros que se niegan al calendario, como ciertas fachadas de ciudad que el tiempo no consigue envejecer. Tiene una personalidad-vitamina –esa rara sustancia que alegra a su alrededor los días sin necesidad de explicarse– y un aura de bondad que no se anuncia, pero se nota. La bondad verdadera nunca lleva cartel, escribió George Bernanos.

Y luego está su rostro protagonizado por unos ojos agitanados de poema de Federico García Lorca. Ojos garzos. Palabra antigua y hermosa, palabra que parece hecha para ellos: claros y oscuros a la vez, con ese misterio de los ojos que no se limitan a mirar, sino que guardan. A veces pienso que ella es el retrato inmortal de sí misma, pintado por un artista que decidió no terminar nunca el cuadro para que la juventud pudiera quedarse ahí, suspendida, mirándonos.

La conocí hace veinticinco años: casi una vida, si uno se pone matemático o cabalístico; una tarde larga, si se pone poeta enamorado. Desde entonces venimos bailando juntos por la vida, y pasando juntos por todo. Y eso, a estas alturas, me parece una de las formas más secretas y más hermosas del amor: continuar la danza, pues la danza y el amor van unidos como bien nos enseñó el poeta persa fundador de los derviches Rumi... 

Sí, la conocí hace 25 años y hoy llega el 25 de septiembre, nuestro aniversario, nuestra coincidencia espiritual numerológica de la que hablan los cabalistas como Mosé ben Sem Tob de León, autor de El Zohar, este artículo mío y de ustedes se escribe solo porque en efecto aquí está mi prosa para ponerle al tiempo su estribillo, su centinela de miel o vinagre a los días que pasan, al tiempo que no queda, a la vida.

De hecho el veinticinco tiene mucho de número cabalístico, de cifra que viene cargada de buenos augurios. Veinticinco son años que no pesan porque se han vivido en consonancia. Veinticinco es también una pequeña contraseña que el destino parece habernos dejado en el bolsillo para recordarnos que hay números que cuentan, y otros que celebran.

Así que hoy no quiero hablar de los años, sino de la felicidad. De esa felicidad que no hace ruido, que no necesita fuegos artificiales ni fotografías, que consiste simplemente en mirar al otro y reconocer, después de un cuarto de siglo, que sigue siendo la persona con la que uno quiere bailar la siguiente canción. Lo escribió Djuna Barnes en nuestra novela favorita, El bosque de la noche: “esto es para ti que siempre serás la segunda persona del singular”.

Ella, la muchacha leonesa de los ojos garzos, sigue ahí embelleciendo el mundo y conmoviéndolo con su entereza en el arte de encajar reveses como quien paga todas las facturas con sonrisas.

Veinticinco años después he venido a este folio a decirte que si un día de da por poner una academia de vivir, yo me apunto.

Sean felices; se lo recomiendo.

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