Las mil formas de la lluvia
Uno aprendió todo lo que sabe de chubascos y diluvios después de vivir durante veinte años en esa tierra donde la lluvia es arte y Dios se echó a descansar. Más concretamente en aquella ciudad de piedra que se exhibe irresistiblemente guapa bajo su lluvia infinita, bajo aquel manto de niebla que lo cubría todo al llegar la noche. Cuando eso sucedía, Compostela se transformaba en un lugar soñado y nosotros pasábamos a ser náufragos de algún extraño cuento. Ensimismados bajo el cadencioso murmullo de la lluvia, leer a poetas malditos refugiados de ese mar que caía del cielo tras el ventanal de un café era lo único que nos protegía del silencio.
Hay lluvias torrenciales y bruscas, tan ruidosas como un estruendo de lágrimas y tan encantadas de saberse poderosas como para anunciarse con truenos y rayos, con ese aire endiablado que se enrosca sobre sí mismo y agita las hojas de los árboles, que despeina transeúntes y envalentona a los paraguas. Otras lluvias en cambio son calmadas y perseverantes, con todos esos finos hilos de agua cayendo sobre los minutos sin descanso, sin prisa pero sin pausa, con una terquedad de nube quieta que hace que todos los días sean iguales el uno al otro. Es una forma de llover tan ligera y constante que al cabo de un tiempo calando bobos se hace imperceptible. Es entonces cuando el paisaje cotidiano de calles y plazas se acomoda a todos esos colores grises que despliega el cielo sobre este nuevo mundo sumergido que empezamos a habitar como peces de ciudad. Y luego está esa otra lluvia amarilla que se hizo metáfora del otoño en las palabras escogidas del poeta, el descenso desbocado de las hojas secas hacia la tierra con ese afán suicida que anuncia el invierno, con esa coherencia estacional que desnuda árboles y rubrica el ciclo de la vida.
En este pueblo de montaña ya vacío de ruidos de verano las nubes que coronan las montañas nos impiden ver el bosque. Un insólito sosiego se apodera de todos los sonidos callejeros, y únicamente escuchamos de cuando en cuando el rumor de un paraguas cubriendo los pasos apresurados de algún vecino. La vida se encierra dentro de hogares donde se ven chispear las trémulas y cromáticas luces que desprende el televisor. Se nos dibuja una cierta melancolía invernal sobre el rostro, una nostalgia prematura de aquella luz del sol que ahora se oculta tras cúmulos y cirros. Cuando la lluvia rebosa los días con alguna de sus mil formas nosotros inventamos calores de interior, encendemos chimeneas y aprendemos a vivir bajo el amparo de mantas y películas, de lecturas abandonadas y silencios nuevos.