Para el amor, los poetas
En ningún lugar es tan intenso el anhelo de un destino común como en el amor. Ay, el amor, el mayor acto de generosidad que puede llegar a conocer un ser humano, ese antídoto contra la muerte, lo contrarío del egoísmo. El amor poliédrico y complejo, con todas sus caras y en todas las fases de la aventura romántica, desde esa ingobernable pasión del principio que bebe del cuerpo amado con una sed que nunca parece saciarse; desde ese apego físico que nos ata a una piel, un olor o un sabor para descubrirnos la infinita ternura que cabe en la comisura de unos labios o en el calor de una mirada. La seducción, las risas, los besos y entender cuándo ya es siempre demasiado tarde que amar es esencialmente mucho más puro que ser amado. Y el naufragio, ese dolor devastador del desamor que nos trasciende tanto o más que el propio amor, encerrándonos dentro de una soledad perfecta. Y volver a extraviarnos en la luz de otros ojos, entre los gestos nuevos de esa otra persona amada que ha nacido para trepar los días junto a ti, que lo explica casi todo con el atolondrado vuelo de sus manos, con los sueños compartidos que caben en ese mismo y anhelado destino.
Aunque para el amor, los poetas. Gil de Biedma no quiere la dulce caricia dilatada, sino ese poderoso abrazo en que romperse. Bukowski quiere, en cambio, a la furcia con ojos de pelícano, ombligo de bronce y corazón de marfil. Ana Rossetti busca su tentación hermosa cada noche. Benedetti si te quiere es porque sos su amor, su cómplice y todo. José Ángel Valente tuvo otra libertad que amó con otro nombre. Y Pedro Salinas te quiere como el mar quiere a su agua. Sylvia Plath afirma que deberíamos encontrarnos en otra vida, encontrarnos en el aire. Y a Neruda le gusta cuando calla, porque está como ausente. Con Rimbaud, en invierno, iremos en un pequeño vagón rosa con cojines azules. Ana Teixeira asegura que hay que tener a mano una botella de buen vino, poemas de amor y un amante para no respirar soledad. Y Lorca se perdería por tus ojos sin nadie, pulsando los teclados de tu boca inefable. Benjamín Prado sentencia que hace falta la noche para ver las estrellas. Irene Sánchez sabe que después, entre tus manos, tras unir los fragmentos, apareces. Becquer hoy cree en Dios, porque la ha visto y ella le ha mirado. A Blanca Andreu siempre le parecerá extraño el aire que te envolverá cuando tú ya no estés. Y a Ángel González ella le dejó sus ojos en un plato y se fue a tientas. A Pedro Salinas lo que es le distrae de lo que dice. Cernuda asegura que si muere sin conocerla, no muere, porque no ha vivido. Y Lope de Vega vació su chistera para contarnos lo que es el amor, y que quien lo probó lo sabe.