El tren del olvido

Un tren de la Feve entrando en la estación de Pedrún de Torío.

El viaje como metáfora vital de otro viaje, el interior, el de la mutación individual, el del crecimiento personal. El viaje como esencial forma de aprendizaje. Al despojarnos del paisaje físico y humano que nos acompaña cotidianamente, una catártica sensación de libertad aligera nuestro peso sin alas y enciende esa curiosidad infantil adormecida por la rutina. Podemos viajar sin movernos del sillón: leyendo un libro, viendo una película o soñando despiertos. Y también podemos ir de un sitio a otro, que es mucho menos que viajar. Aunque si hay un medio de transporte que resume la esencia del camino, ése es el tren. Los trenes son versos estirados sobre el horizonte que nos enseñan la poesía que esconde la estación abandonada y detienen el tiempo dentro de un vagón. “Hay un deseo que pido siempre que pasa un tren…”, canta Calamaro.

Recuerdas esos eternos y primeros viajes en tren a Galicia de tu juventud, en los años 80 y 90, cuando la distancia que te separaba de Compostela tardaba siete u ocho horas en ser recorrida, cuando la idea de viajar en tren era el preludio de alguna aventura, cuando no había pantallas sobre las que derrochar nuestra atención e íbamos siempre con un par de libros bajo el brazo, cuando se entablaban charlas con desconocidos que en estos tiempos tan individualistas serían estúpidamente tachadas de invasivas, conversaciones entre paisanos que surgían con una familiaridad que hoy nos pondría en alerta al obligarnos a salir del universo que habitamos dentro de unos cascos o nuestro dispositivo móvil. Viajar en tren entonces era cambiar de página, agitar los días normales con paisajes nuevos. Y el recorrido entre la estación de salida y la de llegada explicaba la colosal distancia del niño que se alejaba de la seguridad familiar para hacerse un hombre, para vivir todas las fascinantes vidas que había leído en los libros o visto en las películas. 

Aunque si hay un tren que siempre pervivirá en la memoria del niño que fuiste es aquel viejo ferrocarril que unía la montaña leonesa con el mundo, ese que se acercaba al andén como una promesa de cambio ruidosa y expectante, ese mismo y estrepitoso convoy de vagones que soplaba un humo tan negro como el carbón que florecía en nuestro subsuelo y había traído la prosperidad. Aquel tren era la señal inequívoca de que el planeta seguía girando. Ahora, en cambio, ese tren sobrevive trepando el horizonte leonés hacia el norte como un anciano artrítico. En esta tierra donde todo se apellida con esa fea palabra que evoca abandonos y desmemorias, desde ese río del olvido que recorría Julio Llamazares hasta ese Camino de Santiago Olvidado que cruza la provincia, este tren tan nuestro es también el tren del olvido. Y se protesta y se grita a un cielo cada vez más vacío, donde el eco se pierde entre tanta montaña bonita. La Plataforma en Defensa del Ferrocarril de Vía Estrecha de León (Feve) sigue cortando el tráfico con sus protestas, los paisanos de la montaña siguen reclamando llegar al centro de León y tener un servicio eficiente.

Pero nadie escucha, nadie atiende a una reivindicación tan justa como necesaria para esta tierra, sí, para esta tierra también olvidada.

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