Al final John Wayne no mató a Liberty Valance
El cine es un invento francés, aunque de lenguaje estadounidense. La aseveración sirve para entender que el séptimo arte ha sido herramienta de propaganda y, al mismo tiempo, de autocrítica, de los sobrinos del Tío Sam. Las generaciones anteriores nos hemos servido del cine para moldear una educación crítica y una jerga nacida en las pantallas de las grandes salas, con ciertas pretensiones de intelectualidad progresista. A ello ha ayudado la adopción de la imagen creativa y en movimiento, como industria de cabecera del llamado star system.
Estados Unidos fue (hoy no hay atisbo) un país autocrítico y, a la vez épico, gracias a su comprensión cinematográfica. Las películas del oeste, los western, elevaron a gesta la conquista del inmenso espacio de extensión hacia la costa del Pacífico, su lado occidental. Las filmaron con más claros heroicos que oscuras miserias. Pero admitamos que no anularon, sino que iluminaron varios excesos de limpieza étnica. Si España cimentó la epopeya humana en los tercios, EE.UU. consagró la insolente valentía del cow-boy. El país norteamericano no escondió tampoco pestilencias posteriores como la guerra de Vietnam, ni los escándalos políticos y abusos de poder de sus sucesivas administraciones.
El cine es una enciclopedia útil para entender el modo de vida estadounidense y cotejarlo con la distopía reinante en este presente que ha pateado sin piedad sus virtudes como país de efectivos blindajes contra los abusos de autoridad.
Dentro de esa cinematografía, un ejemplo sobresale por encima de los demás. La película es El hombre que mató a Liberty Valance, una reveladora parábola sobre el modo de vida estadounidense al margen de épocas y tendencias. Conserva la frescura del mensaje legible en todo tiempo. En esa historia, dirigida por la mano maestra de John Ford, el director que mejor ha sabido explotar las magnitudes y debilidades humanas de ese país, confrontan los pilares de su organización social. A saber: la discreción sobre vidas y haciendas del poderoso, vía dólar, terror, o ambos a la vez; la justicia, manejada por el recién llegado, iluso hombre de leyes decidido a abatir molinos de viento; la vigilancia –quizá disuasión– o el difícil equilibrio entre los antagonismos anteriores. Y un cuarto elemento: la prensa, romántica, idealista, que sufre los embates del potentado por negarse a ser hagiografía de sus desmanes.
Encarnación actual de los protagonistas
El cuadro actoral ya está conformado. Lee Marvin es el odioso Liberty Valance; John Wayne, Tom Doniphan, el equilibrio honrado, la fuerza moral que acobarda al malvado solo con los mirarle de frente a los ojos; James Stewart, Rance Stoddard, el leguleyo que trata de imponer la palabra hecha ley, frente a la elocuencia del Colt; y Edmond O’Brien, trasunto de Dutton Peabody, el director del periódico local Star Shinbone. Construir la épica estadounidense sin la prensa es dejarla coja.
Trasládese la trama de esta película a tal día como hoy. No hay lugar a dudas, en todos y cada uno reconocemos los personajes de este presente. Valance, quien lo duda, Donald Trump, matón, hipócrita, indecente, mafioso, sádico, y, como el personaje de Marvin, enarbolando la alegoría del látigo para azotar a quien no se aviene a sus malvados proyectos. Es la única identificación por ahora con cara y ojos.
Las demás están aún en un proceso de personalización, porque no se ha superado el trauma de unas urnas disparatadas pronunciándose a favor de un mal ya vislumbrado. Pero los hay. Están latentes. Los tribunales, incluido el Supremo, han rebatido caprichos encapsulados en el chantaje incesante del presidente. Algún líder nacional que otro, de los países antiguos aliados, ya ha osado decirle al sátrapa que NO. Edificante rebeldía ante tanto lameculos de última hora. La prensa, el dominio de Peabody, ha perdido su alma en el tramposo debate entre verdades y mentiras.
Seamos espectadores mirando por el retrovisor de cuando el cine era fábrica de sueños de la niñez, una edad que siempre retorna incluso en el DNI de una cinefilia de muchos años. ¿A quién señalamos desde la platea como un malvado en esta extraordinaria película? ¿Quiénes son los héroes en lucha titánica contra un mal identificado a las primeras de cambio? Respondidas las preguntas, abramos los ojos a la película de la vida.
Si en esa vida real rompemos la línea moral del film, las cosas van muy mal. Imposible creer que nuestro código de valores acompañe al matón en sus fechorías, aunque sean contra países o tiranías tan execrables como su doctrina egocéntrica y paranoica. Son las reglas lo que abole la ley de la selva. Incomprensible aceptar que el agresor es la víctima, y está a la orden del día. Nauseabundo que el deslumbramiento del dinero ciegue la virtud de la compasión al perseguido y al dañado por la crueldad de este club de genocidas. Si en la ficción nos ponemos del lado de valores que luego se trastocan en la realidad, habrá que colegir que en algún punto del camino hemos extraviado virtudes como la rebeldía, la empatía, la autocrítica, el examen de conciencia, es decir, como Fausto o Dorian Grey, vendidas las almas por la vulgar apariencia.
En cuanto haya ocasión volveré a visionar El hombre que mató a Liberty Valance, pero habré de resignarme, si sigue el actual estado de cosas, a aceptar en la película de la vida que Tom Doniphan (John Wayne) no mató, ni siquiera en tan fantástica y eufórica ficción, a Liberty Valance (Lee Marvin). Semovientes llamados Trump, Netanyahu o Putin se encargan de resucitarlo.