La segunda vida de las paredes de los pueblos para que nunca dejen de hablar

María Ramos Segura realizando un mural en Brañuelas

Al visitar una localidad, lo que nos solemos llevar de vuelta a casa son las conversaciones mantenidas y lo que observamos en ella. Sus costumbres, montañas si las hubiese, ríos, monumentos y por qué no, lo que ese lugar quiere mostrar tanto a las personas que allí viven como a los que se acercan por un motivo u otro. Son muchas las veces que escuchamos eso de que: “si las paredes hablasen…”. Pues sí, las paredes hablan, y tienen mensajes directos, concretos y que muestran una realidad que siempre estuvo ahí pero que muchas veces no se quiso contar, y como es sabido, lo que no se cuenta, no existe.

Vamos a centrarnos en un lugar concreto, pongamos Brañuelas, y una artista, pongamos María Ramos Segura. Una pared descuidada por los años le sirvió a María, gracias al Pacto de Estado contra la violencia de género y al Ayuntamiento de Villagatón para mostrar lo que, en sus propias palabras “veía en mi abuela, mi madre, y en todas las abuelas y madres que conozco. Trabajaban en el campo, en las tareas del hogar, cuidando a los niños y niñas y siempre con la mirada puesta en todo, porque la carga mental, que siempre se nos olvida, quizá sea la que más desgasta”.

Otra de las paredes que María consiguió que hablasen se encuentra en Matarrosa del Sil. Gracias al Minerfest, que finalmente no se pudo celebrar debido a la pandemia, esta ribereña recibió el encargo de realizar un mural sobre la mina, pero ella, claro, quiso reflejar lo que durante muchos años se ignoró o simplemente no se difundió: que hubo, y hay, mujeres mineras, porque volvemos a lo mismo, si no te lo cuentan, si no te lo muestran, no existe.

El mural que cierra este triángulo, la tercera pared que habla, se encuentra en el propio pueblo de María, Folgoso de la Ribera, concretamente en su colegio. “La educación que deja huella no es la que se hace con la cabeza… si no con el corazón”, frase del profesor y escritor estadounidense Howard G. Hendricks, está escrita sobre un fondo de montañas azules, que es lo que María veía al llegar a su pueblo cada vez que venía de Salamanca, ciudad en la que estudió Bellas Artes gracias a su madre. “Al terminar el bachillerato artístico en Ponferrada pensaba hacer una carrera de ciencias. Un día mi madre se sentó a hablar conmigo y me dijo: ¿por qué no estudias lo que te hace feliz? Eso, unido a lo que aprendí de Luis —un profesor que tenía en Ponferrada— sobre lo que es el arte en su conjunto, me dio el empujón definitivo para ir a estudiar a Salamanca”. Fue allí, en el sur de la Región Leonesa, donde María masticó aquello de que lo universal no existiría sin lo local, por eso en los cuadros que pintaba en la carrera había una presencia constante del Bierzo. “Lo hacía como una necesidad para no olvidarlo, de tenerlo cerca a cada momento. Era una conexión que no quería perder y lejos de perderse, aumentó”, explica.

María confiesa que al llegar a la facultad de Bellas Artes de Salamanca, que compartía edificio con la de psicología, volvió a escuchar los mismos tópicos que en Ponferrada. “Sois gente descuidada, despistada, vais ahí a pasar el rato, etc. Lejos de todo esto, allí encontré mi lugar en el mundo. Salí del Bierzo, del que nunca pienso despedirme, abrí una puerta nueva y me encontré frente al espejo”.

Ramos Segura quiere denunciar siempre que tiene ocasión que “el arte es una forma de vida como cualquier otra, y lo que piensan hacer o pensaban hacer con el nuevo plan educativo de recortar horas filosofía, música, plástica y toda materia que haga cuestionar lo establecido, nos aleja del pensamiento y nos acerca cada vez más a convertirnos en autómatas. En Bellas Artes aprendí a ver más allá de lo evidente”. María tiene claro su vocación profesional, y no es otra que la educación a través del arte. En esta materia, ve algunas carencias en el sistema educativo, y no son otras que las orientadas a hacer de los conocimientos artísticos una forma de vida, “No te enseñan pertas a las que llamar, lugares en los que exponer, locales o aulas para mostrar tus conocimientos etc.”.

En la actualidad, María Ramos compagina sus clases particulares con un proyecto muy ambicioso, mostrar a través de sus cuadros una denuncia radical contra la violencia machista. El pasado mes de diciembre fueron asesinadas doce mujeres a manos de sus parejas o exparejas y esto tiene un nombre, terrorismo machista. “Hay quien niega la violencia machista, quien no la ve o no la quiere ver. El machismo está presente a diario, casi en cada conversación. Detrás de cada asesinato quedan huérfanos, familias destrozadas, vidas pendientes de ser vividas”, matiza Ramos, para añadir que “el maltrato psicológico no lo vemos, pero hay miles y miles de mujeres que lo sufren. Necesitamos información, tanto en los colegios e institutos como en las familias. Algo falla cuando nos siguen matando. Ojala en la carrera me hubieran explicado esto”, finaliza.

Este proyecto se está convirtiendo en su obra vital. “El tema sobre el estoy pintando es lo que me impedía hacerlo antes. De alguna manera estoy sacando mis demonios, mis fantasmas y mis miedos”. El objetivo de su obra no es solo vender cuadros, “es mostrar algo, ese algo que nos está matando, de alguna forma, a todas”.

No hay fechas concreta ni número de cuadros, pero María asegura que más pronto que tarde veremos su obra. Luego empezará la ardua tarea de difusión, “pero al final todo llega. Estoy muy ilusionada y con ganas. Ojala mi pequeño grano de arena sirva para mostrar esta cruda realidad que nos amenaza a todas”.

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