Cuando León enseñó su garra leonesista

Manifestación en los ochenta por la Autonomía Leonesa.
13 de febrero de 2026 11:05 h

En su dilatada historia, León ha formado parte de la España sin regionalismos. En 1520, en los comienzos del reinado de Carlos V, se unió a las ciudades leonesas y castellanas que se rebelaron contra su rey (con gran división social entre bandos), hasta ser derrotadas un año después en Villalar. Luego pasaron cuatro siglos de aislamiento y subsistencia, sin un sentimiento leonés propio, pues la mentalidad de sus habitantes había sido centralista y uniformadora. Gumersindo de Azcárate, referente intelectual de su tiempo, manifestaba en 1907 una simpatía contenida por el regionalismo, aunque también se complacía de ver a León como una tierra hermana de la de Castilla. 

En 1932, al calor de una cierta descentralización con la Segunda República, comenzó a surgir una postura aperturista, aprovechando la ocasión para reclamar aquí “una autonomía prudente”, tras reconocer que la personalidad regional de León no era la del País Vasco o Cataluña. Hace casi un siglo, los leoneses no sabían qué hacer con un Estatuto propio, decidiendo que lo mejor era esperar, a ver dónde llegaba Cataluña. Y, claro, Cataluña consiguió su autonomía, mientras aquí los políticos trataban de “vigorizar la personalidad leonesa con estudios profundos de sus problemas”.  

Plaza de Santo Domingo en León capital a finales de los sesenta o principios de los 70.

Medio siglo después de que lo hubiera conseguido Cataluña y, tras atisbar el final de la larga dictadura franquista, se reunieron once diputaciones provinciales de la Meseta Norte para crear una mancomunidad de bienes y servicios, además de afrontar problemas comunes. Se sentaron en una mesa común representantes de León, Zamora, Salamanca, Valladolid, Palencia, Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila. Era 1971 y todas ellas, según el viejo mapa regional, conformaban los reinos de León y Castilla La Vieja. Se unieron para solucionar necesidades comunes como era el abandono y el subdesarrollo regional, en un contexto donde la periferia industrial de España se distanciaba en progreso y avances sociales, en detrimento del interior agrícola y ganadero. El centralismo político que apuntaló la unidad inquebrantable propugnada por Franco parecía tocar arrebato.

Primeros años de la Transición

Muerto el dictador, nada menos que 31 procuradores de esas once provincias se reunieron en Tordesillas en febrero de 1976 y crearon la 'Alianza Regional de Castilla-León' (sic), dispuestos a buscar “una conciencia regional” adecuada a sus objetivos. Su cabeza visible fue Dionisio Llamazares, político socialdemócrata que se apresuró en defender su carácter apolítico, aunque apostó por “una lucha de peculiaridades comunes”. Era una declaración ambigua, propia de quien no quería significarse en la vida pública.

Las autoridades leonesas no se dejaron deslumbrar por aquella cumbre y establecieron contactos institucionales con Asturias. Se realizaron entonces estudios comunes como parte de un proyecto de división territorial impulsado desde el vetusto Ministerio de Planificación y Desarrollo, organismo que consideraba con identidad suficiente a la región astur-leonesa. O sea, esta opción tenía un respaldo oficial. León, más despoblada y desindustrializada que Asturias, manejaba la idea de complementariedad. Lo que una no tenía, la otra no carecía: clima, orografía, comercio, agricultura, pesca, industria, costa, meseta… Se podría afirmar que, por aquellas fechas, León mantenía un idilio con dos novias. Incluso puso la alcoba (el Hostal de San Marcos) para encuentros que buscaban una mancomunidad fuerte, con conciertos económicos y descentralizada, “al estilo de Cataluña”. La carrera por la identidad leonesa había comenzado.

Cuando Arias Navarro abandonó el barco del Gobierno, León barajaba tres opciones regionales: la castellano-leonesa, la del Reino de León y la astur-leonesa. Los criterios esgrimidos eran variopintos, aunque esencialmente económicos: minería del carbón, ganadería vacuna y lanar, agricultura cerealista, superavit de electricidad, mano de obra abundante, intercambios…

Histórica foto de Juan Morano cuando recuperó la Alcaldía de León.

Así se llegó a 1977, con una población leonesa desinformada de las alternativas barajadas por sus políticos, que tampoco lo tenían demasiado claro. ¿Qué líneas rojas estaba dispuesto a pintar el Reino de León? No hubo un acuerdo esencial, pues, con el abanico de partidos políticos en marcha, sobrevino una idea abstracta del impulso regionalista. Una cosa piensa la mula y otra muy distinta quien la cabalga.

UCD, formación recién creada y con sobrado espíritu de mando, aclaró que León no debía de ir con Castilla ni ser una autonomía propia. Era una afirmación hecha con dos negaciones. Sin embargo, una encuesta realizada a 422 leoneses más o menos representativos y publicada en mayo de 1977 se inclinaban por León Solo, seguido de la opción de León con Zamora y Salamanca, aunque lo que consideraban más probable era una autonomía de Castilla y León, unión que consideraban “algo artificial”. No les faltó instinto a estos encuestados. 

Los partidos políticos toman posición

La confusión sobre el tema sufrió complicaciones cuando los partidos empezaron a poner más concreción en sus criterios, llegando a ocho opciones distintas, ocho, fáciles de imaginar y demasiado extensas para incluir aquí, aunque bien diferenciadas: AP quería la uniprovincial; PSOE apostaba por Castilla y León; UCD barajaba León con Asturias o León con Castilla; PCE prefería la autonomía castellano-leonesa; había otros partidos y otras opciones más débiles por razones de representatividad. En una reunión interprovincial de 25 de febrero de 1978, zamoranos y salmantinos rechazaron abiertamente un mini-reino leonés. Estaban incluidos en el asunto Manuel Núñez (UCD), J.J. Laborda y Demetrio Madrid (ambos del PSOE) y Antonio del Valle (AP). La confusión y las opciones se multiplicaban como las setas. PSP, Partido Carlista, Izquierda Republicana y otros grupos promovieron en marzo de ese año la Semana Proautonomía Leonesa, apoyando la opción de las tres provincias del oeste, o sea, León sin Castilla.

Madrid no hizo mucho caso a las aclamaciones y tendencias de esta tierra y en junio de 1978 concedió la preautonomía a Castilla y León, con once provincias, incluidas Logroño y Santander, que junto a León, resultaban las perdedoras del proceso, al no prosperar sus opciones uniprovinciales. Reuniones, ruido, mesas redondas, declaraciones y más ruido. UCD –el partido en el poder– no había tomada una decisión firme y nada era definitivo. Los demás se mantenían en una indefinición calculada, en una ambigüedad que dibujaba incógnitas en el horizonte. Los rumores y las especulaciones aumentaron de intensidad. Los castellanos se sentían castellanos, pero los leoneses trataban de buscar su identidad y acomodo, cuestión que no parecía tan sencilla. Una cosa era clara: de Benavente para abajo se consideraban castellanos, no leoneses.

Manifestación 4 mayo 1984 a favor de la autonomía leonesa.

Hubo encuestas a municipios, cámaras económicas y entidades oficiales, pero la confusión persistió. La Diputación Provincial recogió el resultado de la consulta: el 50,7 % de ayuntamientos leoneses (representaban al 64,1 % de la población) se inclinaba por la opción de León Solo, por tanto ninguna opción llegaba a los dos tercios que exigía el artículo 143 de la Constitución para llevar la iniciativa del proceso autonómico. De hecho, el 70,4% de los ayuntamientos aceptaba una nueva ambigüedad: cualquier otra elección aparte de la elegida podía valer “si quedaban a salvo los intereses leoneses”. ¿Existía, entonces, un sentimiento leonesista o era simplemente una defensa de intereses económicos propios? De hecho, la mayoría de los leoneses no sabían qué opción era la que mejor defendía a esta tierra.

La gran decisión

El revoltijo de opciones pasaba a la altura de 1980 por un consenso entre UCD y PSOE, fuerzas políticas mayoritarias. Y se produjo en marzo, tras una reunión de la ejecutiva de UCD celebrada en Astorga y presidida por Rodolfo Martín Villa, verdadero impulsor de todo el proceso de la Transición en León. Resultado: 56 votos para León con Castilla, 6 en contra, 7 abstenciones, 18 ausencias. “Con el corazón en la mano –declaró el dirigente paramés– hubiéramos preferido votar por León Solo, pero han primado las razones de Estado”. Ahí queda eso. ¿Qué había ocurrido? UCD cambió de opción para encajar el puzzle territorial y León era la sacrificada en el altar de las causas perdidas. Otro tren que se perdía; otro más.

La red hidrográfica del Duero vertebraría la nueva región autonómica de nueve provincias. Nunca –ni en época de la Reconquista– el Duero tuvo tanto valor político y estratégico. El PSOE, para bajar el enfado, pidió la capitalidad autonómica para León, pero aquello fue un sueño de verano. UCD puso la maquinaria a rodar y pulsó los botones municipales, mayoritariamente en sus manos, de tal forma que de los 214 ayuntamientos de la provincia, 158 dijeron sí a favor de Castilla y León; sólo 40 pidieron León Solo. En la confirmación municipal del acuerdo hubo de todo: presiones, irregularidades, resabios del pasado caciquil, componendas, falsas promesas...

La Diputación Provincial ratificó la unión con Castilla en un claro ejemplo de cómo la clase política decidía por sus ciudadanos, no con ellos. UCD, PSOE y PCE eran mayoría aplastante.

Borrador del Estatuto de Castilla y León

La unión con Castilla suponía que la región perdía casi dos puntos porcentuales de su PIB con respecto al período 1964-1975. Pero todo quedó atado y bien atado. De los 2.047 ayuntamientos castellano-leoneses se pronunciaron a favor de la autonomía 1.316 (64,2%) que representaban al 94% de la población, al incluirse en la opción ganadora a sus capitales de provincia y núcleos más poblados. Pronto llegó el primer paquete de transferencias: aguas, sanidad, urbanismo, viticultura, denominaciones de origen, capacitación agraria, bibliotecas, oferta turística, ferrocarriles, etcétera. Aquel convoy ya nadie podría detenerlo, como la experiencia posterior ha demostrado. 

La complejidad geográfica e histórica había buscado soluciones uniprovinciales –las ganadoras– en Madrid, Logroño, Asturias, Cantabria, Murcia. Otras –las perdedoras– quedaron engullidas en una entidad equidistante entre lo artificial, lo conveniente y lo histórico. León, provincia de frontera con Galicia y Asturias, quedaba atrapada en una opción dirigida por sus políticos. La historia posterior parece haber ratificado que no fue la mejor salida. Pero en algo sigue habiendo unanimidad en esta tierra: el centralismo impuesto por Valladolid, núcleo de poder de nuevo cuño, ha sabido sustituir al viejo centralismo de la villa y corte madrileña.

Las siglas del descontento

A partir de la misma constitución de la autonomía de Castilla y León, florecieron agrupaciones de poco calado y escasa anchura que, ni juntas ni separadas, han conseguido otra cosa más que no sea llorar, protestar, hacer cuña, pero nada más. También hubo sopa de letras en este asunto: GAL (Grupo Autonómico Leonés), CAL (Concejo Abierto Leonés), AIL (Asamblea Independiente Leonesa), PREPAL (Partido Regionalista del País Leonés).

Hoy la demografía de Castilla y León es parecida a la del siglo XVI y las tensiones no se han rebajado, al contrario, van en aumento. Sólo un amplio grado de autogestión provincial podría romper una tendencia autonómica de microestado centralista de nueve provincias, la de mayor extensión de toda Europa, más grande que el Estado de Portugal. UCD y PSOE siguieron defendiendo en 1982 sus mismos postulados para Castilla y León. Luego vendrían las piruetas independientes del ingenioso Juan Morano, alcalde de León, para encabezar un movimiento de León Solo (“Solos Podemos”), pese a que Morano no defendía los regionalismos. La moribunda UCD sufrió aquí un buen puyazo y muchos de sus militantes apoyaron a Morano. Resultaba otra paradoja más, como la de que la misma Diputación Provincial que había incorporado León a Castilla votara todo lo contrario el 13 de enero de 1983, cuando ya carecía de relevancia oficial su postura corporativa.

José María Rodríguez de Francisco fue el primer líder de la UPL.

El Prepal preparó una manifestación leonesista para el 29 de enero de 1983, con 20.000 asistentes, encabezada por políticos como Rodrigo de Santiago, Juan Morano y José María Suárez, que sujetaban la pancarta. Morano revalidó su mandato con ayuda de AP y convirtió la alcaldía de León en el principal impulsor del leonesismo. La historia parece repetirse hoy, aunque con otras siglas. Un año después, en 1984, la manifestación para salir de la comunidad castellano-leonesa movilizó a 90.000 ciudadanos.

Pero Morano, siempre hábil en la captación de votos, enfrió el sentimiento cuando entró en el PP de Fraga, partido que gobernaba la comunidad autónoma y que hizo que bajaran los ardores leonesistas para su mayor tranquilidad política. 

Del pasado al presente

En 1996 comenzaba su andadura la Unión Leonesista (UNLE), formación que acabaría convirtiéndose, junto a otra media docena de asociaciones leonesistas, en la Unión del Pueblo Leonés (UPL). Los primeros componentes venían de movimientos leonesistas de los principales partidos, de AP, UCD, PSOE, PSP y demás. Todos tenían en común la falta de respaldo a la recién creada Comunidad de Castilla y León, donde el Reino de León quedaba absorbido y bien diluido. Aquellos grupúsculos acabaron creando en 1991 la UPL, bajo el liderazgo de José María Rodríguez de Francisco, concejal del Ayuntamiento de León. 

La nueva formación cobró fuerza y arraigo en León, pero se mostró muy débil en Zamora y Salamanca. Por contra, en la provincia leonesa consiguió varias alcaldías y escaló a las Cortes autonómicas, con dos procuradores en 1995 y tres en 1999. Fueron sus mejores éxitos, aunque sufrió momentos de alza y momentos de merma en votos, pues no faltaron protagonismos personalistas que trataban de llevar esta fuerza al terreno de ambiciones propias o a determinados ámbitos de influencia.

El antiguo y el nuevo logo de la UPL.

Desde 2016 UPL mantiene cierta unidad de acción, llegando a las elecciones municipales de 2023 a alcanzar 36.886 votos, que se traducían en 235 concejales: 208 en León, 11 en Zamora y 16 en Salamanca. El total sólo representaba el 4,6% de los concejales de estas tres provincias. Por otra parte, la gran asignatura pendiente de esta formación era conseguir un escaño en el Congreso de los Diputados, incluso un senador para enseñorear el leonesismo por los salones de la cámara territorial de España.

Queda un interrogante en el aire: ¿Hay realmente un sentimiento leonesista en esta provincia cuando en las elecciones generales no se consigue, al menos, un diputado de los cuatro que tiene esta provincia? Provincias más humildes demográficamente como Soria lo han conseguido. 

 Más bien parece que existiera un aroma de caciquismo que impregna las urnas provinciales, para otorgar los votos a los partidos de Madrid, acaso porque se considera que son los verdaderos amos de esta tierra.

El ovillo sigue soltando lana. León enseñó la garra hace muchos años, pero la garra araña poco.

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