'El 47': el gallo rojo

La cinta que finalmente se ha llevado el premio gordo en la pasada edición de los Goya venía precedida de un más que exitoso paso por unas salas de cine en las que todavía sigue exhibiéndose meses después de su estreno. El respaldo del público a la historia de este héroe circunstancial de la clase obrera se ha visto además refrendado por la crítica. Es una de esas películas hechas para gustar y emocionar sin tapujos ni complejidades morales, donde el espectador sabe quienes son los buenos desde el minuto cero y donde es imposible no apoyar incondicionalmente la búsqueda de la justicia más elemental para todos esos charnegos llegados a la Barcelona de mediados del siglo XX en busca de una vida mejor.
El 47 cuenta la historia real de Manuel Vital, uno de esos inmigrantes que acogió la gran ciudad en su extrarradio y que ejemplificó la lucha de todos esos hombres y mujeres por conseguir unos servicios mínimos para su barrio. La película comienza contándonos como Torre Baró fue construido en las montañas que rodean Barcelona en 1958, como surgió ese asentamiento medio ilegal que fue creciendo con los años hasta alcanzar la condición de barrio. Aunque eso sí, un barrio olvidado de la mano de Dios en el que todo quedaba lejos y conseguir agua, electricidad o una linea de autobús que les acercará al centro de la ciudad eran auténticas odiseas, luchas silenciosas que tardarían décadas en verse recompensadas. Y es ahí donde nos sitúa el filme después de su corta introducción, dos décadas después, en 1978, cuando la democracia empezaba a dar sus primeros pasos y el país conquistaba lentamente cierta prosperidad. Un nuevo contexto económico y social para todos, pero en el que los núcleos chabolistas seguían careciendo de lo más básico.
La revisión de los márgenes sociales de la Transición que propone Marcel Barrena es loable en intenciones y amable en su discurso sin aristas, pero es también en esa textura tan elemental de postal ideológica y costumbrista donde encuentra sus mayores carencias. La toma de conciencia de nuestro protagonista y de sus vecinos está contada de forma muy esquemática, adoleciendo de cierta simpleza argumental en el mensaje. Aunque por supuesto no hay nada que guste más al espectador que uno de esos héroes sin capa ni espada a lo Frank Capra que deciden cambiar las cosas con pequeños gestos pero colosales intenciones. Y la imagen de ese enorme autobús rojo subiendo las empinadas cuestas de la pobreza hasta llegar al postergado barrio es una poderosa e impagable metáfora visual del progreso.