El rechazo al coche eléctrico

Coches Tesla incendiados en Ottersberg (Alemania).

Ya lo sospechaba, pero hace unas semanas, en Alemania, me he convencido de que la implantación del coche eléctrico como norma va a costar más de lo que parecía.

Porque no se trata sólo del precio, que es la principal razón que se escucha en su contra. Que todo está muy bien, que es muy ecológico, muy sostenible y nos libera de la dependencia de los hidrocarburos, importados de tierras lejanas y conflictivas, pero que cuesta un riñón, lo que lo convierte en un juguete de ricos, justo en un momento en el que la gente estira su viejo vehículo unos años más, por muchas razones.

Pero la cuestión no son sólo los 35.000 o los 50.000 euros que puede costar un coche eléctrico de prestaciones parecidas a sus equivalentes en gasolina o diésel, sino que, simplemente, la gente no lo quiere. Y se puede llevar el burro al río, pero no se le puede hacer beber.

La prueba de esto, como decía al principio, la tuve en una empresa de coches de alquiler en Alemania. Es muy típico que, cuando alquilas un determinado modelo o una determinada categoría, si no lo tienen disponible en el momento en que vas a recogerlo, te ofrezcan un producto superior. Si has alquilado un coche pequeño, te ofrecen uno mediano,. Y si has alquilado uno mediano y no lo tienen, te llevas uno grande, o mucho mejor, por el mismo precio. Pues el caso es que, tanto el empleado del mostrador como los comentarios de la empresa, contaban que había mucha gente encabronada porque, al llegar a recoger el vehículo, les habían ofrecido, sin sobrecoste, un coche eléctrico. Y no lo querían. Aunque tuviese el doble de categoría. Aunque fuese mucho más caro. Aunque no les pidieran un duro por ello. No lo querían, y ya está.

La gente admite que le cambien un diésel por un gasolina, o viceversa, un cinco puertas por uno con tres (aunque se queja) o uno manual por uno automático, o viceversa, también con quejas. Pero al parecer, nadie o casi nadie admite que le den un coche eléctrico y el tema es motivo de quejas y hasta de reclamaciones por escrito.

No es sólo el precio. Cuando no te cobran nada a mayores, no puede ser el precio. Hay otras muchas variables y factores que procuran dejarse de lado en el discurso imperante pero que siguen estando ahí, en la cabeza del usuario.

¿Dónde lo recargo? ¿Cuánto tardo en recargarlo? ¿Cuánto me va a llevar un viaje de seiscientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta con este artefacto?

Hasta que las respuestas no sean claras y, sobre todo, convenientes, la gente no lo querrá ni regalado, que es lo que vi yo en directo.

Lo demás, es narrativa. Y de ficción, además.

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