La opción de no hacer nada

Panel bélico en Oriente Próximo y Oriente Medio.

Empezó la Guerra de Irán el 28 de febrero, que se dice pronto, igual que empezó la de Ucrania un 22 de febrero, pero hace ya cuatro años. Algo tiene febrero, en estos tiempos, para ser tan propicio a los inicios de las aventuras idiotas, ¿no?

En el caso de Ucrania ya parece obvio que la cosa se ha atascado y nadie sabe cómo salir de ese agujero. Por eso tiene ahora más importancia que nunca preguntarse, en Irán, qué podría pasar si los dos bandos deciden sentarse a esperar acontecimientos y no hacen nada. De momento, esa parece ser la estrategia favorita de ambos en las últimas semanas.

En Ucrania, por ejemplo, si por distintos razonamientos, los contendientes decidieran no hacer nada, se podría llegar a la paz. Un día se dejan de disparar. A las dos semanas, cada cual empieza a largarse a su casa, dejando la línea fronteriza donde la última batalla la dejó, y se acabó. Puede haber luego alguna pequeña escaramuza, en plan riña de borrachos, pero el frente podría estabilizarse así, por congelación. No es que piense que vaya a suceder, pero es útil como ejemplo de resolución de una guerra, y ha sucedido infinidad de veces en conflictos fronterizos que se activan y desactivan un par de veces por década.

¿Pero qué pasa en Irán? La cuestión es que los norteamericanos han desplazado hasta allí tres portaaviones y casi cincuenta mil hombres. La cuestión es que cada día que pasa, el calendario se acerca más a las fechas en las que puede haber 45 grados centígrados a la sombra y toda acción militar es poco menos que una locura. La cuestión es que la logística de ese despliegue, con el estrecho de Ormuz cerrado, es una verdadera pesadilla, porque hay que traerlo todo del quinto carajo, para muchísima gente y durante muchísimo tiempo. Allí no te puedes quedar, sobre todo los americanos, a miles de kilómetros de casa, esperando a que el enemigo se arruine. O a lo mejor ese es su plan, pero no parece muy sensato.

Los iraníes se van o no la ruina, pero como en su día los afganos, están sentados en una piedra del desierto, de su desierto, esperando a ver qué hacen los otros. Sólo en botellas de agua, sin contar nada más, ¿os imagináis el trasiego que tienen que organizar los americanos a diario? ¿Cuánto tiempo se pueden quedar allí sin hacer nada?

Parece una pregunta baladí, pero es una especie de sensor para determinar el estado real de la situación. El que puede permitirse no hacer nada, va ganando. El que se ve obligado a moverse, está en peor posición. Veremos qué estupidez deciden, porque soluciones inteligentes no hay muchas.

Y el tiempo corre, mientras los mercados se niegan tajantemente a reflejar ningún riesgo. ¿Qué riesgo? ¿A quién le importa que el mercado de la energía esté en el aire? Tonterías, oye, pero esa ya es otra historia.

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