El otro 8 de marzo: 900 años de la muerte de Urraca I de León, la primera mujer que pudo reinar de verdad en Europa

El busto de Urraca I de León y al fondo el Ayuntamiento Viejo de León al amanecer.

Un 8 de marzo de 1126, hace justo novecientos años en Saldaña, moría Urraca Alfónsez por fiebres puerperales tras su quinto parto a los 45 años. Un hecho que podría ser absolutamente desconocido, de hecho se intentó ocultar al olvidar su figura, de no haber sido la primera reina total de la Europa Cristiana Occidental conocida como Urraca I de León.

Un aniversario que hoy celebran los leoneses por todo lo alto, con exposiciones de altísimo nivel (una en el Museo de León con piezas medievales legionenses de altísimo nivel traídas de Londres, París y Nueva York; y otra en el Museo de San Isidoro) y alzando sus peculiares y espectaculares enseñas de varios metros de altura que llaman pendones, tras haberse celebrado esta semana pasada dos congresos internacionales por su figura en la Universidad de León y en el Museo Arqueológico Nacional por el CSIC. Además de Saldaña y Sahagún y un responso en el Panteón Real Leonés ante su tumba.

Pero pese a la brasa que los leoneses han dado durante años sobre esta reina leonesa, aún sigue siendo una gran desconocida en España, hasta el punto de que algunos la llaman de una forma bastante misógina como La Temeraria. Como si ser la mujer que tiene el pleno derecho de gobernar fuera una temeridad y olvidando que no sólo conservó y amplió los territorios heredados de su padre Alfonso VII, sino que superó toda clase de contratiempos y ataques con éxito, gobernando de forma justa y siendo muy valorada por sus súbditos. Anteponiéndose a todos sus enemigos hombres convirtiéndose en una reina indomable.

Cuadro de la Reina Urraca I de León, de José María Rodríguez de Losada (1982).

Urraca I de León se adelantó varios años a las llamadas Lobas Inglesas (incluida en ellas Leonor de Aquitania) como la señora más poderosa de su tiempo –aunque su abuela Sancha ya hubiera sido heredera directa del trono, pero no pudo comandar ejércitos al encargarse de ello su marido Fernando I de León al que apodaron el Grande– y, salvo los 17 días en que Berenguela de Castilla fue heredera sin coronar de Alfonso VIII para cederle el trono a su hijo Fernando el Santo, hasta 150 años después no gobernó una mujer un reino cristiano: Juana I de Navarra en 1274 (a partir de 1282 con Felipe I de Francia).

Un marido maltratador: Alfonso I de Aragón

Pero para que llegara el momento de que Urraca I de León fuera reina total, comandando ejércitos, tuvo primero que casarse con Alfonso I de Aragón. Viuda de Raimundo de Borgoña –del que tuvo dos hijos: Alfonso, el que sería Imperator Legionensis totius Hispaniae, y Sancha–, había sido condesa de Galicia hasta que su hermanastro Sancho, el heredero de Alfonso VI, murió en el desastre de Uclés en 1108. Un año después moría su padre después de acordar el matrimonio con el monarca aragonés.

El impresionante audiovisual de la Reina Urraca en San Isidoro con ilustraciones de Don Recaredo (Ricardo Escobar).

La intención era que un heredero de ese matrimonio uniera los dos grandes reinos cristianos de la península: la Corona Leonesa por una parte (compuesta por León, Toledo, Galicia y Castilla) y la aragonesa (Navarra y Aragón) en un gran reino peninsular para unir esfuerzos en la recuperación de terreno a los musulmanes, gobernados entonces por los almorávides. Pero no salió bien. Desde el principio la actitud del aragonés fue intentar quedarse el Regnum Legionensis apartando a su mujer. De hecho Alfonso VI acordó en las capitulaciones que si moría primero Urraca, heredaría Alfonso León. La misoginia imperante era tan potente que el propio padre de la reina despreció a su nieto borgoñón vivo como heredero “por ser hijo de fémina”.

Pronto surgieron las desavenencias y durante cuatro años se produjeron escenas tan fuertes como Alfonso de Aragón agrediendo a Urraca tirándola al suelo y dándole patadas. Aunque la reina leonesa no se quedaba corta, también le devolvía los golpes. Entre peleas y reconciliaciones, el matrimonio se volvió tan tóxico que en 1112 el rey extranjero (que así llamaban los leoneses al esposo de su monarca) intentó invadir el Reino de León. El Papa avisó de que podía anular el matrimonio por consanguinidad (eran primos, cosa que habían obviado al casarlos) y lo cumplió en 1114. Urraca, en todo ese tiempo se había puesto al frente de las tropas, ya que la nobleza legionense la necesitó para darse legitimidad ante el monarca aragonés. A aquel esponsal lo llamaron en la misma época “las malditas y excomulgadas bodas”, lo cual indica lo tormentoso de aquella relación.

Dos cuadros decimonónicos de Alfonso de Aragón y Urraca de León.

La reina Urraca había conseguido el imperium y la potestas por necesidad, al igual que había llegado al trono: porque no había hombres válidos para ocuparlo. Fue el último recurso, pero lo consiguió por primera vez para una mujer en toda la Europa Cristiana del siglo XII. No volvería a haber una reina de verdad en la Corona de Castilla y de León hasta 350 años después, con Isabel La Católica.

Un obispo enemistado, un hijo ingrato y un rey 'sabio' que la borró de la Historia

Los últimos 14 años de reinado de Urraca oscilaron entre la defensa de su hijo como heredero, a los ataques más furibundos de su preceptor, el obispo de Santiago de Compostela Diego de Gelmírez. Urraca nombró rey de Galicia a Alfonso, pero supeditado a su mando, y mientras Gelmírez conspiraba para dominar toda Galicia. Se dio el caso de una revuelta en Compostela en la que a la monarca la llegaron a asaltar y rasgar las vestiduras; aunque el pueblo le pidió perdón al día siguiente.

El obispo Diego Gelmírez, inicialmente aliado de Urraca como tutor de Alfonso Raimúndez, se convirtió en un enemigo político complejo: aspiraba a un poder casi soberano en Galicia, defendía teorías hierocráticas sobre la superioridad del poder eclesiástico y utilizó la Historia Compostelana para modelar un relato muy crítico con la reina.

A la vez, parte de la nobleza y del clero impulsaba al propio Alfonso Raimúndez contra su madre, fomentando una situación paradójica: la reina tenía que gobernar en guerra con su exmarido, vigilando a su hijo coronado en Galicia y enfrentándose a un poderoso arzobispo enemigo.

Homenaje anual a Urraca de León en el Panteón de los Reyes de San Isidoro y su tumba.

Urraca respondió con pragmatismo, alternando pactos y dureza contra las revueltas urbanas y nobiliarias en Compostela, pero la crónica compostelana la retrató como figura turbulenta, oscilante y moralmente reprobable, reforzando la imagen de “reinado desordenado”.

Sin embargo, Urraca se comportó como un rey más, con sus amantes, como el conde de Castilla Pedro González de Lara, con el que tuvo dos hijos y murió dando a luz uno de ellos en 1126 en Saldaña.

Una vez muerta, su propio hijo comenzó a obviar su recuerdo, dejando caer que él gobernaba mejor “al no ser tan voluble como una mujer” y se le efectuó una especie de damnatio memoriae (borrar su nombre de cualquiel logro que hubiera conseguido) de tal manera que cuando llegó su tataranieto Alfonso X, éste la obvió en su lista de reyes y aseguró que Alfonso de Aragón había sido el verdader monarca. De hecho el hijo de Fernando III el Santo se llamaba a sí mismo el onceno (XI), ya que aseguraba que el zaragozano había sido rey de León; pero eso es tema del fenomenal lío de los numerales de los reyes españoles que desvía la atención de la injusticia que sufrió la primera reina privativa de pleno derecho de la Europa Cristiana.

Imagen, misoginia y maltrato de su memoria

La obra que mejor habla de Urraca de León fue la Primera Crónica Anónima de Sahagún: la describe como mujer hermosa, inteligente, gran oradora y justiciera, y llega a compararla simbólicamente con la Virgen María en un episodio de castigo a un blasfemo, lo que contrasta con la visión hostil de la Historia Compostelana.

Sin embargo, la tradición posterior, influida por la crónica de Gelmírez y por una lectura patriarcal, fijó sobre ella una imagen de “reina licenciosa, violenta y mala gobernante,” juzgándola por tener amantes o por tomar decisiones políticas arriesgadas, comportamientos que se toleraban en reyes varones.

Un libro con una ilustración de la Reina Urraca de León en la exposición temporal del Museo de León.

Su hijo Alfonso VII contribuyó a este maltrato memorial: al consolidarse como Emperador, no se preocupó de rehabilitar la figura de su madre, y la cronística y los repertorios regios posteriores tendieron a silenciarla.

Esa damnatio memoriae tiene un claro componente de género: se margina la figura de la reina que sostuvo el trono en una coyuntura crítica, mientras se legitima mejor a varones vinculados a la misma crisis, empezando por el exmarido aragonés y siguiendo por el propio Alfonso VII, que llega a reinar sobre el legado territorial que ella preservó.

Un reinado positivo conservando el reino, cosa que su hijo no consiguió

Pese a todo, Urraca se bregó el cobre pero bien. Cuando accedió al trono (1109), recibe¡ió un conglomerado difícil: un imperio leonés‑castellano‑gallego tensionado por los almorávides, por la nobleza interna, por el peso de la casa borgoñona y por el problema de un heredero varón 'preferido' que había sido muerto por los musulmanes, dejando un vacío sucesorio peligroso.

Mapa de la Corona de León en el siglo XII, en el libro de Isabel San Sebastián.

Durante su reinado afronta guerras contra Alfonso I, rebeliones nobiliarias, la ambición casi principisca de Gelmírez, la instrumentalización de su propio hijo y una campaña de descrédito moral constante. Y aún así, pese a todo, las investigaciones recientes y los trabajos subrayan que mantuvo íntegro el núcleo del Regnum Legionensis y su proyección imperial. Ella fue considerada Imperatrix Tocius Hispaniae y así acuñó moneda.

Cuando muere en Saldaña el 8 de marzo de 1126, Alfonso Raimúndez hereda un reino unido de León (con Galicia y Castilla como coronas asociadas), con capacidad para, en pocos años, proclamarse emperador y reclamar los territorios de su padrastro aragonés tras la muerte sin descendencia de este en 1134.

Imágenes de San Isidoro en construcción, el León del Louvre, entierro de Urraca y una colección de marfiles en la exposición temporal del Museo de León de la Reina Urraca.

Es decir: Urraca recoge un reino en crisis sucesoria y sometido a enormes presiones internas y externas, y lo entrega a su hijo consolidado como monarquía viable, con fronteras defendidas, estructura imperial preservada y margen para la expansión posterior; el deterioro principal afectó más a su reputación que a la solidez del Estado.

El misógino epítome de ‘la Temeraria’ cuando debería llamársela ‘La Indomable’

El apelativo de La Temeraria no aparece en las fuentes contemporáneas: ni la Historia Compostelana ni la crónica sahagunense la nombran así, aunque en la primera se hable de “actos de temeridad” puntuales; todo indica que el mote es moderno y se cargó de connotaciones negativas.

Historiadores como Ricardo Chao, Margarita Torres, Irene del Canto o César García Álvarez señalan que este sobrenombre es misógino y anacrónico, porque reduce un reinado complejo a un rasgo de carácter y refuerza la idea de que sus decisiones fueron fruto de la insensatez más que de la necesidad política.

Recreación de la Lápida de Urraca de León basada en la ilustración de Ricardo Escobar.

El caso de Urraca se suele comparar con otros sobrenombres femeninos muy cargados, como Juana la Loca, mientras los varones reciben epítetos más neutros o elogiosos; de ahí que algunos autores propongan sustituirlo por otros como La Indomable, que resaltan su capacidad de resistencia y gobierno en condiciones extremas.

Hoy, a la luz de la historiografía y de las iniciativas con motivo del noveno centenario de su muerte –como unas jornadas en el Museo Arqueológico Nacional y un Congreso Internacional en la Universidad de León, aparte de libros como el de Sonia Vital publicado por Desperta Ferro Urraca, una reina en el trono de un rey), se tiende a ver su reinado menos como un desastre y más como el de una gobernante eficaz en un contexto casi imposible, cuya memoria fue distorsionada por el hecho de ser mujer con poder en la plena Edad Media.

Pendones del Reino de León que ondearán en homenaje a la reina Urraca el 8 de marzo.

Este domingo Saldaña, Sahagún y León se llenan de actos en homenaje a la Reina Urraca. Es poco habitual en la capital leonesa ver tal cantidad de eventos en honor a uno de sus monarcas, ya que hasta hace no mucho los propios leoneses desconocían la potencia histórica de su propio reino, opacado por una Castilla que en siglos posteriores ocupó todo el imaginario de la Reconquista cristiana.

Pero hoy sí: los pendones leoneses tremolarán hoy al viento en Legio, la capital del Viejo Reino, en honor de Urraca Alfónsez justo el día que se cumplen 900 años de su muerte. En reivindicación de su figura y con la justicia poética de que se homenajee con tanta potencia a una reina que sus herederos hombres quisieron que se olvidara y que a día de hoy es la más conocida del Reino Leonés en toda España por ser, precisamente, mujer.

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