Salvad al soldado desconocido

El gigantesco busto de Julia, de Jaume Plensa, en la Plaza de Colón de Madrid.

Un anticipo aclaratorio: quien esto va escribir es nieto de militares, hijo de militar y hermano (único) de militar. Mis abuelos combatieron en la guerra de África y en la civil, en el bando ganador; mi progenitor fue un oficial del ejército de ocupación del propio territorio que auspició el franquismo y un alto mando en el arranque de la democracia; mi hermano sirvió en unas fuerzas armadas ingresadas en los grandes tratados internacionales, con misiones en Kosovo e Irak. Con este libro de familia es sencillo colegir que tengo una visión cercana de la filosofía castrense de España en el último siglo.

Salvo la fuerza de la sangre, importante sin duda, poco más me une en complicidades a la filosofía militar. Mis derroteros fueron por caminos diferentes que no entran en valoraciones cualitativas. Soy persona conquistable por el convencimiento, no por las jerarquías.

Hechas las salvedades, entro en materia, no otra que el incomprensible comportamiento, con comparación especialmente odiosa, de la portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados, la paisana Ester Muñoz, relativo a la reacción del PP, el principal partido opositor, respecto a la retención durante una hora de un soldado español por las fuerzas invasoras de Israel en el Líbano. 

Determinadas tribunas han conceptuado la acción de secuestro. Al parecer hubo violencia de trato. Quizás exagerada, pero no descaminada, por tratarse de un acto hostil en territorio de guerra contra el integrante de una fuerza de paz y auxilio como son los soldados desplazados por la ONU. Llevan grabada en la frente la bandera blanca de obligado respeto para el concepto de honor castrense.

Ester Muñoz es un producto de la política profesionalizada y doctorada en las tesis de las descalificaciones obcecadas al adversario. Sumisa al liderazgo, así es como se medra, la táctica de convencer con argumentos está desterrada de cualquier planteamiento. No se trata de movilizar la razón. La cuestión es agitar la víscera. Muñoz no entendió el trasfondo de la cuestión. Cuando el guión diario es una obsesión anti, la brújula está imantada.

Ella respondió con la elocuencia de un silencio sobre la parte concernida, la política belicista con ribetes de genocidio del gobierno de Israel, nación regida por tendencias afines a las de sus amistades en coaliciones de poder. Pies de plomo, porque una frase mal dicha puede ser la primera ficha de dominó en caer, y es sabido lo que arrastra. Pero ha ocurrido que por cuidar una presencia, ha dañado la esencia patriótica que tanto enarbola su partido. 

El soldado, al parecer un suboficial, secuestrado o retenido, ilegalmente en cualquier caso, era la metáfora de una bandera de España en territorio delicado y conflictivo. Pero, en su ofuscación enfermiza contra el gobierno ejerciente, solo quisieron ver, en sus desconcertadas entendederas, no a un servidor en apuros de la patria, agredido en las posaderas de nuestra dignidad colectiva, sino al agente infiltrado de un poder ejecutivo infernal, según sus estrechos razonamientos. Esta sinrazón tiene el rostro de Ester Muñoz, expresión veraz de la utilización mitinera y patriotera en su partido del emblema nacional. No han estado a la altura donde España, sus colores y sus soldados, necesitaban el reconfortante apoyo del principal grupo opositor y candidato a gobernar en tiempo cercano.

Del silencio al disparate

El silencio inteligente no es, desde luego, virtud en el PP. Si en el mutismo hacia las críticas contra Israel emergen sospechas de vinculaciones económicas con los lobbys hebreos, la comparación es ratificación de la persistencia en el disparate a través de la verborrea. Vincular este suceso a los controles de la Guardia Civil suena al patada a seguir del sálvese quien pueda. Alegar que más tiempo que el militar español en Líbano, ha estado ella retenida en un control de la Benemérita, es la excusa de un niño sorprendido robando caramelos. Vuelve a poner su bizquera en otro estamento militar, para más ende, uno de sus recursos victimarios en el comodín etarra que con reiteración sacan a colación en su constante ofensiva antigubernamental, como si no lleváramos trece benditos años sin la amenaza terrorista de ETA. Qué burdo cambio de cromos.

Ester Muñoz y Feijóo, en el Congreso de los Diputados.

El PP y su contravoz, cargo bien mutado por la gestión llevada a cabo en este asunto, olvida el ejemplo de movilización de cualquier país civilizado, democracias por supuesto, ante el extravío o pérdida de contacto de unidades militares o combatientes individualizados. Hace unos días se ha visto el despliegue estadounidense para localizar en territorio enemigo a dos pilotos abatidos y el alborozo de la población consumado el rescate. Aquí no, aquí ha importado más la posibilidad de reincidir en el desgaste al gobierno que la complicidad con uno de los nuestros en apuros, durante prestigiosa misión humanitaria, que no bélica, para este país. Otro trato merecía este sargento, alegoría oportuna del soldado desconocido, que siempre ejemplifica mucho más que los políticos adormecidos en su soberbia.

Algo que nunca he dejado de alabar en los militares es la asunción sin reservas del espíritu de camaradería. Poseen un código genético inviolable de ayuda al compañero necesitado. Jamás le abandonan. Ni siquiera ante el fuego cruzado del enemigo. Para abundar en su grandeza, es en esas situaciones de emergencia donde quedan en la nadería más absoluta galones, estrellas o entorchados. El PP ha dejado en la orfandad del apoyo moral a un soldado desconocido. A ellos, por los silencios y comparaciones de su portavoz, los hemos conocido.

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