Qué nos pasa

Los incendios forestales del verano 2025 no causaron un cambio notorio en los votantes.

Donde ardió, no hubo castigo. Donde volverá arder, no habrá perdón. El lunes 16 después de las elecciones autonómicas nos despertamos con un gusto a óxido en la lengua. Cuesta comprender cómo aquel fuego que arrasó el monte que amamos sigue sin defensa alguna, más allá de la de nuestros propios brazos. Llevamos casi cuarenta años, –y ese fue el tiempo que duró la dictadura franquista–, con el mismo gobierno en Castilla y León. En ese lapso hemos sido testigos del deterioro, particularmente en León, de todo aquello que creíamos sólido. Sanidad que se resquebraja, caminos que se hunden en hoyos más grandes que nuestra desesperación. Muchos nos fuimos y algunos locos, como yo, decidimos volver y resistir. Pero no se resiste en soledad, no se puede. 

Hay en esta tierra nuestra un voto duro imperturbable. Solo alguna vez se vio cómo asomaban las orejas del lobo, pero poquito, tímidamente, como un susurro ambiguo. Lo que no dejó lugar a dudas fue la gestión de lo que ocurrió hace tan poco, en agosto de 2025, cuando casi cualquier alma autóctona temía porque su mundo terminase hecho cenizas. Y, sin embargo, no hubo castigo. Las urnas sirven para contestarle a la barbarie sin sacar los cuchillos a relucir en medio del callejón. ¿O es que quienes podemos cambiar el sentido de las cosas ya no creemos en nadie?

Sin servicios públicos moriremos por separado: ya lo vivimos. No era ‘solo el pueblo salva al pueblo’: eso fue al principio, con pocos medios, para mermar con lo que se podía el monstruo de las llamas. Pero el fuego se achicó cuando llegó la artillería y esa no se gestiona solo desde lo cercano, porque no hay medios suficientes. Es inviable pensar que podemos solos, porque el demonio es un alud climático que vendrá por nuestra sangre sin piedad. Necesitamos cabalgar a lomos de gigantes, pero que esos gigantes obedezcan el tirón de nuestras riendas, unas riendas que solo podemos sujetar con fuerza quienes realmente amamos esta tierra que ardió y seguirá ardiendo. 

Habrá pavesas que viajen por el viento como amenazas y deberíamos encender antes nuestras propias antorchas: deberíamos reinventar el futuro y hacerlo desde la revolución de lo cercano. Somos una población envejecida, con muchísima gente que no cambiará su voto hasta la tumba misma. Entonces, los que quedamos, deberíamos preguntarnos: ¿Cómo hibridar ese nicho, cómo revolver la mugre con ceniza para que el abono genere nuevos frutos? Precisamos llamar de nuevo a la puerta de las pasiones que hoy son frustración y desidia para que quienes hoy lloran en las grandes ciudades puedan ser también parte de nuestra regeneración. 

No se resiste en soledad, se construye en la calle, mano a mano, siendo mucho más que uno o dos. Se teje desde el territorio con iniciativas que pueden ser hoy pequeñas pero, hay una gran verdad en ellas: solo desde lo mínimo se abarcan los sueños que tienen raíces profundas para desplegar las alas. No es el repiqueteo constante de la derrota, ni el asalto a los cielos que se convirtieron en sillones. Esta España nuestra está llena de olvidos diferentes que tienen dolores similares, desde León hasta el Pirineo, pasando por la meseta y el sur. Esta España que necesitamos no está escrita todavía: la pluma es nuestra y lo último que debemos hacer es ser pasto del incendio que nos regalan. Seamos antorchas, no pavesas. Antes de llorar, luchemos.

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