¿Empatía o simpatía?

La empatia y el cariño es algo propio de los seres humanos.

‘Soy alguien que se pone en el lugar de los demás’, escuchamos decir con frecuencia. Y no solo lo escuchamos, sino también lo decimos, convencidos de ‘estar siendo la hostia’ en materia de afabilidad. Ser cordiales, benévolos, oír a nuestro interlocutor (en muchos casos, manteniendo la paciencia).. ¡Qué guay!

Eso sí, sin olvidar que (en la mayoría de las ocasiones, sea consciente o inconscientemente) lo que conocemos como ‘acto de socializar’ se utiliza como estrategia puesta al servicio de la búsqueda del reconocimiento personal. El paradigma es siempre el mismo: más sociables seamos (o aparentemos ser), mejor valorados seremos.

Por cierto, no nos equivocamos al intentar ser amables, comunicativos, agradables. ‘Caer bien’ y ser simpáticos no está nada mal (imaginemos cómo sería un mundo en el que solo habitaran seres de trato ácido y repugnante). El error está, sin embargo, en confundir ‘simpatía’ y ‘empatía’, cuando entre ambos conceptos existen diferencias notables.

Desde luego, definir abstracciones con total exactitud resulta del todo imposible: según el Principio de Incertidumbre de Heisenberg aplicado a la lingüística, no se pueden medir con precisión absoluta los elementos del lenguaje. Así, renunciando a la viabilidad de precisar al máximo ambos conceptos, nos limitaremos a tantearlos al vuelo acudiendo, una vez más, a nuestro nunca bien ponderado Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española (de ahora en adelante DRAE).

¿Cómo entender la ‘empatía’?

Vayamos por partes. En su primera acepción, el DRAE define empatíacomo ‘sentimiento de identificación con algo o con alguien’. En este sentido, ‘ese algo con el que nos identificamos podría ser nuestro animal de compañía o una planta sembrada en el jardín o nuestro sillón preferido o –¿Por qué no?– un sentimiento, un recuerdo, una idea y todo lo que quepa en dicho concepto. Luego, desde un análisis gramatical (siempre ateniéndonos a lo referido por nuestro lexicón oficial), ‘ese algo’ es ‘un pronombre indefinido que designa una realidad indeterminada cuya identidad no se conoce o no se especifica’. Todo lo anterior implica que, al identificarnos con ‘algo’, podríamos llegar a considerarnos semejantes a nuestra querida mascota, como también disolvernos en la naturaleza morfológica de un pronombre indefinido, cosa divertida, si bien muy poco seria para ser tomada en consideración.

Analicemos, ahora, lo que significa identificarnos con ‘alguien’. En su segunda acepción, la empatía es definida como la ‘capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos’. Ese ‘alguien’ podría ser –desde luego– otra persona, pero también uno mismo, por lo que terminaríamos auto-identificándonos y auto-reconociéndonos en nuestros propios sentimientos. Ahora bien, todo está en ver la forma en que hacemos tal identificación, si desde la óptica de creer en el justo valor de nuestras acciones y pensamientos o desde la perspectiva de un ‘Narciso interior’, poniéndonos siempre por delante, hasta el punto de incurrir en la total falta de empatía.

Egoísmo versus amor propio

‘El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos. El individuo egoísta no se ama demasiado, sino muy poco; en realidad, se odia’, es esta la célebre farse de Erich Fromm en El arte de amar. Desde este punto de vista, la empatía se manifiesta como un sentimiento contrapuesto al egoísmo, en el que amar a los demás contempla, como premisa, el amor a nosotros mismos.

Erich Fromm y su libro 'El arte de amar'

Claro, ‘ponerse en el lugar de alguien’ no significa que necesariamente ‘ese alguien’ se ponga en nuestro lugar. Para que esta reciprocidad suceda, tendría que haber ‘simpatía’ de ambas partes. Por el contrario, si tal correspondencia no existiera, podría generarse el conflicto ‘odio versus amor’.

La ‘simpatía’... ¿Atracción mutua?

En su primera acepción del término, el DRAE define simpatía como ‘inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua’. Queda claro el concepto: lo de ‘generalmente’ significa que hay casos en los que esta inclinación no es recíproca y se limita a una sola parte, quien, en ocasiones, hace todo lo posible por ‘caerle bien’ a su semejante, aun cuando este no da muestras de corresponder afectivamente.

Es entonces que, en ese obsesivo empeño por resultar ser simpático, se asume una falsa pose, construida a posta, a fin de alcanzar la esperada aceptación. Luego, no obteniendo de la otra parte la respuesta esperada, se despierta un sentimiento de odio opuesto al amor, llegando hasta a aborrecer a quien no nos ha sido recíproco.

Y así, caemos en una situación de ‘pescadilla que se muerde la cola’ en la que, en la caprichosa batalla por ganar el aprecio ajeno, se pone fin al sano sentimiento de comprender a nuestros semejantes; sentimiento que requiere, ante todo, poner una vez más en práctica el famoso aforismo inscrito en el frontón del Templo de Apolo, en Delfos: ‘Conócete a ti mismo’ (eso si pretendes relacionarte sanamente con los demás).

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