Isabel de Portugal, la reina que no tiene un medallón en San Marcos de León

El famoso retrato de Tiziano de la emperatriz Isabel de Portugal,.

En la fachada renacentista de San Marcos lucen soberbios medallones de personajes del pasado, todos con gesto grave y trazas clásicas, bustos que parecen querer salir del círculo en el que están inscritos. Son personajes de la mitología, de la biblia y de la historia de occidente. En la banda más baja de la fachada, posan desde hace siglos los más destacados de esta civilización, a la altura de los ojos de los transeúntes que nunca los miran al pasar. Junto a Príamo, París, Hércules y Héctor, figuran Alejandro Magno, Julio César, Aníbal, Carlomagno, El Cid, Trajano, incluso el conde castellano Fernán González.  

Como contemporáneos del edificio están inmortalizados en piedra Isabel La Católica, su esposo, Fernando, y el nieto de ambos, el emperador Carlos I, o si se prefiere Carlos V. Con este último queda plasmada la universalidad de su imperio, en cuyo reinado se levantó la monumental fachada leonesa.

Los medallones en San Marcos de Isabel La Católica (la única reina que aparece en los medallones de la fachada renacentista, además de la tercera mujer junto a Judith y Lucrecia) y de Fernando el Católico, cuya faz se ha perdido.

Pero no figura la esposa del emperador, Isabel de Portugal. Las mujeres tenían un estrecho margen para pasar a la historia, pese haber mostrado eficiencia y eficacia, virtudes que siempre se atribuyeron a los varones de renombre, incluso aunque no las merecieran.

Cinco siglos de historia

Ahora, en febrero de 2026, se cumplen quinientos años de la llegada de Isabel de Portugal a los reinos españoles. Procedente del país vecino, llegó a estas tierras la infanta en 1526, sin meter ruido, discreta, un rasgo propio de su carácter. Entró con su séquito por Extremadura, rumbo a Sevilla, donde estaban concertados los desposorios con Carlos V, el nieto y heredero de los Reyes Católicos. Dicen las crónicas que la entrada en Sevilla de la princesa portuguesa se produjo sin fastos ni alharacas. Cinco siglos parecen una cifra redonda y rotunda para poner en valor esta figura femenina, casi secuestrada por la historia oficial.

Su imagen más conocida obedece a un cuadro donde Tiziano la inmortalizó con sus pinceles, reflejando la belleza serena y la elegancia de esta dama, semblante que contrastaba con el prognatismo de los Austrias y cierta rudeza de los Trastámaras. 

'El emperador Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal'.

La historiografía, centrada en batallas, conquistas, tratados, rebeliones y pactos, olvidó a la esposa, a la madre, a la regente. No encajaba en los relatos heroicos de tradición masculina. El quinto centenario puede marcar un cambio de rumbo y devolverle el papel institucional en el engranaje de un imperio. Frente a un emperador a caballo moviéndose por Europa, Isabel representa la permanencia, la gestión, la continuidad, incluso la humildad del gobernante.

Dice José María Izquierdo que el verdadero poder no se inaugura con ruido, sino con presencia. Isabel hizo su primera parada en Almendralejo. Pueblo que la recibió con repique de campanas y donde hubo saludo a las autoridades municipales. No demostró ser una novia nerviosa. Tenía 23 años y se interesó por el lugar, preguntando por los modos de vida, los caminos y los abastecimientos del pueblo extremeño. No se interesaba por sus habitantes una reina o una heredera, sino una consorte que ni siquiera conocía al que iba a ser su marido.

Las Cortes castellanas y leonesas, que apostaban por el acercamiento con Portugal, consiguieron imponerse sobre el grupo de consejeros flamencos que veían con buenos ojos la unión de Carlos con una princesa inglesa, su prima María Tudor.

Reina, hija y nieta de reyes

Isabel era hija del rey Manuel I de Portugal, promotor de una corte sofisticada y prestigiosa, con presencia de marinos, diplomáticos, geógrafos, administradores, capitanes, cartógrafos y algún intelectual. La época manuelina marcaba estilo entre las cortes europeas; una corona en plena expansión atlántica, que ya había llegado a Oriente doblando el cabo de Buena Esperanza. El gajo que siglos atrás se desprendió del Reino de León, ahora gozaba del respeto y admiración de otras cortes europeas.

En aquel ambiente cortesano, Isabel había recibido una educación católica y políglota, había estudiado etiqueta, matemáticas, textos latinos, conocía el arte de la diplomacia y se la había preparado para asumir un papel trascendental, aún por definir hasta su enlace con Carlos.

Carlos I de España y V de Alemania en San Marcos de León y su madre Juana I de Castilla, León y Aragón (en una representación clasicista en la Universidad de Salamanca).

Nieta de otra mujer de prestigio, Isabel la Católica, era prima hermana de su futuro esposo, que tuvo que pedir dispensa papal para el matrimonio. Con sangre azul por todas sus venas, fue nieta, hija, esposa y hermana de reyes.

Para Carlos V, que tenía 26 años y había recibido la herencia de sus cuatro abuelos reinantes, aquel era un matrimonio de conveniencia, un paso más en la anhelada unidad de los reinos peninsulares, además de proporcionar estabilidad en la fachada occidental de Europa. La dote de Isabel, 900.000 cruzados portugueses, le solucionaba a Carlos los problemas financieros derivados de las guerras en Italia. Pero también necesitaba una mujer de Estado, pues el emperador era dueño de medio continente y eso le tendría muy ocupado sofocando conflictos durante largas temporadas de ausencia. 

La mujer necesaria en la vida del emperador

En Sevilla surgió el amor y en Granada, junto a La Alhambra, se consolidó en una prolongada luna de miel, en la que concibieron al futuro Felipe II. Fue una boda con campanas al vuelo, en los Reales Alcázares. Después de Granada, partieron para Valladolid. Carlos tenía ya planes para partir hacia Alemania, Italia, Flandes, norte de África… Isabel había despertado el interés de su esposo y éste ya nunca pudo prescindir de ella. Y no sólo encantó al emperador: la nobleza castellana, arisca y levantisca por tradición y ambición, vio en ella dominio, contención, respeto y compostura. 

Fachada de San Marcos con los medallones de figuras importantes.

León, Castilla, Aragón, Navarra, Cataluña, Valencia, Baleares y Canarias quedaban bajo el mandato de la emperatriz consorte, un mosaico de reinos mancomunados en la misma corona, cuyo portador delegaba en su esposa para seguir campando por sus otros dominios. Isabel encarnó la regencia desde 1529 hasta su muerte, una autoridad que ejercería con tino, sin disputar su poder con nadie, ni con los poderosos consejos territoriales, ni con los nobles.

Su capacidad y serenidad hacieron que se volcara en el empleo del cargo. La regente se rodeó de consejeros, escuchó, meditó, aprendió rápido, sopesó los equilibrios y tomó decisiones. Tenía criterio propio. En aquel sistema de gobierno polisinodial, de multitud de consejos territoriales y ministeriales, era necesario conocer el juego de fuerza, no ignorar ninguna y no permitir que ninguna se impusiera sobre las demás. 

Isabel de Portugal, por William Scrots.

Isabel preside reuniones, pide información, exige explicaciones, toma consejo y luego decide: hacienda, justicia, orden público, sistemas de impuestos, asuntos de Indias. Además, se hace cargo de los problemas sobrevenidos a los que hay que poner soluciones: revueltas sociales, epidemias, malas cosechas, entre otros males. 

En la correspondencia con su esposo no sólo informaba, sino que analizaba, aportaba soluciones y mostraba buen juicio. No se registraron conspiraciones ni golpes de mano en su contra en los años de regencia.

Isabel fue una mujer empoderada sin necesidad de mostrarlo.

Ella sola se convirtió en garante de un engranaje político que no podía dejar de funcionar. Si regresaba Carlos V a la península, Isabel ocupaba un discreto segundo plano, para dar luego un paso adelante ante una nueva ausencia del emperador. Fue, a tiempo parcial, una regencia armada en varios tramos, pero firme y capaz de resistir su propio peso.

Muerte prematura

Dio a luz siete hijos, de los cuales cuatro nacieron muertos o apenas sobrevivieron unos días. Su primogénito, Felipe II, sería también rey de Portugal; su hija María llegó a emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico y Juana, infanta de Portugal. Sus embarazos constatan el calendario de los regresos de Carlos V, alternando siempre con largos períodos de ausencia.

La muerte de la regente fue tan silenciosa como su vida. Se produjo días después de dar a luz a un niño que nació muerto. Sucedió en Toledo, el uno de mayo de 1539 y tenía 35 años. El emperador quedó conmocionado por la pérdida. Se retiró durante una temporada y se vestiría de luto las más de las veces. Ya nunca más volvió a casarse.

La conversión de Francisco de Borja, duque de Gandía, ante el ataúd de Isabel de Portugal.

El funeral consistió en una larga comitiva que partió de Toledo y llegó a Granada, para ser enterrada en la Capilla Real. Fue un itinerario de varios días, dirigido por Francisco Borja, caballerizo de la emperatriz. Al abrir el féretro para reconocer oficialmente el cadáver, se pudo observar un cuerpo en descomposición, proceso acentuado por el calor primaveral de aquellos días. El conde de Gandía sintió un horror espantoso al contemplar a su emperatriz putrefacta y desprendiendo un hedor insoportable, jurando que jamás volvería “a servir a señor que se pudiera morir”. Tomó los hábitos y hoy está en los altares, convertido en san Francisco de Borja, eminente jesuita.

En 1574, Felipe II mandó trasladar los restos de su madre al Panteón de los Reyes de El Escorial, junto a los de Carlos V, donde reposan en la actualidad.

Un oleo de estilo veneciano

Su prematura muerte hizo que su viudo no tuviera una efigie suya, por lo que solicitó a Tiziano que pintara una. Para ello hizo llegar al pintor un retrato que le sirviera de modelo por su parecido con la difunta. El artista italiano hizo un primer retrato de Isabel vestida de negro y copiado de un modelo de William Scrots. Carlos no quedó muy satisfecho y llevó el retrato en 1547 para que Tiziano lo retocara, solicitando para la retratada una nariz recta y no aguileña. De ese modelo el genial pintor sacaría dos retratos más. 

Todos conocen la obra de este pintor de cámara que se conserva en el Museo del Prado; una obra póstuma que idealizaba a la emperatriz sin dejar de mantener un cierto parecido con ella, en una pose de serena majestuosidad, de ojos grises y cabellos rubios, sentada junto a un ventanal que produce un efecto de profundidad, luciendo un vestido rojo y joyas con un rosario de perlas, provista de un libro de oraciones y una expresión ensimismada.

Tiziano realizó este retrato de Isabel de Portugal después de muerta aprovechando otro de un pintor inglés.

Hasta hace poco se había creído que Juan de Talavera había inmortalizado en piedra a la emperatriz al esculpir la fachada de la Universidad de Salamanca, en el segundo cuerpo, afrontada al busto de Carlos V, pero estudios reciente señalan que se trata de la madre del emperador, Juana, la mal llamada loca. Si el viudo no se hubiera preocupado de mantener un efigie de la emperatriz, hoy no tendríamos constancia alguna de su aspecto, ahondando aún más en su anonimato.

Cinco siglos de ausencia para una mujer de Estado, madre y esposa fiel y firme. La historia tiene una deuda con la labor callada de esta mujer singular. 

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