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La Guerra Civil no empezó en León el 18 de julio, sino dos días después. Todo se debió a que los mineros ocuparon la capital leonesa el día 19 de paso hacia Madrid, reclamando armas y con los militares asegurando al entonces gobernador civil que estaban a las órdenes del Gobierno de la República... mientras preparaban minuciosa y secretamente el golpe.

Fue una vez que los mineros asturianos se marcharon de la capital de la provincia, cuando a las dos de la tarde salió la Guardia Civil de su cuartel cercano a la actual plaza de la Pícara (en la calle de la Guardia Civil, anteriormente llamada Capitán Cortés y en aquel momento Travesía de Don Cayo) y eso dio la señal salieran a toda prisa los soldados del Regimiento de Infantería Burgos número 31 de su cuartel de la calle del Cid y tomaran la calle ancha, la plaza de la Libertad (hoy Santo Domingo) y apostaran ametralladoras para asediar el Gobierno Civil, que entonces se encontraba justo detrás del Hotel Oliden, en la manzana de la conocida como casa de las Bañeras aunque en aquellos tiempos era el Edificio Zarauza.

La salida de los mineros asturianos terminó por despejar el camino a los militares sublevados en León. La columna había abandonado la ciudad el 19 de julio con rumbo a Madrid y alcanzó Benavente, pero durante la madrugada recibió la noticia de que el coronel Antonio Aranda se había alzado en Oviedo. Ante el riesgo de perder Asturias, los trabajadores dieron media vuelta y emprendieron el regreso. Cuando el día 20 la provincia quedó paralizada por una huelga general, los mineros ya se encontraban lejos de León.

Mapa Gráfico de Dativo Plano del León de julio de 1936 al comienzo de la Guerra Civil.

Fue entonces cuando el general Carlos Bosch y Bosch, comandante de la XVI Brigada de Infantería, declaró el estado de guerra y se sumó al golpe militar. Bajo su mando se encontraban el Regimiento de Infantería Burgos número 31, con fuerzas desplegadas en León y Astorga, y el grupo de reconocimiento aéreo número 21, con base en el aeródromo de La Virgen del Camino. Sin la presencia de la columna minera, los sublevados consiguieron hacerse con el control de las dos principales ciudades de la provincia con relativa facilidad.

El principal foco de resistencia se concentró en el Gobierno Civil. Hacia las 14.15 horas del 20 de julio, los militares del Regimiento Burgos número 36 rodearon el edificio, situado entonces entre la calle Padre Isla y la avenida 14 de Abril (luego General Sanjurjo y ahora actual Gran Vía de San Marcos), y exigieron la rendición de sus ocupantes.

El edificio Zarauza (en la calle Particular, hoy Héroes Leoneses), donde estaba situado el Gobierno Civil. Esa fachada fue ametrallada desde la fachada de enfrente en la Casa Costillas.

En el interior permanecían varios dirigentes sindicales, el capitán Juan Rodríguez Lozano (abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero) y ocho guardias de Asalto que se negaron a secundar la rebelión. Los resistentes cerraron las sólidas contraventanas de la zona administrativa y se prepararon para defender el inmueble.

Los sublevados desplegaron dos escuadras de ametralladoras en las ventanas de la Casa Costillas, bajo el mando del capitán Moral, y cerraron las calles cercanas para impedir cualquier intento de fuga. Tras escucharse varios disparos de arma corta en el interior, las ametralladoras abrieron fuego a escasa distancia y causaron importantes daños en las oficinas. Los militares también dispusieron morteros alrededor del edificio.

El asedio se prolongó durante cerca de cuatro horas. Ante la negativa de los ocupantes a entregarse, los atacantes amenazaron con incendiar el Gobierno Civil. Los soldados lanzaron granadas sobre el tejado y prendieron gasolina delante de las puertas. Finalmente, alrededor de las 18.00 horas, los dirigentes sindicales y los guardias de Asalto que permanecían dentro se rindieron.

La confirmación de los hechos por un periodista belga

A las once de la mañana del lunes 20 de julio de 1936, el periodista belga de viajes Albert t’Serstevens entró en León pensando todavía como un viajero. Lo acompañaba su mujer, Marie-Jeanne, y Puma, el gato de la pareja, instalado en el automóvil acondicionado con el que recorrían España. Habían llegado para comer, pasear y conocer una ciudad monumental de la que habían oído “hablar maravillas”. Querían ver la Catedral y San Isidoro, recorrer las calles y continuar después el viaje hacia Burgos y Francia. Sin embargo, lo que era un viaje de placer se convirtió en una de las mejores descripciones de lo ocurrido el 20, 21 y 22 de julio en León y en Burgos (y los pueblos por el camino) que dio lugar a la cruenta Guerra Civil Española. Así pudo contar lo ocurrido en León en un reportaje ese mismo año.

Tras una anécdota inicial –porque el belga quería dejar el coche pegado al Gobierno Civil, pero un guardia civil le “aconsejó encarecidamente” que no lo hiciera, lo cual indica que algo sabía de lo que iba a ocurrir– apenas tres horas más tarde, aquel turista estaría agazapado tras un tabique del Hotel Oliden, escuchando el tableteo de las ametralladoras, su mujer curaría a un herido capturado por los militares y desde las ventanas y corredores del establecimiento verían entrar a hombres con los brazos en alto, algunos convencidos de que iban a ser fusilados en ese mismo instante. Otros serían separados por su condición social, atados de dos en dos y conducidos hacia un destino desconocido.

T’Serstevens había llegado a León para contemplar sus afamados edificios y terminó en medio de un tiroteo mirando a la gente cuando creía que iba a morir. Y lo contó sin tapujos.

Albert t’Serstevens se alojó en el Hotel Oliden el día que comenzó la Guerra Civil en León.

Albert t’Serstevens (Uccle, Bélgica, 1886-Neuilly-sur-Seine, Francia, 1974) fue un escritor, periodista, ensayista, traductor y viajero de origen belga, nacionalizado francés en 1937. Nacido en el seno de una familia acomodada —su padre era flamenco y su madre, provenzal—, se distanció pronto del ambiente burgués y del mundo de magistrados del que procedía. Después de dilapidar buena parte de la herencia familiar durante su juventud, adoptó una vida errante, marcada por un espíritu libertario y una profunda desconfianza hacia las convenciones sociales. Su encuentro con Blaise Cendrars en 1913 resultó decisivo y dio origen a una amistad duradera. Ambos compartían la fascinación por el viaje, la aventura y una literatura construida a partir de la experiencia.

Viajero incansable por Europa, el norte de África, América y la Polinesia, convirtió sus desplazamientos en la materia principal de novelas, ensayos, poemas y crónicas. Para él, el viaje no era únicamente un medio para llegar a un destino, sino una experiencia con valor propio: le interesaban las carreteras, los encuentros fortuitos, los paisajes y la vida cotidiana de los lugares que atravesaba. Esa mirada, atenta a los detalles humanos y a las situaciones inesperadas, caracteriza también su relato sobre el inicio de la Guerra Civil en León.

La crónica de una sublevación armada

Su testimonio tiene un valor inmenso, al confirmar muchas de las cosas que se sabían de aquella infausta jornada, sin olvidar también las limitaciones de una crónica escrita desde el desconcierto ya que el belga no comprendía completamente quién mandaba, qué fuerzas se enfrentaban ni qué se estaba decidiendo. Veía uniformes, escuchaba consignas, anotaba gestos y convertía en escenas literarias los detalles que se le quedaban grabados. En ocasiones interpretó como rasgos del carácter español lo que probablemente eran reacciones individuales ante el miedo, la humillación o la certeza de la derrota y la muerte por fusilamiento de los detenidos.

Pero precisamente por eso su relato conserva algo que no aparece en los partes militares: humanidad. El vaso de agua ofrecido a un prisionero que acababa de creer que sería ejecutado; el bocadillo que un detenido pidió y después no pudo morder; la cuerda nueva que fue pasando lentamente de muñeca en muñeca de los capturados; su mujer, que cruzó una plaza bajo el fuego para alimentar a un gato mientras los bandos pararon el tiroteo para piropearla; los comerciantes que reabrieron sus establecimientos al día siguiente bajo amenaza de muerte; y todo desde el punto de vista de dos extranjeros que, aún después de escuchar tiros durante toda la noche, seguían lamentando no poder visitar las iglesias que tanto les habían recomendado.

León había amanecido en huelga general, como cuenta en su diario la costurera Juana López, aunque lo único que se consiguió es que terminó siendo una trampa para los obreros concentrados en la Casa del Pueblo situada tras la Inmaculada en dirección a San Marcos. La situación llevaba dos días deteriorándose, aunque buena parte de la población no conocía el alcance real del golpe militar iniciado en África entre el 17 y el 18 de julio. Las noticias eran vagas y escasas, pero ese 18 de julio fue el último día que salió el periódico La Democracia, propiedad del alcalde socialista de León Miguel Castaño. Sólo el periódico La Mañana pudo contar lo que ocurrió el día 19. Y a partir de ahí, silencio informativo: hasta el día 25 de julio los leoneses no pudieron leer ninguna noticia más que por los bandos militeras, ya que los sublevados habían controlado también la emisora de Radio León. En la festividad de Santiago el periodista Carmelo Hernández Moros (conocido por su mote Lamparilla en todo León) se sumó a la sublevación publicando un boletín militar loando el 'Alzamiento Nacional'.

El día anterior a llegar el matrimonio t’Serstevens, el 19 de julio, habían entrado en la ciudad unos cinco mil mineros asturianos, por carretera y ferrocarril, con la intención de conseguir armas y continuar hacia Madrid para defender al Gobierno de la República. Su presencia había retrasado los planes de los militares conspiradores, que no se atrevieron a sacar las tropas mientras la ciudad estuviera ocupada por una fuerza obrera tan numerosa.

Las dos de la tarde del 20 de julio: se desata el tiroteo en la capital leonesa

Los mineros abandonaron León y, en la mañana del día 20, el gobernador civil, Emilio Francés, seguía recibiendo presiones para armar a las organizaciones obreras. Se requisaron armas de varias armerías con el propósito declarado de impedir que fueran asaltadas, pero el gobernador continuó retrasando su entrega. A la una y media de la tarde salió a comer sin creer todavía que la guarnición leonesa fuera a rebelarse. Los conspiradores esperaron precisamente a confirmar que había entrado en su residencia para impartir las órdenes definitivas. La Guardia Civil salió del cuartel en la Travesía de Don Cayo (la actual calle de la Guardia Civil, anterior Capitán Cortés que va de Ordoño II a la plaza de la Pícara) y en la Comandancia (frente a San Isidoro, donde hoy está la Audiencia Provincial), fue detenido el jefe de la misma el teniente coronel Santiago Alonso Muñoz por mantenerse fiel a la República. Sería fusilado en 1937 por ello.

La salida de la Guardia Civil fue el aviso para que también lo hicieran los militares desde el Cuartel del Cid, que se desplazaron al cuartel de la Guardia de Asalto en la Plaza Torres de Omaña para tomarlo, por la calle Ancha para ir hacia el Gobierno Civil en pinza, por Santo Domingo y la Plaza de la Libertad, además de las tropas del Gobierno Militar que se encontraba un poco más hacia la Estación de Matallana en la calle Padre Isla.

La comandancia de la Guardia Civil de León estaba en 1936 frente a San Isidoro, donde hoy está la Audiencia Provincial de Justicia.

Nada de esto podía saber t’Serstevens cuando intentó inocentemente por la mañana aparcar su automóvil en la plaza de la Libertad, la actual plaza de Santo Domingo; aunque sí lo debía tener claro el guardia civil que le aconsejó que no lo hiciera: el sol caía con fuerza sobre la ciudad. El belga buscó un lugar sombreado junto al Gobierno Civil, situado entonces en las proximidades del Hotel Oliden. Allí se le acercó un guardia civil al que describiría como “un hombre alto, delgado y tan pulido como un destornillador”. No lo amenazó ni le dio explicaciones políticas. Le recomendó, con una insistencia muy educada y cortés, que no dejara el vehículo en la calle y lo guardara en un garaje.

El periodista obedeció y fue una decisión providencial para que el vehículo no quedara hecho un queso gruyere. Eso sí, dentro del coche quedó su gato Puma, un protagonista de su historia entonces ajeno a la conspiración militar y al miedo que se extendía por las calles. El consejo del guardia, que al belga pudo parecerle una simple atención hacia un extranjero, indica que los uniformados sabían que algo estaba a punto de ocurrir. Llevaron el coche al garaje de Auto Salón, un poco más allá.

El Café Central de León en los años 30.

Albert y Marie-Jeanne entraron en el Hotel Oliden para almorzar. Era un establecimiento moderno, elegante y con grandes cristaleras, situado en un lugar privilegiado para contemplar el centro de la ciudad. La pareja se sentó a comer sin ser consciente de que el hotel acabaría funcionando como puesto de observación, refugio improvisado y lugar de retención de prisioneros.

A las dos menos diez, en una vivienda próxima, el exalcalde conservador Enrique González Luaces recibió una llamada que le ordenaba cerrar puertas y ventanas y trasladarse a las habitaciones interiores. A las dos comenzaron los disparos. En las calles salieron simultáneamente unidades del Ejército y la Guardia Civil con el primer objetivo de neutralizar a los fieles de la República de la Guardia de Asalto. Sus objetivos posteriores eran el Gobierno Civil, el Ayuntamiento, Radio León, la Catedral, San Isidoro, la Casa del Pueblo y otros edificios considerados estratégicos.

En el comedor del Oliden estaban terminando el café cuando llegaron las primeras detonaciones. La gente miró sorprendida por la gran cristalera del café restaurante cómo se desplegaban los guardias civiles por la Plaza de la Libertad (Santo Domingo hoy) y cómo avanzaban desapareciendo detrás de las esquinas. Los tiros comenzaron y los comensales se tiraron al suelo. Poco después, según la percepción del periodista franco-belga, unos cincuenta soldados bajaron desde la zona de la Catedral gritando “¡Viva España!”. En su crónica explicaba cómo avanzaban pegados a las fachadas, transformando portales, esquinas y escaparates en posiciones de tiro. Dispararon contra los obreros que corrían para ponerse a cubierto.

Imagen del Café del Hotel Oliden en los años 30.

La transformación fue inmediata. El lugar por el que unos minutos antes circulaban camareros, huéspedes y peatones pasó a ser una zona batida por fusiles y ametralladoras. Algunos clientes del hotel se echaron al suelo y avanzaron a gatas buscando los retretes o los rincones más protegidos. T’Serstevens y Marie-Jeanne se refugiaron detrás de un tabique. Desde allí podían observar una parte de la plaza sin exponerse completamente.

El periodista, impertérrito, siguió mirando con un cuajo inusual. Ese impulso, mitad profesional y mitad inconsciente, aparece durante todo su relato. Sabía que podía recibir un disparo, pero no podía apartarse del escenario. Tomaba notas mentales, se asomaba, preguntaba y trataba de comprender qué estaba sucediendo. Él mismo terminaría reconociendo la imprudencia del viajero que continúa pensando en su crónica cuando ya no domina las circunstancias. Pero el periodismo es así.

El asalto al Gobierno Civil

El principal foco de resistencia estaba en el Gobierno Civil. Allí permanecían dirigentes políticos y sindicales, civiles sorprendidos por el levantamiento, varios guardias de Asalto que no secundaron a los sublevados y el capitán Juan Rodríguez Lozano, militar leal a la República.

La reconstrucción histórica señala que las tropas rodearon el edificio hacia las dos y cuarto de la tarde. Dos escuadras de ametralladoras se instalaron en las ventanas de la Casa Costilla, situada frente a las dependencias administrativas. También se desplegaron morteros y se cerraron las calles para impedir cualquier huida. En el interior se atrincheraron los resistentes tras las contraventanas.

El asalto lo contó también el periodista leonés Lamparilla, en una crónica posterior, recogida en el blog Alma de Herrero: “Unos soldados subieron a casa del señor Costillas y frente a las habitaciones del gobernador empezaron a tirotear los balcones por los de la casa citada. Utilizaron también bombas de mano. Otros hicieron lo propio con las dependencias de oficinas por la parte de las Recoletas. Y otros, por la calle de Fajeros, desde la casa de doña Antonia Hevia. En casa del Sr. Costillas instalaron, además, una ametralladora, o fusil ametrallador, tirando la barandilla del balcón para que no estorbase. También algunos soldados disparaban desde la Avenida del Padre Isla”.

Desde el hotel, t’Serstevens vio un combate mucho más confuso: dos ametralladoras barrían las avenidas. Los soldados se protegían en las fachadas y disparaban hacia las ventanas del Gobierno Civil. Los cristales y las paredes sufrían los impactos. Las granadas estallaban levantando polvo y cascotes.

El propio periodista subió en algún momento a la terraza del Oliden. Allí contempló cómo los militares transportaban en el ascensor unos artefactos metálicos que él describió como bombas de aluminio. Desde la parte alta eran arrojados sobre el tejado del edificio sitiado. Cada explosión perforaba tejas y levantaba nubes de polvo de yeso.

Calle Padre Isla, con el Gobierno Civil a la derecha de la imagen y los siguientes edificios la Casa Costilla (fachada blanca) y el Hotel Oliden.

En medio de aquel fuego, t’Serstevens se sorprendió de que los grandes ventanales del hotel permanecieran intactos. Llegó a pensar que el Oliden era una especie de terreno neutral o que su propietario había alcanzado algún acuerdo con los militares. No podía comprobarlo. Era la interpretación de un hombre que trataba de encontrar una explicación racional a la dirección de los disparos.

El establecimiento, en cualquier caso, no estaba fuera de la guerra. Los soldados entraban y salían, utilizaban sus dependencias y terminaron llevando allí a numerosos detenidos.

La resistencia del Gobierno Civil se prolongó durante varias horas. Dentro del edificio, según los testimonios posteriores, también había miedo y división. Algunos refugiados exigían la rendición. El capitán Rodríguez Lozano se resistía a creer que el Ejército hubiera avanzado contra el poder civil y, cuando le aseguraron que debía entregarse, respondió inicialmente que aquello eran cuentos. Las granadas que empezaron a penetrar en el inmueble acabaron deshaciendo cualquier posibilidad de resistencia.

Plaza de la Libertad de León (Santo Domingo en los años 30).

Y en ese momento, el periodista extranjero observó una escena casi grotesca del momento en que los asaltantes decidieron recurrir a medidas extremas: “Un capitán entró en el hotel buscando gasolina para incendiar el Gobierno Civil. El maître, enfrentado a una petición que nada tenía que ver con su oficio, rebuscó en su chaleco y ofreció una diminuta botella destinada a recargar mecheros. Era toda la gasolina que tenía”.

El contraste parecía concebido para una comedia: un oficial que quería quemar un edificio y un maître impecable que le entregaba un frasco minúsculo. Pero la amenaza era real y los militares consiguieron un caldero esmaltado, lo llevaron hasta una gasolinera cercana (posiblemente Auto Salón, luego conocido como AutoPalacios) bajo la protección de las armas y regresaron con el combustible. La intención de incendiar las dependencias por la parte trasera aceleró la rendición. La investigación histórica sostiene que los dirigentes sindicales terminaron entregándose, entre otros motivos, para evitar la muerte de los funcionarios que permanecían dentro. El Gobierno Civil cayó a media tarde.

Anuncio de Auto Salón en la calle Padre Isla del León Antiguo del siglo XX.

Esto lo confirma Carmelo Hernández Moros en su propio relato periodístico: “Los chicos del capitán Moral empezaron el fregado con un entusiasmo loco. Igual que todos los muchachos del Regimiento de Burgos, por supuesto, que parecía que les pagaban un tanto por disparo... ¡Y eso que la oficialidad anduvo parca para no derrochar municiones! [...] Guardias, policías y los rojos que había allí se refugiaron en el hueco de la escalera y algunos se acurrucaron bajo esta, como pudieron. ¡Y bala va, y bala viene! [...] La cosa se ponía demasiado seria. Llevaban así dos horas y los del Frente Popular, sin saber que hacer, acurrucados de nuevo, no se rendían. Y los del capitán Moral ¡¡Tampoco se rendían de tirar tiros!! [...] Cesó el fuego; avanzó el capitán Moral pistola en mano, abrieron los guardias y poco después, brazos en alto, salían los dos capitanes del Frente Popular, Alfredo Barthe el abogado, Chomin Rey, y los restantes para la cárcel”. Lamparilla muestra su famosa ironía –que a partir de estas circunstancias se convertiría en cruel al ser uno de los que apoyaron sin tapujos el golpe y la dictadura que vendría, llegando a atacar años después el Entierro de Genarín y conseguir que se prohibiera– al explicar que los de dentro tuvieron que usar un palo de escoba con un pañuelo blanco para pedir la rendición. “Ya sabéis lectores, lo que fue la bandera blanca del Gobierno Civil de que tanto se habló los primeros días: la escoba de los guardias de Seguridad”, terminó aquel artículo.

Los detenidos, contra la pared

Los primeros prisioneros que vio t’Serstevens fueron conducidos al hotel con los brazos en alto y fusiles apuntándoles por la espalda. El belga recordó a cinco guardias de Asalto y a un capitán de Infantería, todos ellos hombres corpulentos de alrededor de cuarenta años. La documentación histórica eleva a ocho el número de guardias de Asalto que no secundaron el golpe y confirma la presencia del capitán Juan Rodríguez Lozano entre quienes resistieron en el Gobierno Civil. La diferencia no invalida el testimonio: el extranjero narraba el grupo que pudo ver, no necesariamente la totalidad de los detenidos.

Y entonces... los colocaron contra una pared y delante de ellos se formó un grupo de soldados con los fusiles preparados. T’Serstevens escuchó entonces unos gritos que definiría como los sonidos humanos más horribles que había oído. No precisó quién gritó ni qué palabras se pronunciaron. Quizá fueran súplicas, protestas, insultos o la reacción instintiva de hombres convencidos de que iban a recibir una descarga.

Alcalde Miguel Castano, Félix Gordón Ordás y Ramiro Armesto. Los dos jóvenes fueron fusilados salvo Ordás, que fue presidente del Gobierno de la República en el exilio.

El periodista cerró los ojos, esperó el estruendo de los disparos... que no llegó. Una orden hizo bajar los fusiles y, en cuestión de minutos, la escena cambió de naturaleza sin dejar de ser aterradora. Los mismos hombres que acababan de esperar la muerte fueron sentados en sillones de mimbre. El maître se acercó con una bandeja de metal y les sirvió vasos de agua.

T’Serstevens vio en ese cambio una paradoja española: la violencia extrema y la cortesía podían sucederse sin transición. Sin embargo, aquella agua no borraba la amenaza. Los prisioneros continuaban detenidos y muchos de ellos serían ejecutados semanas o meses después. Rodríguez Lozano fue fusilado el 18 de agosto de 1936. Otros responsables políticos y sindicales de la ciudad, entre ellos el alcalde Miguel Castaño, el gobernador Emilio Francés y el joven presidente de la Diputación Ramiro Armesto, serían fusilados en noviembre.

El aparente aplazamiento de la muerte no significaba, ni mucho menos, salvación en la Guerra Civil Española que comenzaba en ese momento en León.

El asalto a la Casa del Pueblo

La caída del Gobierno Civil no terminó con los disparos. Las fuerzas sublevadas continuaron hacia la Casa del Pueblo, situada en la entonces avenida Diagonal (lo que luego fue José Antonio y ahora la Gran Vía de San Marcos). Allí se habían concentrado militantes y dirigentes obreros. Hubo un tiroteo con heridos y al menos un muerto en el interior. Parte de quienes lograron salir se desplazó hacia San Marcos, que se convirtió en el último foco importante de resistencia de la ciudad.

Desde la zona del hotel, t’Serstevens percibía que el combate se alejaba progresivamente. Los disparos ya no procedían únicamente de las inmediaciones del Gobierno Civil. Se escuchaban hacia la Casa del Pueblo y después en dirección a San Marcos.

La crónica local de González Luaces coincide en esa progresión. Desde su domicilio observó salir del Gobierno Civil a alrededor de cuarenta hombres con los brazos en alto. Después vio a los soldados avanzar pegados a los muros de los Agustinos mientras continuaban disparando hacia la Casa del Pueblo. El fuego se mantuvo durante aproximadamente otras dos horas y fue desplazándose hacia San Marcos, cuyo asedio duró hasta bien entrada la noche.

Clases sociales entre los apresados

El viajero belga veía llegar prisioneros sin poder reconstruir de qué edificio procedía cada grupo. Para él eran cuerpos que entraban en el hotel: funcionarios, militares, obreros, empleados, heridos, hombres armados y hombres desarmados.

Para los sublevados eran ya categorías que debían separarse, interrogarse y custodiarse.

El periodista belga definió al vestíbulo del Hotel Oliden como en una sala de clasificación humana. Reparó en que los prisioneros se dividían casi espontáneamente o eran distribuidos según su apariencia y condición. Los militares con graduación, los funcionarios y quienes parecían empleados se sentaban en sillas o alrededor de las mesas. Los obreros permanecían en cuclillas o apoyados contra las paredes.

“La República se estaba derrumbando y, aun así, las jerarquías sociales seguían visibles en la postura de los cuerpos: unos sentados; otros en el suelo. Algunos obreros fumaban y compartían cigarrillos. Podía parecer serenidad, pero también era una manera de mantener las manos ocupadas y dominar el miedo. Nadie les explicaba con claridad qué iba a ocurrirles. Uno de los hombres trató de esconder unas balas de revólver detrás de un radiador. El gesto era torpe y desesperado. De haber sido descubierto, aquellas municiones podían convertirse en una acusación suficiente para matarlo. Aun así, intentó desprenderse de ellas, quizá porque conservarlas era todavía más peligroso. Otro prisionero pidió comida. Le prepararon un bocadillo enorme. Cuando lo tuvo entre las manos, lo acercó a la boca, pero no consiguió morderlo”. Albert t’Serstevens escribió que un pensamiento terrible parecía haberse apoderado de él. El cuerpo había pedido alimento por costumbre; el miedo le había cerrado la garganta.

Soldados ciclistas del regimiento de Infantería Burgos número 31 ubicado en el Cuartel del Cid en León.

“Marie-Jeanne se fijó en un hombre herido en la cabeza. Se acercó y comenzó a vendarlo. No pertenecía a ninguno de los bandos, apenas hablaba la lengua y no sabía qué delitos se atribuían a aquellos detenidos. Vio sangre y actuó. Mientras ella trabajaba, algunos prisioneros le lanzaron piropos, incluso frases rimadas”, apuntó el escritor belga, que volvió a interpretar el episodio como una forma española de convivir con la muerte: hombres privados de libertad, quizá camino del fusilamiento, todavía capaces de bromear y elogiar a una mujer. “También pudo ser una defensa contra el pánico. Flirtear, fumar o interesarse por un vendaje permitía fingir durante unos segundos que el vestíbulo seguía siendo un hotel y no la antesala de una prisión”.

Durante la tarde siguieron entrando detenidos. Procedían del Gobierno Civil, de los alrededores de la Casa del Pueblo y de otros puntos tomados por los militares. Los militares habían seguido controlando la ciudad, y colocando una ametralladora en la torre de los Agustinos en lo que luego sería la plaza de la Inmaculada impidieron que los obreros se pudieran movilizar para salvar desde su casa sindical el Gobierno Civil, a escasos cuatrocientos metros. De hecho, se convirtió en una trampa para ellos, ya que cuando los militares controlaron la sede gubernamental provincial fueron a por ellos y tomaron el edificio de los sindicatos y más prisioneros. San Marcos fue la última resistencia obrera, con una dura pelea por la noche habitación por habitación, en la que, curiosamente, no hubo muertos. Todavía no quería nadie una guerra civil, porque nadie sabía que ese día había comenzado una terrible de casi tres años en España.

El surrealismo de la cuerda de detención

La escena de la cuerda es una de las más minuciosas y perturbadoras de todo el relato del periodista belga (que en 1937 se nacionalizaría francés): “Un hombre alto, de manos enormes, entró en el vestíbulo llevando un rollo de cuerda delgada y completamente nueva. No necesitó gritar. Ordenó que los obreros se acercaran y comenzó a unirlos por parejas. Ataba la muñeca derecha de uno a la izquierda del siguiente. Como no cortaba pequeños trozos, debía pasar el rollo entero por cada vuelta y cada nudo. El procedimiento resultaba lento. La cuerda se desenrollaba por el suelo, atravesaba las manos del encargado y volvía a recogerse”.

Lo curioso del asunto, lo más surrealista, es que “los detenidos observaban la operación con tanta atención” que al belga le pareció que “poco faltaba para que ayudasen al hombre a realizar los nudos”. En realidad, aquella concentración podía ser otra forma de apartar la mente de lo que iba a suceder después. Mirar la cuerda, seguir su recorrido y calcular la siguiente pareja era más soportable que pensar en el lugar al que los llevarían. Una hora despúes, al terminar había veintidós parejas: cuarenta y cuatro hombres unidos de dos en dos. Pero sobró un largo tramo de cuerda y el último detenido de la fila, que conservaba una mano libre, se ofreció a llevarlo. Lo sostuvo como quien recoge un objeto que estorba, pese a que era la prolongación de la atadura que lo conducía preso.

Presos en el patio la Cárcel Vieja de Puerta Castillo durante la Guerra Civil.

El cortejo salió por una puerta de servicio escoltado por soldados. Serstevens no sabía adónde iban. Tampoco podía saber, en ese instante, que el sistema represivo implantado tras el triunfo del golpe llenaría las cárceles de León y convertiría San Marcos en uno de los principales centros de reclusión y terror de la provincia.

En el documento aportado, la escena aparece como uno de los ejemplos más nítidos de cómo la violencia se hizo cotidiana: no hubo una gran ceremonia, sino un hombre pasando pacientemente una cuerda nueva por decenas de muñecas.

La ocurrencia: Marie-Jeanne cruza la plaza para alimentar al gato

A las seis de la tarde, con la ciudad todavía bajo el fuego, la mujer del periodista, Marie-Jeanne, recordó que el gato Puma llevaba horas encerrado en el automóvil y no había comido. Y se empeñó en ir a alimentarlo.

Albert intentó disuadirla. La plaza continuaba expuesta a los disparos y las ametralladoras controlaban los accesos. Un capitán escuchó la discusión y le aseguró que podía cruzar. Según la frase recogida por t’Serstevens, afirmó que “un español nunca disparaba contra una mujer”.

Era una garantía absurda y de bravata. Durante la guerra y la represión serían asesinadas numerosas mujeres en España. Pero Marie-Jeanne aceptó aquella palabra como si el honor masculino invocado por el oficial tuviera más fuerza que las balas. Preparó pescado, lo envolvió en una servilleta o lo colocó en un pequeño paquete y salió del hotel.

Entonces sucedió la escena más surrealista del relato.

En cuanto la mujer puso un pie en la plaza, los disparos cesaron. No hubo una orden formal que el periodista pudiera escuchar. El silencio pareció transmitirse de posición en posición. Marie-Jeanne avanzó sola por el espacio abierto, llevando la comida del gato mientras los hombres armados la observaban.

Desde las fachadas comenzaron a gritarle: “¡Olé, guapa!” y “¡Olé, cariño!”. La mujer de Albert t’Serstevens siguió andando sin inmutarse y aparentemente sin prisa. Cuando alcanzó el callejón donde estaba el garaje y desapareció de la línea de tiro, las armas volvieron a disparar.

Entrada del Cuartel del Cid en el antiguo convento de las Recoletas (ampliado a la derecha por IA, la vegetación no existió nunca).

El episodio parece inverosímil, pero encaja con el tipo de detalle propio de los conflictos que se inician: la guerra detenida durante unos segundos no para evacuar a un herido ni negociar una rendición, sino para permitir que una extranjera alimentara a un gato. El surrealismo es propio de las guerras. Pero la anécdota muestra dos cosas: la poca cabeza de la pareja. Marie-Jeanne arriesgó la vida por un animal al que consideraba parte de su familia. Albert, aunque protestó, permaneció observando y después convirtió el recorrido en literatura. Ninguno de los dos parecía haber asumido todavía que ya no eran turistas protegidos por su condición de extranjeros, sino dos personas atrapadas en una ciudad donde bastaba un error para ser detenidas o tiroteadas.

Y la segunda, un machismo inherente en los españoles de la época que, visto 90 años después chirría notablemente. Aunque hay que entender que en aquellos tiempos todos los hombres, incluidos los europeos, pensaban que estaban haciendo lo correcto al piropear a una mujer que consideraran bonita.

Los tiroteos de la noche del 20 de julio

A las ocho de la tarde, el cronista belga aseguró que León se iluminó de repente. Los sublevados habían ocupado la central eléctrica. Las farolas y los escaparates proyectaron su luz sobre calles desiertas, cristales rotos y fachadas marcadas por los disparos. Aquella recuperación de la electricidad no devolvió la normalidad. Hizo más visible el escenario de la batalla.

Albert y Marie-Jeanne lograron instalarse en una habitación. Cuando el periodista trató de abrir las contraventanas para mirar, una ráfaga las agujereó. Comprendieron que cualquier movimiento junto a la ventana podía ser interpretado como la presencia de un tirador. Se sentaron en el borde de la cama, fuera del ángulo de fuego. Allí permanecieron a oscuras, escuchando.

Había ráfagas aisladas, disparos sueltos y silencios que no tranquilizaban porque podían romperse en cualquier instante. Pasaban camiones tocando las bocinas. Desde la calle llegaban gritos de viva y arriba España. San Marcos seguía siendo desalojado y los últimos resistentes eran capturados. La reconstrucción histórica cifra el balance de aquella jornada en tres muertos y once heridos, aunque la violencia represiva posterior multiplicaría enormemente las víctimas.

Fuerzas del Regimiento de Infantería 36 (del Cuartel del Cid) en la carretera de Asturias el 30 de julio de 1936 en el Fielato.

En otros domicilios nadie durmió tampoco. González Luaces dejó escrito que hubo disparos durante toda la noche, pacos (francotiradores) en diferentes puntos y una excitación febril que mantuvo despierta a la ciudad.

Y aún así, en la inconsciencia más absoluta, Marie-Jeanne formuló una preocupación que podía parecer frívola: “Si aquello continuaba, ... cómo iban a visitar León?”

La frase muestra hasta qué punto la mente se aferra a los planes anteriores cuando la realidad se vuelve insoportable. La pareja había cruzado Europa para conocer ciudades. Admitir que ya no existía el viaje turístico equivalía a aceptar que estaban en medio de una guerra.

La 'nueva normalidad', bajo el bando militar del 21 de julio

El martes 21 de julio, León amaneció bajo el control de los sublevados. Los soldados regulares comenzaron a ser sustituidos en algunos puntos por jóvenes falangistas. Albert T’Serstevens los describió como muchachos imberbes que manejaban armas con escasa experiencia. Aquello le produjo más temor que la presencia de las tropas profesionales. Un soldado podía obedecer unas reglas; un adolescente nervioso, con el dedo cerca del gatillo, podía disparar por un gesto mal interpretado.

Los balcones aparecieron cubiertos de telas blancas. Había sábanas, manteles, colchas de encaje y piezas de seda. Desde abajo, la ciudad podía parecer preparada para una procesión del Corpus. Pero no era una celebración religiosa. El blanco expresaba sometimiento, adhesión o, simplemente, el deseo de que los patrulleros comprendieran que en aquella casa nadie pretendía disparar.

Plaza Santo Domingo de León, de La Libertad en la República.

El cronista de viajes señaló que cada familia colgaba lo que tenía: “Los hogares acomodados exhibían tejidos ricos. Los más modestos recurrían a una sábana. La desigualdad social se hacía visible incluso en la forma de rendirse”.

Tras la noche de disparos, Albert y Marie-Jeanne, ni cortos ni perezosos decidieron salir a conocer la ciudad. Habían visto prisioneros maniatados, habían sido alcanzadas las contraventanas de su habitación y sabían que la ciudad estaba ocupada. Aun así, querían visitar los monumentos.

Eso sí, un oficial les advirtió de que debían dejar la cámara fotográfica en el hotel. En aquellas circunstancias, una cámara podía convertirlos en espías. Si una patrulla los sorprendía haciendo fotografías de posiciones militares, podían ser fusilados sin que su pasaporte belga sirviera para salvarlos. Por eso no hay fotos de aquellas jornadas pese a ser ta,boién periodista gráfico t'Steversens por sus crónicas de viajes.

Jóvenes milicianos de Falange en León el 22 de julio de 1936 haciendo el tonto con los fusiles.

Finalmente, el paseo no tuvo nada de turístico y sí de problemático. En numerosos cruces fueron obligados a levantar los brazos. Los registraron una y otra vez. Cada nueva patrulla ignoraba lo que había comprobado la anterior. Debían explicar quiénes eran, de dónde venían, dónde se alojaban y qué hacían caminando por una ciudad ocupada horas después de un combate.

T’Serstevens contó que observaba las huellas de la jornada anterior con una curiosidad que rozaba nuevamente la imprudencia. Se detuvo ante una farola rota y calculó, asombrado, cuántos disparos habían sido necesarios para destruirla. Miró las fachadas, los escaparates y los cristales. En un quiosco encontró un retrato del cantante y actor francés Maurice Chevalier atravesado por una bala a la altura del pecho. La imagen le llamó la atención porque resumía el absurdo: incluso las celebridades impresas en una revista podían parecer víctimas de la batalla.

A su alrededor, sin embargo, había víctimas reales, detenidos y familias que no sabían dónde estaban sus parientes y ellos pensando sin más en que “al menos hay que visitar San Isidoro, la Catedral y las murallas romanas: es clásico y obligatorio”.

La Colegiata de San Isidoro antes de la primera mitad del siglo XX.

Eso sí, quedó decepcionado con la visita. La Colegiata de San Isidoro estaba cerrada y reaccionaron. con una indignación casi cómica. Consideró que el sacristán mostraba una lamentable falta de conciencia profesional: precisamente cuando dos turistas extranjeros habían conseguido llegar hasta allí durante una revolución, el encargado no estaba disponible para abrirles. Quizás quejarse del horario de una iglesia era más sencillo que pensar en los hombres atados el día anterior. El edificio sí le gustó: “Es una bella iglesia románica”.

Todo lo contrario que la Catedral, que puso a bajar de un burro, completamente decepcionado: “Demasiado restaurarada, desnuda en medio de unos jardines públicos, sin alma. La fachada recuerda a la de Burgos pero sin ser esbelta, paticorta como muchas españolas. Pórtico con estatuas como las de Reims o Brujas, un poco pesadas. Pináculos toscos. Sin pátina”. Una cruel descripción que contrasta con cualquiera de hoy en día de la Pulchra Leonina.

Eso sí, apareció un teniente con un casco que el belga describió “como alemán” que les ordenó marcharse y regresar al hotel. La advertencia incluyó otra referencia al paredón: si continuaban deambulando, alguien podía tomarlos por espías y fusilarlos. Se tuvieron que ir y en el propio artículo el periodista belga se contradice, quizás arrepentido de lo que acaba de decir: “Tendremos que volver dos años más tarde, para ver esas piedras romanas sin interés y pasear sin problemas bajo las ojivas de la catedral, muy bella por cierto y que por sus retablos, sus verjas y sus vidrieras, valía un nuevo viaje.”

El bando que ordenó recuperar la vida bajo pena de muerte

Otra de las anécdotas curiosas y crueles es cómo ese mismo día 21, a mediodía, t’Serstevens la población fue convocada para escuchar un bando militar.

“La proclamación estuvo acompañada por cornetas y tambores. El nuevo poder anunció el estado de guerra, ordenó el final de la huelga y exigió la vuelta inmediata al trabajo. Comercios, bares y cafés debían abrir antes de las tres de la tarde. No era una invitación a recuperar la normalidad. Era una orden respaldada por la amenaza de ejecución”, estimaba.

Hasta ese momento, el centro presentaba un aspecto desierto. Las calles vacías bajo el sol recordaban a González Luaces “un día de eclipse”. La población permanecía tras las ventanas, intentando averiguar qué bando dominaba realmente la ciudad y si los mineros asturianos regresarían. Pero a las tres, como había ordenado el mando militar, los cierres comenzaron a levantarse.

“Abrieron las tiendas. Los camareros colocaron las mesas. Los clientes ocuparon las terrazas. Las jóvenes volvieron a caminar por el centro peinadas y arregladas. Se formaron grupos ante los aparatos de radio. Sonaron seguidillas. En apenas unas horas, León pasó de las ráfagas de ametralladora a la música popular”.

Jura de bandera en el regimiento de Infantería número 31, cuyo cuartel estaba en el actual Parque del Cid.

El mantrimonio belga quedó fascinado por aquella capacidad para continuar viviendo con la muerte todavía presente. La llamó inconsciencia. Sin embargo, la apertura de los establecimientos no fue necesariamente una muestra de despreocupación. Los propietarios obedecían una orden militar. Los peatones necesitaban conseguir comida, buscar noticias y comprobar quién seguía vivo. Salir a la calle podía ser también una forma de demostrar que no se tenía nada que ocultar.

La normalidad era obligatoria.

Bajo las terrazas llenas y las radios encendidas continuaba el miedo. Los militares habían destituido de hecho a las autoridades republicanas, detenido a dirigentes obreros y comenzado a construir el aparato represivo que marcaría los meses siguientes. La población aún no conocía el destino de muchos detenidos. Tampoco estaba claro que el golpe hubiera triunfado en el conjunto de España. Incluso algunos responsables sublevados consideraban que la situación seguía en el aire.

El belga veía una ciudad resucitada. En realidad, asistía al nacimiento de una nueva normalidad impuesta por las armas.

La última noche en León

El testimonio no describe la noche del 21 con el mismo detalle que la anterior. La impresión general es la de una calma vigilada: patrullas en las calles, edificios ocupados, controles y una población que había comprendido quién mandaba en la capital.

Albert y Marie-Jeanne prepararon su salida. Querían alcanzar Burgos y continuar hacia Francia por el camino más corto. Después de lo vivido, abandonar León parecía prudente, pero viajar por carretera resultaba igualmente peligroso. No existía una línea clara que separase territorios seguros. Cada pueblo había improvisado controles, barricadas y grupos armados. Un automóvil desconocido podía ser enemigo para todos.

El miércoles 22 abandonaron León. Albert t’Serstevens escogería después palabras severas para describir la ruta: caminos mal indicados, campos abandonados por el miedo y pueblos que reaccionaban ante la aparición del coche como si se aproximara una columna enemiga. Viajaban dos extranjeros y un gato, pero desde lejos podían ser militares, emisarios, espías, fugitivos o avanzadilla de alguna fuerza armada.

Batallón anarquista de la CNT en el Frente Norte de la Guerra Civil.

En Melgar, las campanas o el toque de alarma anunciaron su llegada. Alrededor de un centenar de campesinos salió a cortarles el paso. Llevaban escopetas de caza, hachas, palos y herramientas transformadas en armas. Habían levantado una barricada con carros y bidones de gasolina. Albert y Marie-Jeanne tuvieron que bajar del automóvil con los brazos en alto, pero les dejaron continuar al ver al gato con cascabeles al grito de “!Arriba España!” al unísono.

En otros tramos de la carretera recibieron disparos desde posiciones ocultas. Las balas no alcanzaron el vehículo, pero no podían saber si eran avisos o intentos reales de detenerlos. La única defensa consistía en seguir conduciendo. Pero en Saldaña un grupo armado interceptó el coche. Varios hombres subieron a los estribos y acercaron los revólveres a las cabezas de los viajeros. Albert y Marie-Jeanne no comprendían todas las preguntas ni sabían qué respuesta podía considerarse sospechosa.

En el momento de máxima tensión apareció un sacerdote. Llegó corriendo y gritó a los hombres: “¡Abajo, coño! Y los dejaron marchar.

Segar mientras se combate y Burgos igual que León

Cerca de Villasandino, t’Serstevens contempló otra de las imágenes que resumirían para él aquellos días: “A un lado de la carretera se combatía entre la maleza. Había hombres armados, disparos y movimientos de personas que intentaban ocultarse. Al otro lado, unos campesinos continuaban segando el trigo”.

El escritor consideró la escena una imagen admirable de la vida. “La cosecha no podía esperar a que terminara la guerra”.

Albert, Marie-Jeanne y Puma llegaron a Burgos hacia el mediodía. Allí les explicaron que también se había combatido durante dos días y que los disparos reaparecían al anochecer. Sin embargo, las terrazas estaban abiertas y a las seis se celebró el paseo habitual por el Espolón. Una banda militar comenzó a tocar en el quiosco. La pareja esperaba marchas heroicas, himnos o música destinada a exaltar a los vencedores. En su lugar, la orquesta interpretó un tango.

La elección le pareció otro ejemplo del carácter absurdo de aquellos días: una ciudad militarizada, soldados en las calles y una melodía de baile flotando sobre el paseo.

Voluntarios falangistas leoneses en julio de 1936.

Al regresar al hotel encontró militares durmiendo en todos los escalones. Cuando intentó utilizar el ascensor descubrió que también había soldados acostados dentro. La guerra ocupaba literalmente el edificio. Tanto Burgos como León habían caído en el bando sublevado y las situaciones fueron espantosamente similares, sobre todo para las gentes de izquierdas que comenzaron a ser encarceladas y paseadas sin piedad durante ese año.

El surrealista viaje de la guerra de España

Tres días antes, la pareja había entrado en León preocupada por encontrar sombra para el coche y tiempo para visitar los monumentos. Desde entonces había visto comenzar el golpe militar, el asalto al Gobierno Civil, la rendición de quienes defendían la legalidad republicana, el avance sobre la Casa del Pueblo y San Marcos, la clasificación y atadura de los prisioneros y la transformación de una ciudad entera bajo las órdenes de los sublevados.

Habían sentido miedo, aunque no siempre fueron conscientes de hasta qué punto estaban en peligro. Otra vez más, la vida de la pareja pareció depender menos de una norma que de un gesto imprevisible: un guardia que aconsejó guardar el coche, unos soldados que dejaron de disparar mientras una mujer cruzaba la plaza, un cura que consiguió apartar unos revólveres mediante una blasfemia.

Un relato que valida mucho de lo contado de la sublevación en León

El relato de t’Serstevens no es una explicación completa de la sublevación en León. Confunde algunos lugares, no identifica a todos los protagonistas y contempla los acontecimientos desde el privilegio relativo de un extranjero alojado en un buen hotel. Tampoco alcanza a ver la represión que seguiría: las cárceles, los consejos de guerra, las sacas y los fusilamientos.

Pero valida muchas de las historias conocidas hasta hoy y al ser extranjero vio algo que los informes militares y noticias españolas difícilmente podían transmitir en aquel momento de extrema tensión. Vio a un hombre recibir un vaso de agua después de creer que iba a morir, a otro incapaz de morder un bocadillo, cuarenta y cuatro muñecas unidas por una cuerda recién comprada. Vio un tiroteo detenerse para que una mujer llevara pescado a un gato. Vio sábanas blancas colgadas en los balcones, a muchachos con fusiles demasiado grandes para su experiencia y a una ciudad obligada a llenar las terrazas pocas horas después de los disparos.

Falangistas se refrescan tomando helados en julio de 1936 en Valladolid.

Y vio, sobre todo, cómo la vida cotidiana no desapareció cuando comenzó la guerra. Quedó deformada, sometida y atravesada por el miedo, pero continuó existiendo en los gestos más pequeños: vendar una herida, fumar en el suelo, tocar un tango, recoger el trigo o preocuparse por un animal encerrado en un coche.

En León, durante aquellos tres días de julio de 1936, la muerte ya estaba presente. Sin embargo, quienes todavía no sabían cuánto iba a durar la tragedia continuaron comportándose, por necesidad o por inconsciencia, como si la vida anterior pudiera recuperarse al doblar la siguiente esquina.

El 20 de julio de 1936 acababa de empezar la Guerra Civil Española. Y nadie lo sabía. Ni siquiera el periodista belga de viajes era consciente de que el horror que iba a producir el golpe de Estado que comenzó el 18 de julio iba a durar tres terribles años.

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