Sesenta años de las huelgas mineras que rompieron el miedo a la dictadura y alentaron a la oposición antifranquista

José Ramón Vega y Benjamín Rubio (segundo y tercero por la derecha arriba) y Javier Rubio (con bigote sosteniendo una bandera), en 1977.

José Ramón Vega llegó un día de mayo de 1962 a la mina en Villablino 45 minutos antes de la hora de entrada al trabajo. La minería asturiana ya estaba en huelga. No llegó a cambiarse de ropa. Se puso a la entrada del cuarto de aseo. Ni siquiera hacía falta hablar. “Sólo con la mirada ya nos entendíamos”, dice para subrayar que aquella jornada “nada más entraron los vigilantes y los capataces”. John Ford, que ese mismo año estrenó 'Quién mató a Liberty Valance' y que muchos años antes había rodado 'Las uvas de la ira', habría matado por filmar esa secuencia. Sin prensa libre en España que pudiera imprimir la realidad, la Radio Española Independiente 'La Pirenaica' se encargaba por entonces de transmitir la leyenda.

Vega carecía de experiencia sindical. “Pero lo llevaba en la sangre”, cuenta antes de relatar otra escena de su infancia en San Antolín de Ibias (Asturias) que también habría dado para una película. Un tío suyo ya había pasado por la cárcel durante la dictadura de Primo de Rivera cuando sus padres tenían escondidos en el pajar a quienes se refugiaban tras la Guerra Civil en el monte, adonde ya acudía él de niño con el ganado, mientras los falangistas y la Guardia Civil estaban al acecho. Tenía apenas siete años de edad cuando un agente de la Benemérita se sacó un mosquetón en su presencia: “¡Di la verdad o te mato ahora mismo!”, le espetó.

Cuentan que el cineasta Montxo Armendáriz llegó a interesarse en su día por llevar a la gran pantalla el libro 'Memorias de la lucha antifranquista', el testimonio de Benjamín Rubio, nacido en La Bustarga (Vega de Espinareda) en 1925 y enlace de la guerrilla antes de trasladarse a Laciana a trabajar en la mina. “Mi padre vino aquí en los años cincuenta huyendo de sus propios recuerdos”, evoca su hijo Javier, que mamó una pasión sindical a la que luego dio forma cuando, siendo delegado de Comisiones Obreras en el Comité de Empresa de la MSP (Minero Siderúrgica de Ponferrada), ejerció en 1992 como portavoz de la primera Marcha Negra, otro hito que también marcó un antes y un después en las movilizaciones mineras justo en el ecuador de este repaso histórico.

El “hilo rojo”

Hay “un hilo rojo” que conecta los movimientos obreros de principios del siglo XX con la guerrilla antifranquista tras la Guerra Civil y el resurgimiento de reivindicaciones laborales que luego se canalizaron a través de la creación de órganos como las Comisiones Obreras. Así lo expone el historiador berciano Alejandro Martínez, autor del libro 'La primavera antifranquista. Lucha obrera y democrática en El Bierzo y Laciana (1962-1971)'. Paralelamente, el general Francisco Franco, que ya había sido encargado de reprimir las revueltas mineras de 1917 y 1934, se topó, ya asentado en el poder, con la resistencia de “un colectivo obrero muy organizado y defensor de la legalidad republicana”, subraya Martínez.

“Lo que menos pensamos nosotros fue en crear un sindicato”, admite José Ramón Vega tras elogiar el papel protagonista de un “comunista convencido” ajeno al sector como Ramiro Pol. Lo primero era reivindicar mejoras laborales. Y no se trataba sólo de dinero. “Nos trataban como a animales”, expone. “El trato era brutal. Antes los vigilantes salían de los viejos mineros y conocían el oficio. Cuando entraron jóvenes, las condiciones eran casi inhumanas”, explica Javier Rubio, que tenía apenas 11 años de edad cuando se desencadenaron las huelgas mineras de 1962: “No sabíamos qué sucedía, pero sí que pasaba algo raro. A nosotros nunca nos faltó nada. Pero nuestros padres pasaban necesidades”.

John Ford ya se había acercado muchos años antes a la problemática minera con 'Qué verde era mi valle' cuando la mecha de las movilizaciones prendió en Asturias. Y bajó por la cuenca del Sil a las comarcas de Laciana y del Bierzo, que lideraron una reivindicación que hizo que en la provincia de León llegara a haber en ese mismo mes de mayo hasta 25.000 obreros en una huelga que se prolongó hasta principios de junio. La minería hizo, como tantas otras veces, de catalizador. Y el seísmo desatado en los tajos tuvo sus réplicas en otros sectores, algunos vinculados directamente como el ferrocarril minero, los lavaderos de Ponferrada o las térmicas de Endesa, pero también otros ajenos como la construcción. Eran pequeñas grandes batallas ganadas. “Nosotros eso lo veíamos como un triunfo”, destaca José Ramón Vega sin dejar de admitir que en esa primera huelga “había miedo a que no hubiera participación” ni siquiera en las minas. “Y salió mucho mejor de lo previsto”, recalca. Perder el miedo fue, precisamente, la mayor victoria.

Fue la primera vez que, en un contexto de prohibición del derecho de reunión, hubo una asamblea con participación de más de 150 trabajadores cuando no estaban permitidas en muchos países europeos, dice el historiador Alejandro Martínez

Fue “la primera vez de muchas cosas”, enfatiza Alejandro Martínez para hacer notar cómo aquella movilización hizo mella en el régimen franquista. Fue la primera vez que el entonces ministro secretario general del Movimiento y delegado nacional de sindicatos, José Solís, 'puenteó' al Sindicato Vertical para arreglar un conflicto laboral. Fue la primera vez que, en un contexto de prohibición del derecho de reunión (“no podíamos ir tres mineros juntos por la calle”, ilustra Vega), hubo una asamblea con participación de más de 150 trabajadores “cuando no estaban permitidas en muchos países europeos”. Fue la primera vez que surgió una propuesta de destitución del Jurado de Empresa (figura anterior a los actuales Comités de Empresa). Las comisiones de obreros se incrustaron en el sistema para hacer llegar las reclamaciones de los trabajadores. Y luego derivarían en las Comisiones Obreras.

El papel de mujeres y curas

Aquella movilización minera tuvo otras particularidades. Las mujeres tenían su propio rol. Ejercían como piquetes para enfrentarse a los esquiroles de forma muy gráfica: guardaban bajo los mandiles maíz y cebada con la que sembraban los caminos para llamar 'gallinas' a quienes rompieran los paros. En unas cuencas que funcionaron históricamente con códigos machistas, su papel tiene una serie de paradojas que analiza el historiador: “Saben que a ellas, precisamente por ese machismo imperante, va a ser difícil que les peguen. Rompen así también el rol asignado por el franquismo. Pero lo hacen apelando a la vez a un código machista al repartir la cebada”. Pese a los intentos, no ha sido posible contactar con ninguna mujer protagonista de aquellas movilizaciones (la inmensa mayoría ya han fallecido) para componer este reportaje.

Hubo mujeres que sembraron caminos de maíz y cebada para llamar 'gallinas' a los esquiroles. Y hubo curas que se posicionaron en favor de los trabajadores frente al régimen

Otra particularidad estriba en el papel de un sector teóricamente encuadrado en la estructura del propio régimen como es el clero. Javier Rodríguez Sotuela se había criado en Ponferrada ya con una conciencia de clase: su padre era trabajador ferroviario. “Yo estuve siempre en el mismo sitio”, sentencia. Luego se ordenó sacerdote. Había ejercido ya en una cuenca minera como la de Fabero, donde había dado muestra de su espíritu reivindicativo hasta el punto de que la empresa minera de Diego Pérez no le concedió la habitual cesta de Navidad. Apenas llevaba unos meses en Matarrosa del Sil (Toreno) cuando se desató la huelga de la primavera de 1962. “Me llegaron unos papeles. Y yo los repartí”, cuenta quien estuvo muchas veces en el punto de mira del régimen precisamente por mantener esa postura. Un día el jefe de Falange de la zona lo conminó a “hablar del Evangelio y no de política” en la homilía.

Rodríguez Sotuela fija el comienzo de su compromiso político con las repercusiones del Plan de Estabilización de 1959, el que rompió la autarquía imperante tras la Guerra Civil con el objetivo de liberalizar la economía. “En las minas había descontento. Los sueldos eran pequeños”, advierte. Creía que “sólo el PCE buscaba la justicia” hasta que a través de un tío descubrió la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica). “Eso es lo que buscaba yo”, cuenta tras contraponer la figura de “autoridad” que habitualmente representaba el cura con su propósito de “proximidad”. Un día ya de 1963, también en un contexto de huelgas, vino a su casa la Guardia Civil para pedirle que convenciera a los trabajadores de volver a los tajos: “Los vecinos rodearon la casa. Y algunos tenían piedras en los bolsillos por si me llevaban”. John Ford habría hecho una película.

La figura de los curas rojos entronca con la coyuntura del momento. Alejandro Martínez atribuye la creación de la HOAC a un intento de “cristianizar a los trabajadores”. “Había una masa de trabajadores que no seguían la doctrina de la Iglesia”, abunda. En pleno papado de Juan XXIII y en ebullición el Concilio Vaticano II, hay sacerdotes que “se empapan” de aquella filosofía y participan en las movilizaciones de forma muy activa sin obviar “el blindaje que les prestaban las sotanas”. Rodríguez Sotuela cita a otros compañeros de viaje como el recordado José Álvarez de Paz, con el que componía el bautizado popularmente como 'dúo dialéctico' cantando a la libertad para una sociedad que arrastraba problemas estructurales. “En Matarrosa había gente que apenas sabía leer. Empezamos a meter libros. Y a medida que la gente empezó a leer ya empezó a cambiar”, concluye.

Las huelgas de los mineros han servido para mejorar las condiciones del conjunto de los trabajadores. En Laciana o se ofrecía un buen salario o no se aceptaban trabajos en otros sectores, ilustra Javier Rubio, hijo del histórico sindicalista Benjamín Rubio

Las movilizaciones mineras, que empezaron por cuestiones laborales con los salarios y la seguridad por bandera, fueron haciendo suyas también con el paso del tiempo reivindicaciones sociales como la creación de infraestructuras sanitarias y educativas. Cuando Benjamín Rubio fue a Madrid a negociar la ordenanza de la minería del carbón, ya planteó la construcción de un ambulatorio en Laciana que se conseguiría poco tiempo después, según remarca su hijo. “Las huelgas de los mineros han servido para mejorar las condiciones del conjunto de los trabajadores. En Laciana o se ofrecía un buen salario o no se aceptaban trabajos en otros sectores”, ilustra Javier Rubio.

Lo laboral y lo político

En pleno franquismo, las huelgas tuvieron ya de partida un innegable componente político. “Es muy difícil diferenciar lo laboral de lo político en un contexto en el que las huelgas estaban prohibidas”, expone Alejandro Martínez. “Sin libertades sabían que aquello era imposible. Y ya en 1963 habían aprendido a no tener miedo a hacer peticiones una vez que estaban en huelga”, abunda Javier Rubio. “Nunca perdimos de vista que era una huelga no sólo contra la empresa, sino también contra la dictadura”, completa, hablando en primera persona, José Ramón Vega, que salía de noche a reuniones clandestinas sin tener la seguridad de que iba a volver a casa. Pero él ya sabía lo que era eso desde los siete años de edad.

El caso es que las huelgas se reproducen con otros ejemplos significativos tanto en 1963 como en 1968 hasta incluso registrarse en 1969 el primer encierro en el Pozo Julia de Fabero. La siguiente generación va tomando el relevo con una característica añadida. “Son personas que ya no se sienten perdedoras de la Guerra Civil. Y se van politizando”, señala el historiador Alejandro Martínez para reivindicar el movimiento obrero como factor imprescindible (y silenciado) para lograr luego la transición de la dictadura a la democracia, algo que resume en una frase: “Franco murió en la cama; el franquismo en la calle”.

Yo me sentía un privilegiado porque la gente se arrimó a mí. No me llevaron detenido por los compañeros. Yo arriesgué mucho. Pero tanto las empresas como los cuarteles sabían que teníamos el apoyo de la gente por ser sus representantes, cuenta uno de los líderes de aquel proceso, José Ramón Vega

Y es que la reivindicación obrera fue ganando a pulso espacios de libertad. José Ramón Vega cita la creación de asociaciones que, bajo el manto de su denominación cultural, acababan convirtiéndose en foros de debate en la cuenca lacianiega: “Teníamos bar y echábamos películas, las que estaban autorizadas, claro. Pero ya funcionábamos clandestinamente. Y en un par de años llegamos a sumar 500 afiliados”, cuenta tras hacer notar que su posición al frente de las reclamaciones laborales le hizo cobrar un estatus en su entorno: “Yo me sentía un privilegiado porque la gente se arrimó a mí. No me llevaron detenido por los compañeros. Yo arriesgué mucho. Pero tanto las empresas como los cuarteles sabían que teníamos el apoyo de la gente por ser sus representantes”.

Aunque estuvieron a la vanguardia en la oposición al régimen, las huelgas mineras no siempre encontraron luego reciprocidad ni su lugar en la historia. “Hay una desproporción entre lo que los mineros hacen por el antifranquismo y lo que el antifranquismo hace por los mineros”, sentenciaba La Pirenaica en una alusión recogida en el libro de Alejandro Martínez, para quien “el movimiento obrero fue uno de los grandes derrotados de la Transición” y el “gran olvidado” a la hora de repartir méritos muchas veces limitados al rey Juan Carlos I y a Adolfo Suárez como 'pilotos' del proceso. “Y el PSOE, que estuvo ausente en esta lucha, absorbe ese caudal y rentabiliza ese voto. Por eso no se construye ese mito antifranquista en la democracia”, analiza el historiador.

Hay una desproporción entre lo que los mineros hacen por el antifranquismo y lo que el antifranquismo hace por los mineros, se llegó a oír en la popular emisora La Pirenaica. Franco murió en la cama; el franquismo en la calle, dice Martínez

El caso es que 1976, el siguiente a la muerte de Franco en noviembre de 1975, “es el año de más movilizaciones y huelgas en España”, un movimiento heredero de aquellas reivindicaciones mineras. “Sin las movilizaciones no habría habido reformas. Y el franquismo no habría terminado, sino que se habría transformado”, advierte Javier Rubio. “Nadie se puede atribuir la democracia sin poner en cabeza a los mineros, los trabajadores, los estudiantes y los intelectuales”, proclama José Ramón Vega para aludir a un conjunto de factores en el que también tuvo su peso la “presión de las naciones democráticas” sin dejar de censurar la procedencia de las estructuras del régimen de Juan Carlos I y Suárez.

Más allá del olvido de ese papel como condicionante del proceso de recuperación de la democracia, el sector siguió saliendo de forma recurrente a la calle. El engranaje de las reivindicaciones funcionó perfectamente mientras los jóvenes fueron aprendiendo sobre el terreno con los viejos sindicalistas hasta que se produce una ruptura. “Con las prejubilaciones se acabó todo ese proceso natural. Tomaron responsabilidades jóvenes que bastante hicieron con aguantar el tipo en los últimos años, que tendrían que haber sido los más importantes”, argumenta Javier Rubio al contraponer esa situación al éxito de la Marcha Negra y el resto de acciones de 1992, cuando de camino a Madrid los mineros, muchas veces vilipendiados desde arriba para presentarlos como rudos y violentos, se ganaron “el respeto de la gente”.

A cada reconversión le siguió una movilización. “Y sabíamos que los gobiernos iban a transigir para evitar el eco político”, cuenta Rubio. El caso es que el sector fue perdiendo masa laboral hasta mermar su capacidad reivindicativa. “Se usa la demagogia cuando se quiere echar la culpa a los prejubilados, que se ganaron esa situación con su trabajo. Los gobiernos de Europa y de España quisieron cerrar las minas”, afirma José Ramón Vega para cerrar el círculo sesenta años después de aquellas huelgas mineras que despertaron una conciencia colectiva. “He pensando en nosotros; en nuestra gente, que vive como los cerdos teniendo bajo sus pies una tierra tan rica (...). Y he estado pensando en qué pasaría si nos pusiéramos todos a gritar”, dice el personaje interpretado por Henry Fonda en 'Las uvas de la ira' a las órdenes de John Ford en 1940. Y lo podría haber dicho alguno de los protagonistas de unos episodios que rompieron el miedo a la dictadura y alentaron a la oposición antifranquista.

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