El valor del tiempo
Apuesto a que muchos habéis visto El curioso caso de Benjamin Button, obra cinematográfica del dos mil ocho dirigida por David Fincher, basada en el relato homónimo de Francis Scott Fitzgerald cuya publicación vio la luz en 1922 (aclaramos que la película representa una versión adaptada a la gran pantalla, en la que se incluyen –como casi siempre sucede– situaciones y escenas que no aparecen en el texto original).
Se trata de la historia de un niño que nace con la apariencia y atonía de un anciano que va rejuveneciendo durante el transcurso de su vida. A pesar de que la historia es ficticia, hay quienes aseguran que hubo un Benjamin Button en la vida real, aseveración desestimada por falta de pruebas. Pero lo cierto es que existe una enfermedad genética muy rara, conocida como progeria o Síndrome de Hutchinson-Gilford, que consiste en el envejecimiento acelarado a partir de etapas muy tempranas de la vida (por lo general, desde el primer año de edad) y que trae consigo la muerte precoz de la persona a causa de afecciones (sobre todo, cardíacas) propias de la edad avanzada. Según datos actuales de la Progeria Research Foundation, en el mundo se cuentan doscientos veintitrés casos de infantes y adolescentes que sufren esta patología (véase). En España, a día de hoy, la enfermedad afecta solo a una niña, la pequeña Alexandra Pereaut, de diez años de edad.
El tiempo y su sentido
No es mi intención, sin embargo, meterme a profundizar en la extraña enfermedad, citada y resumida en renglones anteriores. Más bien, me gustaría detenerme en el relato escrito por Francis Scott Fitzgerald, en el que subyace una explicación subliminal del valor del tiempo en nuestra existencia.
El texto inicia con el nacimiento de Benjamin Button, en septiembre de mil ochocientos sesenta, en la ‘Clínica de Maryland para Damas y Caballeros’ de Baltimore. Al llegar al mundo, dicha criatura aparentaba unos setenta (hay versiones del texto que refieren ochenta) años, inexplicable acontecimiento que representó, ya no solo un horror, sino una vergüenza, tanto para el personal sanitario de la clínica como para el padre del crío. No obstante, este último, no teniendo otra posibilidad, accede a llevarse a casa al estrafalario bebé, sometiéndolo a atenciones inadecuadas para un adulto de edad avanzada. Así, a sus cinco años, Benjamin es enviado al parvulario, donde intenta jugar con otros niños. Sin embargo, su inexplicable contradicción entre edad cronólogica y edad biológica hace que no pueda librarse del bastón que lo sostiene, como tampoco de los achaques y dolencias propios de su ‘niñez anciana’.
Sucede, pues, que habiendo cumplido los doce, un buen día se mira al espejo y nota que sus arrugas han desaparecido. A partir de entonces, ‘nuestro protagonista’ comenzará a remozar progresivamente, pasando por variopintas vicisitudes que representarán importantes cambios en su vida y en su relación con sus semejantes, hasta el punto de que este proceso de paulatino ‘remozamiento involuntario’ (contrario a la ley natural) hace que llegue a ser más joven que su esposa, su hijo y su nieto…
Y así avanza por la vida, terminando sus días en el parvulario de su ‘vieja infancia anciana’, sometido a un rejuvenecimiento cada vez más acelerado que lo aproxima a la Nada, pues en la extraña regresión de su edad biológica, al llegar a bebé, merman sus capacidades cognitivas y físicas ‘hasta que todo se convierte en total oscuridad’. Benjamin Button ha realizado, en fin, un viaje circular en el tiempo, regresando al punto del que partió.
¿Hasta dónde podría ser real 'El curioso caso de Benjamin Button'?
A pesar de su inclusión dentro de la literatura de ficción, este relato describe una realidad mucho más veraz de la que podamos imaginar. Y es que –al igual que Benjamin Button– cuando llegamos a este mundo, lo hacemos con nuestras capacidades cognitivas a nivel cero, que son las del recién nacido que da sus primeros pasos por la vida, no con un bastón, pero sí absolutamente dependiente de sus progetinores. Luego (muy de acuerdo con el jesuita Pierre Teilhard de Chardin en su obra El fenómeno humano), nuestro recorrido consciente no es otra cosa que el proceso de evolución en el que ‘Alfa’ y ‘Omega’ se unen, teoría esta en la que ‘tiempo’ y ‘existencia’ se reiteran como conceptos que, a día de hoy, ni siquiera la Física Cuántica alcanza a explicar del todo.
Sin embargo, pensándolo bien, el tiempo es la única moneda de valor con la que contamos para pagar nuestro pasaje por la Tierra. Y por supuesto, no queremos derrochar ‘nuestro caudal de oro’ así como así. Sin embargo, lo hacemos –¡Y cuánto!–, convencidos de que ‘no perder el tiempo’ significa estar haciendo cualquier cosa sin parar y a toda prisa: ‘¡Yo sí que no pierdo mi tiempo!’, exclamamos con satisfacción por estar cumpliendo metas, la mayoría de ellas consideradas de suma importancia para nuestra existencia –¡Oh, insensatos que no reconocemos il dolce far niente!–…
¿Pero toda esta velocidad en nuestro hacer cotidiano, acaso nos vale para ser felices?
No sé, pero me gustaría hacerle esta pregunta –por ejemplo– a la cajera del supermercado que, cuando todavía no hemos terminado de guardar la compra ni hemos logrado meter debidamente la tarjeta de crédito en el bolso, invita a ‘pasar por caja’ al próximo cliente, que es ese otro esclavo de la velocidad que nos pisa los talones.
Me encantaría, en fin, poner igual interrogante a todo aquel que, imperceptiblemente, día a día roba nuestra ‘preciosa moneda de oro’, obligándonos a cumplir objetivos sin sentido para llenar, con calderilla barata, la billetera de los hijos de la Matrix, que somos.
La pobre cajera del supermercado, nosotros, vosotros...
¡Todos