No me contéis películas

La joven Elsa Arnaiz es autora de 'Suturar la democracia'.

Elsa Arnaiz es de una juventud que espanta y de una inteligencia fuera de lo común. Recuerdo que cuando la conocí, hace ya algunos años, recuperé la esperanza en la humanidad. Ella tal vez no lo sabe, pero yo sí: hacía poco que había vuelto a España y todo me parecía, aún, bastante conservador, anclado en bolas de naftalina y laca en el pelo de mujeres que aún iban a misa los domingos con el abrigo de piel en mi zona. Y ella, que viene de una zona similar, yo de León, ella de Burgos, era, sin embargo, la promesa encarnada de todo lo que podía llegar a ser España si personas como ella llegasen a los lugares donde se toman las decisiones políticas que vertebran nuestra vida cotidiana. Estuvimos cerca de lograrlo, pero no sucedió. Elsa Arnaiz siguió siendo tan brillante como lo era cuando la conocí, o incluso más, porque a su desarrollo profesional e intelectual se le unió otro esencial: fue madre, dos veces. Y por eso, tal vez, un libro como este que ha escrito, ‘Suturar la democracia. Un alegato por lo común’ , tiene tanto sentido: lo escribe para entender, para diagnosticar qué ocurre y proponer salidas posibles y viables. ¿Qué mundo dejamos a los que vienen detrás? O más duro aún, ¿habrá mundo? Ella dice que sí, pero además, dice cómo.

En este libro, que solo puede salir de una cabeza como la de Elsa Arnaiz, donde se procesan datos a la velocidad de la luz y se convierten en pensamientos que atan causa consecuencia con una certeza pasmosa, se arma en tres ejes: el primero es el análisis del estado de la situación, el segundo, el diagnóstico y el tercero, la posibilidad de una cura que tiene una urgencia bestial. Leer este libro es certificar la sospecha que una ya tenía sobre tantas cosas: el hecho de que comunicarnos en red implica un tráfico de datos que cambia diametralmente el tejido político y social en el que hemos vivido hasta ahora, por ejemplo. Que la tristeza, la ansiedad e incluso la apatía no son patrimonio de una loca como yo o tú misma sola en su casa dándole vueltas a la cabecita, sino un malestar social que se disfraza de culpa individualista. Que la precariedad estructural vinculada a los salarios, al tiempo de vida y de trabajo y a las posibilidades de una vivienda digna no son fruto del azar, sino de una economía financiera que nos destruye. Y todo eso, claro, si se observa desde el análisis y el diagnóstico nítido pasa de ser terror a convertirse en esperanza. ¿Por qué? Porque sin identificar el problema nunca hay solución. Es desde el señalamiento preciso que ella hace aquí que podemos atisbar una salida. Y, además, la propone, por cada cuestión, por cada daño: una reparación con ejemplos que va a buscar a la otra punta del mundo si hace falta, como una madre que quiere salvar a sus hijos contra todo pronóstico.

Hay ensayos que se escriben para reflexionar sobre cuestiones abstractas que el ser humano necesita, por supuesto, pero aquí hay algo más: aquí hay una mente pragmática que no llega a los 30 años y nos esta gritando a la cara que debemos golpear el timón y nos dice, además, cómo hacerlo.

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