El ejemplo andaluz

Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente de Andalucía.

Los españoles somos dados a caricaturizar. Tiene fácil explicación: de norte a sur y de este a oeste del territorio, las idiosincrasias son diversas. Al catalán se le identifica con la laboriosidad y seriedad, al gallego con la indecisión, al vasco con una fanfarronería simpática, al leonés con la parquedad oral del que concede gran valor a la palabra, y al andaluz con la jarana y los decorados de que se acompaña en forma de gracejo narrativo. Son clichés de salir al paso, pero orientativos en un esbozo de urgencia.

Los andaluces no calan como ejemplo de sensatez por el predominio de su frivolidad, de su visión de la vida como una sucesión ininterrumpida de chistes y chascarrillos que saben arrancar la carcajada a los demás. Sin embargo, este invierno felizmente dejado atrás, esta región española recibió el castigo de la crueldad refinada de las catástrofes técnicas y meteorológicas. En el haber de su balance, un accidente ferroviario con cuarenta y siete muertos y un encadenamiento de borrascas que provocó centenares de desalojos de hogares por inundaciones.

Andalucía ha sido un territorio agredido que, gracias a su intransferible filosofía, ha sabido llevar con una dignidad que es ejemplo para situaciones similares de pasado y futuro. Y a ello ha prestado un papel decisivo el buen ejercicio de la política cuando se trata de arrimar el hombro por el bien común, la ayuda sin militancias y el objetivo de paliar efectos dañinos sin conjeturas de réditos electorales.

Andalucía y Valencia

Con un año de diferencia, hemos asistido a dos ejemplos de gestión de catástrofes opuestos en resultados y consecuencias. No hay punto de comparación con la dana de Valencia, de octubre de 2024, y su demoledora estadística de 230 muertos. Esta es un modelo de ascensión terminológica de desgracia a apocalipsis. 

Tampoco resisten el careo las actitudes de poder. En el Levante español, desde el minuto uno se empezó por el final: la asunción de responsabilidades, servida en el microondas de las pasiones. Dos administraciones, la central y autonómica, de distinta sensibilidad política, echándose en cara, con todo el muestrario de descalificaciones, dejadeces de actuaciones puntualmente recogidas en la legislación. Y para rizar el rizo, un presidente de territorio desertando de sus obligaciones en pleno ojo del huracán, al instalar su cuartel general en un templo del buen beber y mejor comer.

La administración autonómica andaluza, del mismo partido que la valenciana, huyó del sectarismo partidista. Desde el palacio de San Telmo y desde la Moncloa, se planificó con vocación de servicio a la comunidad el exigido auxilio y consuelo a las víctimas. Las responsabilidades políticas, si las hubiera, no se han obviado, siguen su curso. Y es de esperar que se salden con conclusiones satisfactorias que ayuden a corregir y no a enmierdar.

La mala racha invernal de Andalucía ha calcado la tranquilidad ciudadana cuando percibe estar protegida por políticas de colaboración entre Gobierno y oposición, sobre todo en sucesos que tienen como resultado inmediato la adopción de remedios efectivos y rápidos, no apresurados, que es lo que viene a ser las más de las veces.   

El lenguaje partidista de los últimos años solo recorre la dirección de la descalificación al oponente con el único objetivo entre ceja y ceja de descabalgar y acceder al Gobierno, el que toque. No hay propuesta o debate parlamentario, en el que la opinión pública oiga hastiada la palabra dimisión acompañada de lexicografía de tugurio. 

Moreno Bonilla

Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente de la Junta de Andalucía, es un dirigente claramente desmarcado de la táctica encanallada de su partido. Ha hecho de su labor de gobierno una acción sosegada, sin estridencias ni chirridos, como, por ejemplo, la de Madrid. En su primer gobierno, necesitó de las coaliciones, e instalado en el palacio de San Telmo, gobernó con la tranquilidad que le facilitó la mayoría absoluta en feudo genético del socialismo. Ha anunciado la cita con las urnas para el territorio el próximo 17 de mayo. Parte con la ventaja de que las encuestas le atribuyen el mejor resultado para el PP en las rondas electorales de los últimos meses. Una mayoría absoluta le libraría de las ataduras de Vox y seguir con el talante conciliador de su estrategia habitual. Válido se hace el dicho de más moscas se atrapan con miel que con hiel

El político andaluz tuvo que bregar en vísperas de los sucesos de Adamuz y de las borrascas con una crisis, la de los cribados del cáncer de mama, que fue un torpedo en la línea de flotación de su credibilidad. Actuó rápido, cortó las cabezas que hubo que cortar, y no se enzarzó en las confrontaciones estériles del y tú más. Aguantó el embate, y cuando tuvo ocasión de recuperar las bridas del corcel con la colaboración ofrecida por el Gobierno Central, llevó tranquilidad a una comunidad angustiada.

Juanma es el político de una derecha que toda sociedad democrática y madura acepta como un deseado contrapeso a izquierdas que hacen del progresismo un cajón de sastre con batiburrillo confuso de aciertos y disparates. El presidente andaluz es ahora un verso suelto en el PP (cuidado con el fuego supuestamente amigo), que, desde su cúspide y ciertos satélites parlamentarios, ve cómo el liderazgo conservador de estas siglas se pone en jaque siguiendo el mismo camino de amistades peligrosas que ha recorrido el PSOE. Si tiene que gobernar con Vox, arrendarle las ganancias será un acto de fe en toda regla. Nada más confuso para el votante que quien fue matriz ideológica de la derecha se convierta en sucursal.

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