Los habitantes contra los visitantes: batalla en la ciudad

Las letras de León desde otro punto de vista distinto del turista.

Las grandes ciudades pierden habitantes a raudales hace ya unos cuantos años. Parece que es justo lo contrario, pero no: hablo de las ciudades y no de sus suburbios. La gente se marcha del municipio central y se va al extrarradio, donde los precios son mejores, los servicios más cercanos y la ciudad no les es hostil.

Porque seamos claros: las ciudades se están volviendo hostiles para sus habitantes al mismo tiempo que se adaptan a los gustos de los visitantes. En muchas ciudades, como León, es más fácil comprar una copia del reloj de la catedral que unas bragas de señora. Y no hablemos ya de una máquina de coser o un escritorio para estudiar...

El comercio dedicado al habitante se ha desplazado a centros comerciales, mayormente en el quinto carajo, donde es difícil llegar sin coche. Pero luego tienes coche y no te dejan circular por el centro. Y cuando te dejan no hay sitio, porque las terrazas lo han invadido absolutamente todo, puesto que son para los visitantes, y estos tienen preferencia. ¿Qué espacio han dejado en las plazas para que jueguen los chavales? Mira, eso tampoco, que ese espacio vale mucho dinero y los putos críos no votan.

Y así con todo.

Al final, buscando el libro de instrucciones del mecanismo, he terminado por encontrarlo y me apetece compartirlo.

Los ayuntamientos y los políticos que los dirigen, son estómagos enormes. Estómagos agradecidos. Estómagos pantagruélicos. Estómagos.

Lo suyo es zampar. Lo que pillan. Lo que pueden obtener de la gente, si es posible honradamente, y si no, como sea.

Al habitante ya le sacan el impuesto de circulación, el IBI, la tasa de basuras, la tasa de depuración y la tasa de aguas. Y dan el servicio. Y me contarán qué mierda de servicio dan por el IBI, pero vale, lo compro. Farolas, calles y aceras. Bueno. Luego si vendes algo te sacan las plusvalías, convenientemente fantasiosas, pero venga: acepto cucaracha como ingrediente mágico.

Y entonces, ese estómago brutal e insaciable, se pregunta: ¿Qué más puedo sacarle al habitante? Y la respuesta es NADA.

Y joder, es entonces cuando piensan en el visitante. Puedo vender las aceras, para sentar a turistas. Puedo vender las plazas, para satisfacer a bares y restaurantes. Puedo dar permisos para trenes turísticos, galeras turísticas y meaderos turísticos, y alguien pagará por eso. Puedo poner luces, como en Vigo, museos idiotas, como en Valencia, o cuernos, como en los puticlubs. Puedo poner lo que sea, con tal de que alguien venga a pagar un extra por aquello que no le podría vender de ninguna manera a los habitantes, más que nada porque ya es suyo.

Y de ahí, del ansia de sobresueldo, de la voracidad del estómago municipal, viene esa manía de vender cada esquinita –o de regalarla a los amigotes, querido alcalde, incluso con sentencias en contra–, de alquilar cada calleja, de quitar árboles porque molestan a las terrazas o de pulir empedrados, para que las mesas no cojeen.

Es el habitante contra el visitante. Es una subasta. Es un descojono. Y como nosotros ya pagamos todo lo que podemos pagar, pues vamos perdiendo.

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