Gumersindo de Azcárate, el leonés que impulsó la Ley de Usura que el Gobierno actualiza tras casi 120 años de vigencia

Gumersindo de Azcárate en las inmediaciones del Congreso de los Diputados.

Gumersindo Azcárate y Menéndez nació en León en 1840, donde pasó su infancia y comenzó su singular andadura intelectual. Con nueve años dio el salto de la escuela a los estudios secundarios en el recién estrenado Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de León. Dan fe de ello unos cuadernillos cosidos a mano, donde figuran sus notas y las comunicaciones dirigidas por el secretario del centro al padre del alumno, Patricio de Azcárate Corral.

Cursó seis años en el Instituto Provincial de León (de 1949 a 1855) obteniendo –con la excepción del primer curso– muy buenas notas. Por aquellos años, Patricio escribía ensayos sobre filosofía moderna, dedicados a la juventud que estudiaba, a fin de ofrecerles un modelo patriótico plagado de ejemplares personajes. En 1854 cambió el ensayo por la política, siendo nombrado gobernador civil de León.

A este erudito padre, los planes educativos oficiales, en general, y los del centro leonés, en particular, “no le parecían suficientes para una correcta formación de los jóvenes”. Patricio consideraba muy deficientes los estudios sobre filosofía, “sin elevación y sin dignidad”, motivo por el que escribió un opúsculo titulado Veladas sobre filosofía moderna. En esas páginas criticaba los libros de texto, convertidos –decía– en objeto de especulación mercantil, mientras apostaba por la libertad de conciencia en la educación (libertad religiosa y de cátedra, se entiende). También expresaba el deseo de que su hijo Gumersindo fuera filósofo, formación académica y personal que consideraba la base fundamental del saber. Patricio ejercía por aquellos años de socio correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, y de la Academia de la Historia. 

Matrícula de Gumersindo de Azcárate en el Instituto Provincial de León en 1843.

Con estos precedentes familiares, no resulta difícil entender a un joven Gumersindo Azcárate atraído por el saber y la cultura, encontrando acomodo intelectual en los planes de estudio de la Universidad de Madrid. Atrás quedaba la formación inicial en León y tres años universitarios en Oviedo. Con su graduación en Filosofía y Letras y su carrera de Derecho, fue nombrado profesor auxiliar de la Universidad Central, entidad en la que obtuvo una cátedra cuatro años después, y a la que siempre estaría vinculado.

El intelectual y el político

Perteneciente a una larga saga enraizada en Navarra, Santander, Huelva y León –además de en Gijón por parte materna–, alcanzará pronto relevancia intelectual en el panorama político, jurídico y educativo de finales del siglo XIX. Fue la suya una saga unida a la Institución Libre de Enseñanza, representación directa del impulso renovador y crítico que el krausismo había traído a España, convirtiéndose en el movimiento educativo no oficial más importante de aquellas décadas. Pronto despuntó en el ideario de Gumersindo un pensamiento internacionalista y una faceta de articulista en revista de calado crítico e intelectual: La Voz del Siglo, Revista Europea, La Lectura, Revista General de Jurisprudencia, Revista de la Universidad de Madrid. A medida que crecía su prestigio y fama, fue acogido por otros organismos culturales: la Academia de la Historia, el Ateneo Científico y Literario de Madrid y la Academia de Ciencia Morales y Política. También fue miembro de la leonesa Fundación Sierra-Pambley y presidente del Instituto de Reformas Sociales desde 1904. 

Una caricatura de los tiempos de la Restauración con Gumersindo de Azcárate.

En calidad de diputado, Gumersindo de Azcárate legisló una curiosa ley sobre la usura. La Ley de Represión de la Usura, que data de 1908, constituye un hito singular como norma vigente por su duración –hasta nuestros días–, convirtiéndose en una de las más longevas del Derecho español. Su objetivo era humanista, además de solidario con las clases más desfavorecidas, al tratar de evitar situaciones de precariedad económica en las capas más pobres. El texto legal se debe en exclusiva al leonés, a la sazón letrado, diputado, catedrático y académico. La ley suponía un expresión de su pensamiento ético, de matiz altruista y compromiso social: poner coto a prácticas abusivas de la banca y de otras entidades de préstamo. 

La Restauración fue el marco político en el que se desarrolló su pensamiento y obra, etapa histórica cuyo fundamento era contrario a las ideas de este leonés, que no dudó en criticar abiertamente la compra de votos, la práctica del caciquismo, el fraude electoral, los pucherazos y la escasa representación que tenían en la sociedad los partidos dinásticos de Cánovas y Sagasta. Así se lo expresaba a un amigo: Entre la monarquía de don Alfonso o de don Carlos y la República, no es dudosa la elección para un liberal radical, y yo opto por la última, a la que creo indisolublemente unida la causa de la libertad”. 

Filósofo krausista y político

Fue expulsado de la Universidad por desobedecer preceptos oficiales, junto a intelectuales como Nicolás Salmerón y Francisco Giner de los Ríos. Todos ellos chocaron contra los postulados de una política conservadora, especialmente la que llevó a cabo el ministro de Fomento –en el que estaba incluido la educación– Manuel Orovio. El Plan Orovio impuso la confesionalidad del Estado y suprimió la libertad de cátedra, expulsando a los profesores que se negaron a acatarlo. El mismo Emilio Castelar se solidarizó con los afectados y dimitió de su cargo universitario. Con esos antecedentes, resulta comprensible que los represaliados crearan la Institución Libre de Enseñanza, institución educativa progresista, laica y mixta, una ventana abierta al aire fresco, con vistas al krausismo, corriente pedagógica puntera que se estaba extendiendo por Europa. Finalmente, Orovio fue destituido por Sagasta en 1881 y Azcárate se reincorporó a su cátedra.

Su carrera política había comenzado pronto, en 1869, en pleno Sexenio Democrático, presentándose a las elecciones por el Comité Democrático-Monárquico de León, la corriente más disidente de todas, pero tuvo poco éxito y renunció a su candidatura al año siguiente. Retomará esta faceta pública en 1886, continuándola de forma casi ininterrumpida hasta 1916. Tanto es así que, a partir de 1886, el suyo fue un ejemplo de distrito en propiedad, o sea, único diputado durante varias legislaturas, pues se impuso su prestigiosa figura en la circunscripción de León, obligando a políticos como Fernando Merino y Antonio Molleda a buscarse espacio electoral en demarcaciones rurales de la provincia. 

Gumersindo Azcárate, humanista, filósofo, académico, catedrático, político y ensayista.

Gumersindo de Azcárate hizo política para priorizar la opinión libre sobre la influencia del caciquismo, hasta desembocar en la creación de círculos republicanos y el mantenimiento de un debate sano en ateneos, prensa y tertulias. La República, órgano republicano en león impulsado por él, combatió en León a La Región (periódico conservador) y El Heraldo de León (órgano liberal), arrinconando también a El Porvenir de León, de ideales demócrata-progresistas. Eran varios de los muchísimos periódicos que se publicaron en León en el siglo XIX.

Pero los republicanos estaban divididos y sólo se unían ante las urnas. En León convivían la fracción posibilista de Castelar, presente en Ayuntamiento y Diputación y sostenida por industriales, abogados y periodistas leoneses (Miguel Morán, Wenceslao García, Pedro Hidalgo, los Pallarés) y la fracción de Ruiz Zorrilla, también nutrida por profesionales de la capital principalmente (Eleuterio González, Antonio Arriola, Eduardo Suárez, Diego L. Fierro). Azcárate lideraba la sección de los republicanos de tendencia centralista, que contaba con antiguos progresistas como Nicasio Villapadierna y Julián Llamas, e integró en este grupo a su amigo Francisco Fernández Blanco y Sierra-Pambley, creador de la institución que lleva su apellido, destinada a la educación de jóvenes obreros e hijos de clases pobres, bajo los criterios pedagógicos de la Institución Libre de Enseñanza. La base social del republicanismo leonés se localizaba en la burguesía urbana más culta y dinámica, heredera de la tradición liberal progresista.

Muy unido a Nicolás Salmerón

El escaño de Gumersindo fue más que un puñado testimonial de votos, pues desarrolló en las Cortes una labor encomiable, con intervenciones brillantes y un intenso trabajo en comisiones. Se ganaba su sueldo. En 1908 su partido sufrió una escisión y comenzó una etapa aciaga para el republicanismo. Gumersindo siempre estuvo muy unido a Nicolás Salmerón, compartiendo con aquel la autoridad moral sobre el partido republicano. No hay una biografía política completa de este republicano un tanto heterodoxo, portador de ideas propias más que de partido, defensor del antimonarquismo, la ética pública y la libertad. 

Su tierra natal premió su coherencia interna, de hecho, fue elegido diputado por León durante casi treinta años, frente de lucha que mantuvo hasta 1916, un año antes de su fallecimiento. En 1916 le había arrebatado el escaño –con malas artes– Fernando Merino, en una maniobra conocida como “el escándalo del bacalao”, porque fue con tarteras de este producto como Merino sobornó y compró votos de la circunscripción, ademas de repartir vino en abundancia y billetes de transporte para que “todos los trashumantes leoneses” pudieran regresar a su lugar de origen y votar.

La raíz profunda de su pensamiento crítico

Según sus estudiosos, el pensamiento de Gumersindo de Azcárate es de marcado carácter eticista, además de estar contagiado por un robusto sentimiento religioso, al menos en su primera etapa, que duró hasta la muerte de su primera mujer. Como es sabido, el eticismo fue denominador común de los pensadores krausistas, corriente a la que perteneció. En cuanto a la tradición católica, había sido educado en ella a conciencia desde su niñez. Sin duda, su caso fue uno de esos que intentó armonizar la metafísica con la religión, llegando a lo que podríamos denominar un cristianismo liberal. Azcárate creía en un Dios personal y providente y llevó a su religión la misma nota de equilibrio, ética y razón que impregnaba su carácter.

 La política tenía para él un punto de encuentro entre la historia y la filosofía, no en la realidad de su tiempo, sino en la conciencia del 'deber ser', pudiendo así tratar los principios generales antes que los particulares. Nunca mermó su capacidad crítica; sabemos que analizó los problemas de su momento y trató de encontrar soluciones prácticas. Criticó especialmente lo que él denominaba 'monarquía doctrinaria', la de los Borbones de la Restauración, ataque común del pensamiento libre y de tendencia demócrata y republicana. Por eso no creyó en el modelo canovista de 1875 del Turnismo, ya que lo consideraba un régimen incapaz de resolver los problemas sociales y políticos de aquellos años, mientras declaraba que sólo la República estaba llamada a dar esas soluciones globales. 

Práxedes Mateo Sagasta con su familia: de pie tras su hijo y su mujer, Fernando Merino Villarino.

¿En qué república creía? No en una república estrecha de miras, ni revolucionaria, ni desorganizada, sino en una república reformista y conservadora, descentralizada y a la vez unida, o sea, un verdadero régimen representativo, democrático, sin obstáculos ni rémoras del pasado, dando por amortizada la dinastía de los Borbones en España. Proponía un régimen parlamentario más representativo, siguiendo el modelo inglés, dispuesto a respetar siempre el principio de soberanía nacional. Para Azcárate, la Revolución Francesa había traído el individualismo exclusivo, la libertad abstracta y el atomismo inorgánico, por eso proponía asociaciones naturales como municipios, provincias, parroquias, iglesias y universidades, para resolver problemas comunes y superar de una vez por todas la separación real del Estado con sus ciudadanos. 

Presidente del Instituto de Reformas Sociales

Fue hombre de acción y de reflexión, maestro en plena formación y sujeto moral. Además de diputado al Congreso por León, presidió durante catorce años el Instituto de Reformas Sociales, organismo oficial que estudiaba y proponía leyes para mejorar la vida y condiciones laborales de las clases obreras españolas, asumiendo las funciones que en otros países europeos correspondían al Ministerio de Trabajo. Más que un pensador creador fue un hombre comprensivo y empático, con respuestas para las cuestiones y problemas de su época. En el Instituto de Reformas Sociales fue inspirador y motor de la llamada 'cuestión social' y su personalidad reformadora facilitó una ordenación de las relaciones obrero-patrón en España, en ámbitos como vivienda, educación y salud. 

Plaza del Espolón de León, paraje llamado en el siglo XIX 'Presa del Castillo'.

Redactó cuestionarios de necesidades de las clases obreras, propuso leyes laborales más justas, creó asociaciones de ahorro y previsión, trató de limitar las horas de trabajo en empresa y en funcionarios públicos, implantó instituciones de previsión, crédito, seguro y beneficencia. Gumersindo apostaba por un intervencionismo más social que estatal, por eso abordó en la Comisión todas las cuestiones relacionadas con la clase obrera: aparcerías, uso comunal de montes y bienes, emigración, jurados mixtos, invalidez laboral, salarios… Bajo su dirección, la Comisión de Reformas Sociales seguía cuatro pasos para aumentar la efectividad, primero estudio del problema, luego propuestas laborales, más tarde velar por el cumplimiento de las normas y finalmente proponer mejoras. Se consiguió así el descanso dominical (1904), los tribunales industriales (1908), la conciliación laboral y el arbitraje (1908), el Instituto Nacional de Previsión (1908), el derecho de huelga (1909), contratos de aprendizaje (1911) y una larga lista más. 

Historicismo mejor que materialismo histórico

Pudiera pensarse que a principios del siglo XX, el pensamiento que mejor defendía la causa obrera era el marxismo, pero Azcárate rebatió esa argumentación. Fueron varias las intervenciones del ilustre jurista para abordar el tema de la metodología marxista. Sabemos de una en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, en 1905, contestando al discurso de Felipe Sánchez Román en relación con el materialismo histórico y las principales instituciones civiles del derecho privado.

En sesión de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de 25 de febrero de 1904, el presidente de la institución recordó en voz alta una magistral intervención de Azcárate para examinar la influencia del materialismo histórico de Karl Marx en la Historia, rogando al jurista leonés que expusiera su opinión al respecto. ¿Fue un acto espontáneo o se había sugerido previamente? No lo sabemos. Solo podemos imaginar al ilustre leonés poniéndose de pie frente a aquella notable asamblea y ensayando su discurso. Gumersindo rechazó de plano los postulados metodológicos del marxismo a la hora de analizar la sociedad y su evolución, inclinándose por la corriente del historicismo. La intervención oral constituye una pieza indiscutible de su erudición.

Entrada a la Biblioteca Azcárate en la Fundación Sierra Pambley en León.

Los hechos históricos resultan únicos e irrepetibles y la Historia los estudia como una forma de evolución del mundo. Eso pensaba Azcárate, pues entendía que el hombre era capaz de analizar y comprender la Historia como proceso, por tanto, todo afectaba al análisis de la sociedad: la religión, la política, la ciencia, el pensamiento, y demás disciplinas relacionadas. La economía, variable que explica la lucha de clases según el marxismo, sólo era para Azcárate una forma más de analizar la sociedad, no la prioritaria. Ese era el principal error marxista a juicio de Gumersindo.

El texto, recogido en una publicación de dicha academia fechada en 1917, incluye en sus páginas extractos de discusiones que tuvieron lugar en su seno. Para este pensador la Iglesia y el Estado formaban las columnas de la sociedad occidental desde la época romana. En el Renacimiento predominó la ciencia y en el siglo XIX el impulso económico, por eso se equivoca el marxismo –sostiene–cuando analiza la historia de la humanidad bajo premisas de materialismo histórico, pues esas ideas son aplicables a ciertos momentos y ciertos pueblos, no exclusivas ni prioritarias. Importa más para Azcárate que las naciones influyeran unas en las otras al extraer su impronta particular, enriqueciendo con esa transmisión a la humanidad entera. Hoy lo llamaríamos multilateralismo. Mediante el ejercicio de oratoria, Azcárate rebatió a Marx con solidez, pero también con la honestidad intelectual del hombre que nunca cesó de reflexionar acerca de la realidad y la historia.

Gumersindo de Azcárate sacaba sobresalientes en Filosofía en sus estudios juveniles.

El historicismo era la corriente adecuada para analizar la Historia, según este leonés. La realidad humana y social sólo se explica a través del desarrollo histórico y no a través de la exclusiva lucha de clases. Para Gumersindo, la religión y el derecho han dado base al Estado desde el mundo romano, junto al cristianismo y su Iglesia. No es la economía del marxismo la que hace crecer el racionalismo de Descartes o la renovación de la ciencia en el siglo XVIII. No es el materialismo histórico el que puso la religión como influjo predominante de Oriente, por eso Marx se equivoca al atribuir en exclusiva todas las civilizaciones a un fin particular como la economía. En Grecia predominó la Filosofía y el Arte, en Roma el Derecho. Y causas naturales como la bondad del río Nilo hizo próspera la civilización egipcia. Lo mismo ocurre con Fenicia, colonizadora y navegante por estar a orillas del Mediterráneo, con montes para labrar la madera de su barcos. El determinismo geográfico hizo que prosperaran en Grecia las ciudades-estado, sin capacidad para construir un Estado único, hasta que llegó la espada conquistadora de Alejandro Magno. Tampoco la Revolución Francesa fue un fenómeno exclusivamente económico, pues influyeron de forma decisiva las ideas de los ilustrados. Para este intelectual, el fin económico puede ser predominante en ciertos momentos y pueblos, pero no la explicación única. De hecho, el medio social manejaba leyes materiales, a veces para contrarrestar el efecto pernicioso de los vicios que se apoderan de un sistema político. 

Después de combatir el marxismo, Gumersindo se queda con la esencia de su mensaje: la clase obrera y trabajadora, a la que nunca abandonó en su pensamiento crítico:

“¿Pero en qué consiste el problema social y, dentro de él, el problema obrero? Éste puede decirse que es lo que hay de jurídico y económico en aquel; de jurídico porque él es condición para todo lo demás, y de económico porque el mal de que se quiere rescatar al proletariado es el hambre, la inanición y la muerte”.

Su huella resulta profunda porque pensó y trabajó por el bien común. Su nutrida biblioteca reposa hoy en la Fundación Sierra-Pambley de León. Y existe un Premio Gumersindo Azcárate creado por el Colegio de Registradores, concedido a hombres públicos como Enrique Múgica, Mario Vargas Llosa y Fernando Cardoso. La poliédrica obra de este singular leonés exigiría un estudio muy pormenorizado en una labor de décadas.

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