Siempre cuentan mal lo de Voltaire y la lotería. El amigo François-Marie no se hizo rico con la lotería: le hicieron rico con la lotería. El verdadero protagonista del ardid para ganar todo el rato fue el científico y MATEMÁTICO La Condomine –nada que ver con el estadio del Murcia–. ¿Por qué pongo matemático en mayúsculas? Pues porque todos los juegos consisten enteramente en matemática y le tengo mucho respeto a la disciplina. Si quieres ganar, con conocerla; y si quieres perder –cosa facilísima–, con ignorarla. Ya he afirmado aquí que solo hay una manera de salir convertido en millonario de un casino: entrar siendo multimillonario. Voy a contar el truco de La Condomine para ganar la lotería describiendo esta brevemente. ¿Año? 1725 y siguientes. ¿Lugar? Paguí, la Fgans, bajo la regencia parcial todavía del derrochón Felipe II de Orleans, aunque Luis XV tenía ya diecinueve años y se había casado a los quince –boda, por cierto, a la que asistió Voltaire antes de su caída en desgracia y ya me estoy saliendo del tema–. En total: Francia, desangrada –es el verbo– económicamente saca bonos para enjugar –también hay que decirlo– la deuda de las guerras contra… todo el mundo, pero sobre todo, Inglaterra. Ideaca. Esto lo pone en marcha nuestro tercer personaje –bueno, espera, Voltaire, el regente, La Condomine…–… no. Nuestro cuarto personaje: el en teoría brillante ministro de Economía –o Contrôleur général des finances– Michel Robert Le Peletier des Forts. ¿Cómo hacer que la gente compre bonos de la Corona? ¡Sorteando un premio de 500.000 libras entre todos aquellos que los adquieran! 500.000 libras suena a fortunón y lo era. Una libra tornesa = veinte sueldos o soles. Muchísima pasta. Bien. Justo cuando se pone en marcha la lotería el tío Voltaire vuelve de su exilio inglés, por pendencias nada intelectuales con un tal Chevalier Rohan que no vienen a cuento, cargado de cuatro entusiasmos: por la ciencia newtoniana, por la filosofía empirista, por el igualitario sistema parlamentario británico y, sobre todo, por el de volver a ser rico después de haber perdido ya dos –¡dos!– enormes herencias. En una cena –siempre especifican lo de la cena, nunca comiendo o tomando el vermut– su amigo La Condomine le expone, como un Danny Ocean avant la lettre, SU PLAN. Los bonos de la Corona y sus sustanciosos premios tienen una vulnerabilidad evidente: las participaciones no son equitativas, es decir, los bonos baratos tienen tantas posibilidades de ganar como los caros. Más claro: un bono de mil libras es una participación o numero, mil bonos de una libra, mil. Eso sí, son nominales, así que La Condomine necesita gente para que no canten mucho las múltiples compras. Voltaire y otros once fulanos –en serio, como en la peli– se conjuran y se forran. Tarde o temprano les toca a todos. Esto dura cuatro años. ¿Cómo termina la cosa y por qué? Pues por culpa del bocachancla –término admitido este año por la RAE– de Voltaire que se dedicó a escribir pijadas en las papeletas premiadas riéndose del Contrôleur general o alabando a su amigo Danny La Condomine Ocean. El ministro les llevó a juicio, pero lo perdió porque los trece de la fama –y la fortuna– no habían hecho nada punible: solo explotar la debilidad –o fortaleza, según se mire– conmutativa del sorteo. El astuto La Condomine luego con la pasta financiaría expediciones para demostrar que la Tierra está achatada por los polos, se inventaría el metro –¡sí, el de platino iridiado!–, desarrollaría la quinina contra la malaria, descubriría el caucho y la hostia. Voltaire, como es sabido, seguiría dedicándose a tocar las narices. ¿Qué tiene que ver esto con el caso de Villamanín? Pues nada en absoluto. ¿Estoy justificando entonces el castigo moral y/o económico a los jugadores sin ventaja? Eso sí, un poco. Participar en un sorteo, tómbola, rifa o bolsa sin conocer el resultado es como… una lotería.