Periodistas

Una máquina de escribir y un antiguo carnet de periodista profesional.

Confuso está el patio con la auténtica dimensión del oficio de periodista. Y no se puede negar que al enredo hemos contribuido los profesionales. El debate de estos días se focaliza en la acepción que debe acompañar a agitadores del espectro político de las derechas parlamentaria y extraparlamentaria, que se autotitulan periodistas, se acogen a los beneficios de la libertad de informar, intrínseco a toda democracia, pero su modus operandi obedece solo a la casuística de las excitaciones desde la bronca sin descanso.

La última es el acoso a la esposa del presidente del Gobierno en una reunión privada con amigas, por parte de uno de estos habituales de la provocación camorrista, con micrófono en mano y compañía de cámara, como seda de la mona (que en mona se queda) que no metamorfosea la naturaleza barriobajera de la estafa informativa de este suceso, como otros en sedes institucionales. 

La esposa e hijos de un político u otro cargo público son, en el orden deontológico que nos enseñaron, seres sagrados para el periodista si ellos eluden o no quieren ser objeto de la noticia. No se puede conculcar ese derecho. Ninguna libreta, grabadora, micrófono, cámara, son salvoconductos de imposición a declaraciones de alguien que no quiere hacerlas. Del mismo modo, el reportero puede hacer las preguntas pertinentes, incluso incómodas, con la misma legitimidad que el interpelado no las responda. Salirse de esos cánones no es búsqueda de la noticia, sino uso en modo abuso de una acreditación para informar, es decir acoso puro y duro. Las cosas, por su nombre.

Ahora en todos los foros, la misma pregunta: ¿Cómo se ha llegado a esta situación? Este año se va a cumplir el 50.º aniversario de la primera promoción de periodistas de la creada, en 1971, Facultad de Ciencias de la Información. El periodismo en España dio el salto en titulación de una diplomatura a una licenciatura. Medio siglo después, esta transición sigue sin acompañarse del órgano corporativo al que aquel salto formativo obligó: el colegio profesional. 

Toda actividad de índole universitaria en España dispone de una entidad defensora de los intereses de sus profesionales. Un médico, si no está colegiado, no opera; ni siquiera emitir recetas de fármacos, si no van acompañadas por su número de colegiado. Un abogado no puede pleitear. Un arquitecto tampoco, sin ese precepto, visa obras. El periodismo no se ha refugiado en estas garantías. Sanidad, ingeniería, abogacía exigen conocimientos profundos en aras a la confianza colectiva. Lo mismo pasa con la noticia y su credibilidad, pero los avales están desaparecidos por la falta de un órgano regulador en lo ético y en lo profesional.        

El periodista ha tenido su marco de referencia asociativo en una Federación de Asociaciones de la Prensa (FAPE), órgano rector de cuando nuestros colegas se formaban en una escuela oficial que, en efecto, produjo excelentes profesionales, muchos de los cuales han sido maestros de las futuras hornadas universitarias. Tan profesionales como nosotros. La FAPE ha prestado magníficos servicios a la actividad, pero no ha evitado ser el coladero del continuo intrusismo en nuestras labores. No estábamos blindados contra eso.

De periodista a 'Influencer'

Desde entonces se han sucedido acepciones como informador, comunicador, experto, orientador, animador, tertuliano, y hasta propagandista, que Goebbels sigue muy vivo, junto a las sacadas del horno de las nuevas tecnologías como youtuber e influencer, que se han apropiado con descaro y permisividad corporativa de la misión de informar, que otros se han ganado en la misma competición formativa y regalada que los intocables, a este respecto, y bien por ellos, médicos, abogados, arquitectos, farmacéuticos, ingenieros… 

Periodista es en este presente un cajón de sastre en el que entra todo el que tenga que decir algo por disparatado que sea, y elevado a la enésima potencia con el concurso de las redes sociales, donde la humanidad entera ha recibido la licenciatura de comunicar dentro de los cánones de la más absoluta impunidad.

La página de un periódico, un estudio radiofónico o televisivo eran hace décadas iconos de una seriedad significativa en el tratamiento de la noticia y de la opinión de los acontecimientos. El totum revolutum de protagonistas y relatos operado en la misión de informar, hoy lleva a que verdad o mentira sean una duda hamletiana, y a al periodismo, a través del modelo de la marabunta, a una masa amorfa imposible de descifrar en continentes y contenidos. Anulada la credibilidad, asesinado el periodista. 

Se ha dicho que la conversión del periodismo a los criterios de empresa ha matado su alma. Verdad a medias, porque un medio de comunicación siempre ha sido una empresa, peculiar, pero empresa. Lo testifica una línea editorial. La toxicidad actual es obra de la intromisión de la política y su estrategia de confrontación, visible en el debate parlamentario, y oculta en la lectura entre líneas o en las palabras a medias de la información manipulada. Para políticas así, es irresistible y prioritario dominar la nómina de los poderes democráticos: ejecutivo, legislativo, judicial y… prensa. Ahí estamos.

El último escalón de las metamorfosis confusas del periodismo puede estar en la transformación de sus principios de formar, informar y divertir. Los tres se han subordinado a la prioridad del espectáculo de hacer trabajar el ilusionismo a velocidad más rápida que la analítica cerebral. Es la preeminencia de ver lo que quieren que veamos, no lo que es. Ejemplo: un acosador haciendo creer a la masa alienada que es periodista. Y esa masa, asiente.

¿Cuál será nuestra próxima mutación? Miedo da apostar.

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