Desconfiemos de la experiencia

Unos ancianos mirando una obra.

Con eso de la experiencia, desde la laboral a la humana, va a pasar un poco como con las cosas naturales, que te obligan a preguntarse si de veras el apelativo 'natural' viene a significar que el producto ha acumulado características positivas o depósitos de residuos, a cada cual más tóxico.

Así que, cansado ya de escuchar que la experiencia es un grado, planteo la gran pregunta: ¿Un grado en qué?

Es cierto que con el paso de los años la gente va atenuando sus ímpetus y se vuelve menos impulsiva, pero eso significa también que se vuelve menos activa y más adicta a las cosas que le funcionaron, aunque fuesen enormes gilipolleces que disfrutaron de la suerte del burro flautista, o aunque fuesen productos de un tiempo ya caducado, convertidos en tóxicos por el paso del tiempo y el deterioro.

Saber hacer las cosas es mejor que no saber hacerlas, está claro, pero saber hacerlas mal, y resistirse al cambio, como me ha pasado a mí con la mecanografía, por ejemplo, parece más bien una desventaja. Cualquier chaval de diez años aprenderá a escribir correctamente ante un teclado mucho antes que yo, que tengo quintales de experiencia, pero de la mala, de esa que convierte los defectos en costumbres y los vicios en apeaderos.

Al final, resulta que la experiencia es un multiplicador, y al que era sensato lo vuelve más sensato, pero al que era un soplagaitas, lo vuelve un enorme y descomunal soplagaitas, convencido de que sus soluciones obsoletas van a ser la panacea en cualquier tiempo y lugar. Y además lo hace con ínfulas, diciendo cosas como “deja al que sabe” o “cuando tengas mis años...”. Y no. Dejo al que sabe, cuando sabe, pero cumplir años no añade conocimientos técnicos ni buen juicio. Pensar tal cosa es pensar como los espiritistas, que preguntan a los muertos cosas que esos mismos tipos nunca hubiesen sabido de vivos.

¿A qué ha dedicado usted todos estos años que tiene? A poner ladrillos. Pues bien: de poner ladrillos tiene que saber unas cuantas cosas, pero no venga a hablarme de economía y menos aún de muros prefabricados. ¿Se ha preocupado de tener un pensamiento crítico y propio? No. Pues entonces sus muchos años son una simple acumulación de venenos, como los metales pesados que se acumulan en los peces grandes, y resulta es usted más tóxico por ser más viejo.

Debemos respetar a los viejos por supervivientes, pero no por inteligentes. Creer que la supervivencia procede necesariamente de la sensatez, del buen juicio y de la inteligencia, significa no haber entendido nada de la teoría del caos, que al fin y al cabo es la que verdaderamente rige el mundo.

En resumen: que a lo mejor hay que imitar a los viejos, pero habría que escuchar más a los jóvenes. Nos va la supervivencia en ello.

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