Cuando sale a relucir el pelo de dehesa

Mariano Rajoy y el jugador francés Michael Olise.

El patrioterismo español se ha caracterizado siempre por ser excluyente, por considerarnos algo distinto sobre la faz de la tierra. Se nos ha vendido que somos la reserva espiritual de occidente, por el imperio hacia Dios y una sarta de majaderías más que sólo deleitan el paladar del españolismo ultramontano. Unas veces somos los piojosos de Europa, otra vez los adalides de la cruz y eso sí, una raza única a la que se engaña con frases como: donde un español no alcanza con la mano, llega la punta de la espada.

Toda esta parafernalia de los tiempo del 'invicto caudillo' siguen teniendo vigencia en la actualidad porque, aunque pueda parecer lo contrario, ciertas ideas absurdas siguen subsistiendo en el imaginario de mucho españolito de a pie que se considera un paria de la tierra pero con unos valores morales a prueba de bomba, como si el resto de países no tuviera valores propios. La cuestión es excitar unos ánimos de considerarnos no el pueblo elegido, pero casi.

Con estos mimbres no es extraño que se puedan propalar soflamas como la mencionada en vísperas de un encuentro futbolístico entre España y Francia que, fue resuelto a favor de España, a pesar de la indiscutible calidad de los jugadores galos. Quizá hubo buena intencionalidad subyacente, pero desacreditar al contrario no suele aportar laureles al que sale victorioso del envite. Una frase simpática viene aquí traída como anillo al dedo. La escribió Ortega y Gasset en su obra El Espectador: “El fútbol es la burla de la guerra, campal o política”.

La cuestión de fondo es el descrédito de los jugadores negros que son mayoría en la escuadra francesa. Nuestro expresidente, que sigue pautas recibidas desde la más tierna infancia, es incapaz de superar ciertos tabúes y considera oportuno rebajar los méritos del rival en ciernes, atacando a la parte más débil, ideológicamente hablando. Soslaya Rajoy que en la selección española también juegan futbolistas negros, al menos dos, y a nadie se le ocurriría plantear, y menos ahora que se ha llegado a la final, que ambos no son españoles, es decir, son mercenarios extranjeros.

La historia de España es, mal que le pese a quien le pese, una historia interesada, centrífuga o centrípeta, según convenga. De todos es sabido que los Reyes Católicos expulsaron de la recién unificada España a los judíos. La razón esgrimida para tal medida era de índole religiosa, pero muy bien pudo ser también de índole económica, pues sabido es que es un pueblo con innegables cualidades para manejar la economía propia y ajena. A día de hoy, grandes fortunas españolas pertenecen a personas de origen judío. Aquellos otros que fueron expulsados en el siglo XV con sus enseres, se conocen con el nombre de sefardíes.

Las deportaciones forzadas de judíos no son exclusivas de España. Portugal, Austria o Lituania hicieron otro tanto en fechas similares. Otras naciones como Francia o Inglaterra fueron más aventajadas y lo hicieron antes, en los siglos XIII y XIV. Se dice que uno de los grandes motivos por los que Adolf Hitler propició el Holocausto de millones de judíos fue la negativa de banqueros judíos a seguir financiando a Alemania en la Primera Guerra Mundial, cuando ya era evidente que estaba condenada a perderla. El cabo austríaco no se lo perdonó. Las persecuciones en el siglo XIX de este pueblo en países del Este como Rusia o Ucrania, se llamaron pogromos.

España pago caro su expulsión, pero no satisfecha con la experiencia, volvió a repetirla otra vez, en esta ocasión fue con el rey Felipe III en el siglo XVII y los protagonistas fueron los moriscos. El resultado fue devastador, los moriscos, descendientes de la población musulmana constituían la mano de obra en el reino de Valencia, Zaragoza o Murcia y eran conocedores de las técnicas de regadío, lo que en una población eminentemente agrícola como era España y sobre todo en la huerta murciana o levantina, fue un desastre que contribuyó, junto con los regalos de ovejas merinas a monarcas extranjeros, al declive total de la Corona Española.

Hay un episodio menos conocido de la enfermiza pulsión hispana contra el que es ‘diferente’ y no es otro que el de la Gran Redada, un intento por exterminar a los gitanos de España que llevó a cabo Fernando VI allá por el año 1749 y que se volvió a saldar con otro clamoroso fracaso. Siguen viviendo gitanos en este país. En España no propende al diálogo y la negociación, prefiere la imposición y en esas seguimos. La pertenencia de León a Castilla y León, en contra de la voluntad de su ciudadanía es una prueba evidente de este aserto.

La esclavitud de los negros, se abolió en España en 1886. La reina Isabel II antes de su exilio en 1868 tenía esclavos negros en sus posesiones en Cuba. El resto de países coloniales de las inmediaciones, Francia e Inglaterra, lo habían hecho antes y, a pesar de su racismo recalcitrante, acabaron por ir asimilando la población negra, proveniente de la esclavitud, dentro de sus respectivas sociedades. Algún país que se dice demócrata, como los Estados Unidos de América, no lo ha hecho y las palabras de Rajoy parecen indicar que en España tampoco.

Y ahora, con un Vox emergente, excluyente y ultra patriótico, corren vientos expeditivos contra el que no tenga ocho apellidos españoles –no sé cómo se puede aceptar en sus filas a alguien apellidado Ortega Smith, con razón querían expulsarlo– el problema es que poquísimos españoles no tendrán sangre árabe, goda o judía corriendo por sus venas. Rajoy ha querido lanzar una extravagancia patriótica y el país vecino le ha afeado que en Francia todos son franceses. En España, muchos españoles ni siquiera son tenidos por tales. Y por muchos de aquí, ni siquiera algunos jugadores tras ganar el Mundial de Fútbol.

Y yo me atrevo a lanzar una pregunta. ¿Si un ‘españolazo’ cae a un pozo y corre serio riesgo de ahogarse, rechazaría que un moro, un gitano, un negro, un travesti o cualquier otro personaje que deambule por la zona, le echara un cabo para que pudiera salvarse? Yo creo que va siendo hora de ir superando prejuicios y todo aquel que contribuya al engrandecimiento del país sea tenido por español aunque su origen sea lejano, porque de lo contrario, y como se afirma en la mencionada obra de El Espectador, en España seguiría habiendo muchas almas que sienten nostalgia del rebaño y se entregan con pasión a lo que en ellas hay aún de ovejas.

Tomás Juan Mata pertenece a Urbicum Flumen, la Asociación Iniciativa Vía de la Plata

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