'Objetos perdidos', de Carlos Zanón

La novela 'Objetos Perdidos' y su autor, Carlos Zanón

Luis Artigue

Una Barcelona realista, noir y muy pop con locales de nombres molones y barberías de barrio donde se trafica con pasaportes; con riqueza y pobreza en muchos sentidos; con integrados y sufrientes sociales. Unas calles en las que los jugadores de rugby desaparecen sin dejar rastro, en la que los que los tienen que buscar no sabemos si los buscan de verdad y en la que opera la mafia somalí. Un garito poliédrico, posmoderno y postpolítico llamado el Donna Summer. Un héroe con traumas evidentes, Alex Gual. Un villano castizo, el señor Paco. Una pintora en horas bajas pero tan artificiosamente seductora como una gogó, Lola K, que ve cosas en Barcelona que Alex no ve, y viceversa, aunque miren lo mismo. Una trama negra sobre el caso de alguien que desaparece y alguien que lo busca, pero con un punto pop, un ramalazo salvaje y otro melancólico a causa de la soledad que duele, y, sobre todo, de la experimentada certeza de que en una gran ciudad moderna todos sus habitantes son un poco como objetos perdidos, y todos podemos perderlo todo de golpe si no nos andamos con ojo…

Aunque era ya algo que en la novelística española habían iniciado los Ray Loriga, (con Héroes y Caídos del cielo) Benjamín Prado (con Raro y Nunca le des la mano a un pistolero zurdo) y José Ángel Mañas (con Historias del Kronen), la llamada Generación Nocilla –integrada por Agustín Fernández Malo, Vicente Luis Mora, Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta, Javier Fernández, Milo Krmpotic, Oscar Gual, Mario Cuenca Sandoval, Lolita Bosch, Javier Calvo, Doménico Chiappe, Gabi Martínez, Álvaro Colomer, Harkaitz Cano, Juan Francisco Ferré, Germán Sierra, etcétera– incorporó la cultura pop a la novelería española de una forma determinante, sugestiva y sumamente estimulante.

Pero a muchos no se nos ha escapado que, aunque hubo tímidos precedentes en y Juan Madrid, quien ha incorporado de forma plena el pop y el afterpop a la novela negra española ha sido fundamentalmente Carlos Zanón (Barcelona, 1966).

Por eso la aparición ahora de Objetos perdidos, la nueva novela de Carlos Zanón, confirma ahora algo que ya intuíamos desde hace años: la consolidación de una voz singular dentro de la narrativa noir española contemporánea. Una voz que ha sabido dialogar con la tradición de la novela negra sin someterse nunca por completo a sus convenciones. Desde Tarde, mal y nunca hasta Yo fui Johnny Thunders, pasando por Taxi o Love Song, Zanón ha ido construyendo un territorio literario reconocible: una Barcelona nocturna, pop, y sentimentalmente devastada, donde los personajes deambulan entre la nostalgia, la precariedad y una vaga esperanza de redención. 

Una intriga que es, ante todo, una indagación moral

En Objetos perdidos, aunque quizá haya menos música referenciada que en novelas precedentes suyas, esa poética de Zanón alcanza su formulación más depurada. El protagonista, Álex Gual, es un abogado entrado en carnes (a tal efecto arrastra por la vida un peso físico y otro psicoanalítico que deviene de su condición de niño gordo) y venido a menos, uno que se ha separado y se ha quedado más solo de lo que esperaba, el cual vive en un hotel y sobrevive profesionalmente buscando personas desaparecidas mientras lidia con su propia identidad fracturada. La novela se inspira libremente en la desaparición real de un joven en Barcelona, y plantea, más que un misterio criminal convencional, una reflexión sobre la fragilidad social contemporánea: cualquiera –parece decir Zanón– puede caer en la intemperie con apenas un par de decisiones equivocadas. 

El propio autor ha subrayado esa dimensión existencial del relato: la novela trata de “gente que se pierde, gente que está perdida y gente que busca”, situando el foco en los márgenes de una ciudad donde confluyen mafias, prostitución y precariedad urbana. 

Esta perspectiva (en la que confluyen la mirada del hard boiled la de la crook storie y hasta la de la crónica negra) desplaza argumentalmente el interés narrativo desde el enigma policial hacia la deriva vital de los personajes. El crimen –si lo hay– se vuelve casi secundario frente a la exploración de las biografías heridas que pueblan la narración. En este sentido, Zanón continúa una línea muy visible en su obra: el noir como escenario emocional antes que como maquinaria de suspense.

La continuidad de un proyecto narrativo

Leída dentro del conjunto de su narrativa, Objetos perdidos parece prolongar una serie de obsesiones temáticas que atraviesan los libros anteriores del autor.

En Yo fui Johnny Thunders, premiada en la Semana Negra de Gijón en 2015, el centro de gravedad era la memoria de un músico fracasado que intenta recomponer su vida; en Taxi, un conductor nocturno recorría Barcelona durante una semana como un Ulises urbano que huye de sí mismo. 

Los protagonistas de Zanón comparten una condición: son derrotados lúcidos, personajes que conocen demasiado bien el precio de sus errores. No buscan tanto resolver un caso como sobrevivir al día siguiente. Por eso la prosa del autor –seca, fragmentaria, con sutiles impregnaciones líricas, y muy influida por la música rock– se inclina hacia el monólogo interior, el diálogo cortante y la observación irónica de la vida cotidiana.

En Objetos perdidos, el recurso del “niño gordo” que habita la conciencia del protagonista funciona como una metáfora de la memoria y la inseguridad: todos arrastramos, parece sugerir el relato, una versión infantil de nosotros mismos que nunca termina de desaparecer. 

Zanón y la novela negra española de su generación

La generación de Zanón –en la que podrían incluirse autores como Toni Hill, Alexis Ravelo, Rosa Ribas, Victor del Árbol, Paco Gómez Escribano y por ahí todo seguido– ha renovado el género negro español desplazándolo desde la pura intriga policial hacia territorios más literarios o antropológicos o psicológicos.

Sin embargo, Zanón ocupa un lugar peculiar dentro de ese panorama. Mientras muchos de sus contemporáneos han cultivado series detectivescas de estructura clásica, él ha preferido novelas híbridas, donde la investigación funciona como excusa narrativa para explorar un paisaje moral y urbano.

No es casual que fuese elegido para continuar las aventuras del detective Pepe Carvalho, el personaje creado por Manuel Vázquez Montalbán, con la novela Carvalho: problemas de identidad. Ese encargo supuso, de algún modo, el reconocimiento de que Zanón era uno de los herederos más legítimos de la tradición negra barcelonesa. 

Pero su relación con el género es ambigua: sus novelas no siempre responden a las expectativas del lector de policiales, porque el interés del autor se sitúa en el territorio sentimental de los personajes, más cerca del retrato urbano que del procedimiento detectivesco.

Barcelona como escenario literario 'noir'

En este punto, la obra de Zanón se inscribe en una tradición muy precisa: la que ha convertido a Barcelona en una de las grandes capitales literarias del noir europeo.

Esa tradición arranca con la figura fundacional de Manuel Vázquez Montalbán, cuya serie de Carvalho dibujó una Barcelona marcada por las transformaciones políticas y sociales de la Transición. A su lado se sitúan narradores como Francisco González Ledesma o Andreu Martín, que retrataron una ciudad más áspera, poblada por policías, delincuentes y marginados.

Zanón hereda ese imaginario urbano, pero lo traslada a la Barcelona del siglo XXI: una ciudad gentrificada, turística, donde el viejo tejido social parece deshacerse entre bares temáticos, apartamentos turísticos y barrios convertidos en parques temáticos. En sus novelas, la acción ya no se concentra necesariamente en el centro histórico –como ocurría en los relatos de Carvalho– sino que se desplaza hacia los márgenes y periferias urbanas. 

La Barcelona de Zanón es, en suma, una ciudad melancólica y nocturna, donde los personajes circulan como sombras entre hoteles baratos, bares de madrugada y calles que han perdido su identidad.

Una novela sobre la desaparición

Desde esta perspectiva, Objetos perdidos podría leerse como una metáfora del propio género negro contemporáneo. Si la novela clásica buscaba resolver un crimen, Zanón parece interesado en otra cosa: en registrar las formas modernas de la desaparición –social, sentimental, urbana– que afectan a los individuos de nuestro tiempo.

De ahí que el título resulte tan preciso. No se trata solo de personas extraviadas, sino de vidas desplazadas, de identidades que se desdibujan en el ruido de la ciudad.

En este sentido, la novela confirma lo que ya sabíamos: que la narrativa de Carlos Zanón no pretende competir con el thriller de consumo rápido, sino continuar una tradición literaria donde el noir funciona como un instrumento de conocimiento moral y urbano.

Y en esa línea –heredera de Manuel Vázquez Montalbán pero profundamente personal– Zanón se consolida como uno de los narradores que mejor están sabiendo capturar el pulso sombrío de la Barcelona contemporánea.

No es la mejor novela de Carlos Zanón. Es más que eso.

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