El día que detuvieron a José Antonio

Ficha policial de Jose Antonio Primo de Rivera.

Se cumplen noventa años del aquel 1936, calendario nefasto que comenzó con la precampaña de las elecciones generales de febrero, conocidas como las del Frente Popular, y acabó con una Guerra Civil repleta de ingredientes repulsivos: odio, venganzas, represión, movilización de tropas, revueltas y revoluciones, fijación de frentes de guerra, una territorio dividido, paredones de fusilamiento, paseos

No por conocido deja de ser extraordinariamente cruel. Salvajismos propios de una España rota en dos mitades. Esa misma ruptura ocurrió en León: la franja norte, limítrofe con Asturias, se quedó con la República; el resto, más de tres cuartas partes, quedó del lado de los que llamaron a su alzamiento el Glorioso Movimiento Nacional.

Fue un año lleno de lamentables fracasos como sociedad y como país. El catorce de marzo de aquel año detuvieron a José Antonio Primo de Rivera. Se cumple ahora el noventa aniversario. El acontecimiento se extendió por toda España y, junto al asesinato de José Calvo Sotelo, supuso un antecedente de lo que habría de llegar el 18 de julio. A ese hecho le dedicaremos algunas reflexiones.

León en el inicio de la primavera de 1936

En León, el triunfo del Frente Popular fue acogido con alegría por la población republicana de izquierdas. El 24 de febrero llegaron los presos encarcelados en Valladolid, que fueron recibidos entre manifestaciones de alegría. La comitiva llegó hasta la cárcel de León, donde fueron liberados los presos del lugar. La manifestación oficial para celebrar la victoria electoral tuvo lugar el uno de marzo y en ella intervinieron varios oradores, cerrando el acto el alcalde, Miguel Castaño. Los manifestantes entregaron al gobernador civil un listado de once peticiones donde se denunciaban coacciones en el voto y se solicitaba la amnistía general, la revisión de procesos a obreros, el desarme y disolución de organizaciones fascistas, la destitución de jefes de cárceles por infligir malos tratos a presos, el cese de gestoras locales y provinciales, ampliación de obras publicas en cuarteles, sanatorios y escuelas y la revisión de la actuación de autoridades en Santa Lucía y La Ercina.

A mediados de marzo, León se preparaba para las elecciones municipales que se habrían de celebrar el doce de abril. Desde la páginas del Diario de León se informaba de algunas deficiencias en el conocimiento del censo electoral y se pedía a sus lectores que huyeran del fulanismo y de los resentimientos locales, tratando de no mezclar la política con los asuntos administrativos: “El municipio que se entregue en manos rencorosas y vengativas sufrirá después, con amarguras y sinsabores, el castigo de su ceguera”.

Todos sabían que el resultado de las elecciones municipales influiría de modo decisivo en la política general, más que el tiempo de Cuaresma, período religioso en el que se informaba de todos los oficios y liturgias que tenían lugar en la ciudad. Acción Católica de León aprovechaba para llevar el ascua a su sardina, haciendo un llamamiento a las madres cristinas para que lucharan contra el ambiente de descristianización en el que se encontraban muchos de sus hijos. Se invitaba al colectivo materno a acudir a Acción Católica para recibir consejos, solidaridad y unión: “Velad y orad para que vuestra vela sea activa, arma al brazo, si es menester en el puesto de peligro, dispuestas a no dejaros arrebatar aquello que tiene más valor que vuestra propia vida” ¿Qué era aquello? La pureza e integridad de la fe de sus hijos. De esa guisa se aleccionaba en León, dentro de un ambiente de relativa calma, con episodios esporádicos de choques callejeros o pequeños disturbios.

Convento de Santo Domingo en 1936.

El once de marzo se produjo un enfrentamiento entre falangistas y varios izquierdistas, con resultado de heridas de bala y arma blanca. El 26 de ese mismo mes estallaba una bomba en la sede de la Juventud de Acción Católica, sin víctimas. El resto eran altercados menores. 

El Gobierno Civil ordenaba que los tenedores y propietarios de armas debían de depositarlas en los cuarteles de la Guardia Civil, con el fin de instaurar criterios uniformes sobre el uso de armas y sus licencias. 

Por lo demás, la vida continuaba. Aquella primavera ya estaba sembrado el cereal, el mercado del vino se había paralizado y se trabajaban las viñas pese a la humedad del terreno. Los mercados y ferias seguían celebrándose, y las amas de casa comprobaban cada día que los garbanzos y las alubias eran los productos más caros: a 160 y 110 reales (25 céntimos de peseta, lo que harían 40 y 27,5 pesetas) la fanega (que tenía 55,5 litros de capacidad) respectivamente en el mercado de Villamañán, por poner un ejemplo. El centeno costaba 54 reales la fanega (13,5 pesetas), los huevos ocho reales la docena (dos pesetas) y las patatas nueve reales la arroba. Todo estaba caro; como siempre.

La detención de José Antonio Primo de Rivera

El mismo día que se comunicaba el fallecimiento del profesor de la Escuela de Comercio de León, Fernando Taibo Portela, se anunciaba en la prensa provincial leonesa la detención de José Antonio Primo de Rivera y Julio Ruiz de Alda, entre otras numerosas personas pertenecientes a Falange Española. Era el 14 de marzo. Tres días antes, se había producido un acto violento contra el catedrático socialista Luis Jiménez de Asúa, en el que murió un policía de su escolta. Ese mismo día catorce el general Mola era destinado al Gobierno Militar de Navarra, convirtiéndose en el cerebro de la sublevación meses más tarde.

Primo de Rivera era detenido en su domicilio de Madrid. Había perdido la inmunidad parlamentaria al no haber salido elegido diputado en las últimas elecciones. Se le acusaba de incitar a la violencia, además de tenencia ilícita de armas. También fueron detenidos varios jefes de centurias falangistas y miembros de la Junta Política del partido. Se llegó a hablar de hasta dos mil falangistas arrestados. Tres días más tarde, se declaraba a Falange organización ilegal por tenencias de armas y actividades violentas. El partido pasaba a la clandestinidad.

Noticia de la detención de José Antonio Primo de Rivera en el 'Diario de León'.

León vivió aquellos hechos con relativa calma, pues apenas contaba con unas docenas de falangistas, en concreto no más de veinte afiliados en la capital, a cuya cabeza figuraba Pedro García de Hoyos. Todos los partidos de derechas tenían en León una escasísima militancia. Pero el suceso suponía un paso más hacia la confrontación, ya muy elevada desde las elecciones de febrero. Sólo la semana posterior a los comicios que dio el triunfo al Frente Popular se contabilizaron 33 muertos de ese bloque político, además de diez derechistas y cinco anarquistas. Los focos más conflictivos fueron Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Granada, Córdoba y Asturias.

Predominaban los enfrentamientos individuales o de pequeños grupos, las picadillas con final violento, los ataques y choques callejeros, que se saldaban con heridos y, a veces, algún muerto. Los falangistas y las Juventudes de Acción Popular (JAPs) por un lado, y los sectores de UGT y CNT-FAI por otro, protagonizaron la mayoría de los enfrentamientos violentos.

Fue una primavera muy movida, con múltiples episodios de barbarie. Entre el 19 de febrero y el 18 de julio se produjo un torrente de disturbios. Y en medio de aquella espiral de violencia hubo falta de determinación para atajar los choques callejeros. En Madrid, esos mismos días, se originaron varios intentos de incendiar iglesias, aunque la mayoría fueron frustrados. Llegó a arder durante varias horas, pasto de las llamas, la iglesia de San Luis, obligando a la Guardia de Asalto a montar una vigilancia especial para proteger conventos, asilos religiosos e iglesias.

Las malas noticias llegan a León

A través de los noticiarios de prensa, llegaban a León descripciones pormenorizadas de lo que estaba sucediendo en el país, incluso en Europa. Los firmantes del Acuerdo de Locarno, principalmente Francia e Inglaterra, no alcanzaron un acuerdo sobre cómo detener las aspiraciones de Hitler. Inglaterra rechazaba la propuesta francesa de sanciones económicas y financieras a Alemania. Mientras tanto, Londres aumentaba su contingente de soldados con un nuevo reclutamiento de voluntarios.

En España las cosas estaban igual o peor. A mediados de marzo, Cabezas de San Juan retiraba el nombre de una calle a Lerroux, quedaban suspendidos diez concejales en Lorca, se había producido un muerto en una reyerta en Luarca y en Ferrol su ayuntamiento quería incautarse de edificios religiosos para destinarlos a escuelas. Había huelga de estibadores en Gijón, en Santander eran detenidos seis falangistas mientras comían y se produjeron diversas reyertas obreras entre diferentes sindicatos.

Publicidad comercial en el periódico Diario de León en 1936.

León estaba en una calma contenida, aunque rebosaba de noticias furibundas. Acaso esa información explicaría la explosión violenta y represiva que se vivió aquí a partir de julio. León empezaba a comprender que la política no resolvía los problemas, ni era capaz de generar objetivos e ideales, colándose por sus grietas el revanchismo y las ganas de acabar con el contrario. En el mes de mayo se dieron huelgas mineras en Laciana y Bierzo; luego en Sabero y Santa Lucía. 

Los consejos de ministros duraban siete horas, el Gobierno se quejaba de la poca solvencia de los gobernadores civiles, no disminuían los excesos entre sectores del Frente Popular y grupos contrarios, el orden público estaba en permanente tela de juicio, la mayoría de ayuntamientos habían sido gobernados por gestoras y se anunciaba una ley de amnistía que dividiría los ánimos aún más. 

Mientras José Antonio pasaba las primeras horas entre rejas, Alemania declaraba que no retiraría sus tropas de Renania. La democracia en Europa se estaba convirtiendo en un ritual vacío de contenido. La convivencia parecía irse por el sumidero y el respeto, único pegamento para mantener la sociedad unida, producía grumos de resentimiento y odio. 

¿Qué significaba Falange en marzo de 1936?

Falange Española nació como formación política en Madrid, el 29 de octubre de 1933, en el Teatro de la Comedia. Allí anunció su fundador que España debía de superar el Estado liberal y levantar una patria de síntesis indivisible, un modelo que fuera eficaz y autoritario.

La Falange que fundó José Antonio Primo de Rivera adquirió pronto un progresivo fascismo, adoptando un lenguaje paramilitar y místico, un ideario dispuesto a poner en práctica la dialéctica de los puños y las pistolas. Su líder, el tercer marqués de Estella, con grandeza de España, era un chico de clase alta, de aspecto atlético, bien parecido, católico hasta la médula, hijo de papá dictador, gentilhombre, de nutrida formación. Nadie en el panorama político dominaba tantos idiomas como él.

Alfonso García Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera en la fundación de Falange.

José Antonio desconfiaba de la democracia e intentó imponer un Estado Nuevo, totalitario y corporativo, que supusiera el final de la lucha de clases y la lucha política, dos lacras –decía– de aquella República. Él quería una España “con destino en lo universal”, por encima de nacionalismos y partidos, una España de valores eternos y exponente de justicia social.

Con aquellos mimbres, José Antonio obtuvo un escaño por Cádiz en noviembre de 1933, donde su familia tenía influencia y clientelismo. Luego buscó financiación para crecer, llamando a la puerta de grupos monárquicos y de la Italia fascista.

¿Y el uso de la violencia? Como práctica pegada al catolicismo, la aborrecía; sólo la consideraba legítima en un clima de autodefensa. Pero en la práctica, sus falangistas pasaron pronto a la acción callejera. El lenguaje iracundo se tradujo en actos violentos en el Segundo Bienio de la República (1934-1936), especialmente después de que cayera Matías Montero, la primera víctima del partido. Como respuesta, Falange segó la vida de un cargo de Seguridad y del periodista Luciano Malumbres.

En las elecciones generales de febrero de 1936, FE-JONS acudió en solitario a las urnas, adoptando a partir de ese momento la estrategia de subir la tensión para justificar un golpe de fuerza. Los escenarios violentos protagonizados por falangistas se sucederían de forma ininterrumpida hasta el estallido de la Guerra Civil.

Luchar en la clandestinidad

Tras la detención de Primo de Rivera, el partido fue declarado ilegal y pasó a actuar en la clandestinidad. El líder daba órdenes desde la cárcel, incluso intentó convencer a Mussolini del éxito que tendría un golpe de Estado en España. José Antonio sufrió cinco procesos judiciales, por violencia, tenencia de armas, insultos a la autoridad, desacato y otros cargos, siendo condenado a cinco años de cárcel. Ante el temor de su fuga de la cárcel Modelo de Madrid, el seis de junio fue trasladado a Alicante, donde le cogería el levantamiento militar. No le sorprendió el golpe, pues conocía la fecha, de hecho, el día anterior estuvo recogiendo sus enseres al dar por descontado que saldría de la cárcel.

En marzo de 1936 se emitía en León 'La Hija del Penal'

Desde julio hasta su fusilamiento, en noviembre, su lenguaje se moderó, incluso llegaría a proponer un gobierno de reconciliación nacional, además de un acatamiento a la República y una amnistía para los sublevados. Pero ya nadie escuchó su plan. El sumario contra él lo juzgó un tribunal de catorce miembros, encontrándole culpable de los cargos, por lo que fue condenado a la pena de muerte. Nacía así el mito de El Ausente.

El 20 de noviembre de 1939 sus restos fueron trasladados en andas desde Alicante hasta El Escorial, a lo largo de diez días sin parar, acompañado de repiques de campanas, comitivas nocturnas con antorchas y cánticos de alabanza al muerto.

Sacar conclusiones y aprender: ese es el camino

Gil Robles anunció indignado en las Cortes el 16 de junio que en cuatro meses en España se habían quemado 170 iglesias, cometido 269 homicidios, declarado 133 huelgas generales y 216 parciales. ¿Aunque las cifras eran un poco abultadas... constituían un motivo suficientemente justificado para provocar un golpe militar? Muchos historiadores dicen que no, que existían causas más profundas, como la amenaza que suponía el régimen republicano para las oligarquías económicas, las tremendas desigualdades sociales y de riqueza, y una solapada violencia estructural que explosionó el 18 de julio.

¿Nos sirve para algo rememorar aquellos hechos? Ignorar qué implicaciones tiene el pasado en el presente no nos cura; al contrario, nos amodorra. La primavera de 1936 acabó en el verano de una guerra civil. Hoy no hay muertos en las calles, pero sí crispación, desafección y una clamorosa falta de respeto. Hoy, frente a una ofensiva de algunos extremismos, las fuerzas democráticas del tablero reaccionan a la defensiva, entrando así en una envolvente que nos aleja de la convivencia. Faltan –como en 1936– valores cívicos y éticos. 

Cuadro de José Antonio Primo de Rivera de Adrián Aldecoa de Arbulu explorando el 'Mito del Ausente'.

La debilidad ideológica y social hace más fuertes las trincheras de la intolerancia, antesala de escenarios similares al día en que detuvieron a José Antonio.

En España, la decadencia generalizada se combate, no imitando los modelos de 1898, 1923 o 1936, sino los de 1914 -regeneracionismo-, 1977 –consenso– y 1986 –integración europea–. Sin caer en la nostalgia, recurrir a la Historia es una necesidad, seguramente porque el presente ofrece menos futuro que el pasado; pero, si el pasado no nos orienta, acabaremos cometiendo errores muy graves. Un país tan dividido históricamente como España, necesita una representación auténtica de la unión en la diversidad. Sin violencia ni crispación. La Transición fue un éxito porque partió de la renuncia –sustantivo fundamental– a abrir viejas trincheras y la voluntad de construir –verbo indispensable– un proyecto compartido. Alguien lo dijo ya: “Cuanto más digno es un país, menos falta le hacen policía y patriotismo”.

¿Y León? ¿Qué le espera a León?

El individualismo ha sido la constante histórica de esta tierra, donde no han cuajado los esfuerzos colectivos. Y ello pese a haber sido vanguardia por un día en varias ocasiones. Aquí, se rompió el republicanismo leonés representado por Gumersindo de Azcárate. Aquí, Félix Gordón Ordás se escoró hacia el lerrouxismo por no encontrar acomodo en “la república reformista y burguesa”. Aquí, el intento de industrialización de Fernando Merino, con fábricas de productos químicos y pasta de papel, se deshizo como la nieve en primavera. Aquí, pese a ser la tercera ciudad española con luz eléctrica y haberse creado pronto la Cámara de Comercio y la Caja de Ahorros, se llegó al estancamiento estructural. Aquí llegaron los planes de concentración parcelaria y de regadíos muy tarde, cuando la emigración rural era un hecho irreversible. Aquí, las quejas oficiales de estar siendo una tierra discriminada por la modernidad no molestaron en los despachos ministeriales. Aquí no llegaron los Planes de Desarrollo ni los polos de industrialización. Aquí se diluyó la eficacia de la minoría dirigente. 

El Alzamiento Nacional visto como la salvación de la Patria el 27 de julio de 1936 en 'El Diario de León'.

El Frente Popular acabó en la Guerra Civil, cultivada desde meses –años– antes, a base de violencia, muertos, choques, falta de unión… El presente no es tampoco amable. En realidad, arrastramos una paradoja: corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. Es muy probable que el secreto esté en seguir practicando un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, porque en sus extremos viven el pasado y el futuro, es decir, la culpa colectiva y la ansiedad ante lo venidero.

Recordar que hace noventa años detuvieron a José Antonio Primo de Rivera significa dar espacio a la reflexión como un pueblo vivo.

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