León ciudad a vista de un hombre de pueblo cinco años después

Plaza de la Catedral de León

León, la capital de la provincia, es una ciudad que me ha gustado siempre. Es tranquila, manejable, en el sentido que es fácil de recorrer su área histórica a pie sin grandes esfuerzos, ni distancias. Luminosa, con una hermosa y equilibrada arquitectura en su área central. Y engalanada con las lucidas guirnaldas de sus preciosos monumentos. 

Hacía ya cinco años que no disfrutaba de la posibilidad de pasear por sus calles, lo que pude realizar hace escasas fechas. Me gusta hacerlo, a ser posible solo, a mi aire, parándome a contemplar de cuando en cuando el entorno, sin prisa. Para entendernos, en plan turista.

Al contrario de los habitantes de la ciudad, que circulan con prisa, con un destino o un motivo prefijado, sin poder pararse a disfrutar de la visión del entorno, bien por las prisas o porque tienen la vista y otros sentidos absortos en la pantalla o los sonidos de su pequeño terminal tecnológico.

Mi breve paseo fue desde la plaza de Guzmán El Bueno hasta la de la Regla donde se ubica la Catedral de León y regreso, el eje central del central de la ciudad durante un medio día soleado y de agradable temperatura. Desde Santo Domingo hacia arriba con abundancia de turistas paseando.

Fue gratificante contemplar como se han remozado muchas de las fachadas de edificios singulares y desde San Marcelo hasta La Regla, el paseo peatonal por la calle Ancha como siempre relajante y atractivo. La plaza de la catedral despejada y espaciosa, que permite una espectacular visión del conjunto con una solo mirada.

Bastante distinta la situación a las de las plazas de Santo Domingo y Guzmán, con su espacio visual abigarrado de señalizaciones, mobiliario urbano y publicidad, que obligan al visitante a buscar un difícil encuadre si busca una imagen para el recuerdo.

La realidad social y económica se percibe también en el recorrido con una inusual presencia de personas demandando ayuda para solventar su penuria.

Una agria despedida

Las peores sensaciones me las provocó la despedida de la capital, no por la nostalgia del tiempo de ausencia hasta una nueva visita, no por esos motivos de la falta futura del agradable paseo. Si no por el lugar de la despedida, que me ha motivado a escribir estos comentarios.

No se puede someter al viajero circunstancial, como yo, y mucho menos al habitual, al tormento de pasar diez minutos en el espacio que han habilitado como terminal de autobuses mientras realizan las obras de mejora de la estación. Los diseñadores deberían ser penados. Y mejor no pensar en lo que puede convertirse el lugar cuando lleguen los rigores invernales de viento, lluvia y frio

Han dejado para los cientos de viajeros que a diario pasan por esas dependencias un espacio reducido, cutre, y que después de lo que habíamos visto en la ciudad, te da la sensación de haberte trasladado en tan solo unos metros a un lugar ubicado en el tercer mundo.

Cualquier vecino de la capital puede hacer una visita para contemplar como las cosas se pueden hacer mal, muy mal o incluso peor, como este es el caso.

¡Ah, por cierto!, una sugerencia para los diseñadores de espacios públicos. Ahora que casi todos los viajeros utilizan bolsas o maletas con ruedas. Mientras no inventen las ruedas silenciosas para esos utensilios, por favor diseñen un tipo de suelo que impida en tronar continuo de las carracas rodantes. Porque de lo contrario a los trabajadores de estos lugares les van a tener que abonar un plus de peligrosidad, por el riesgo que para su salud mental supone el verse sometidos a ese sordo rumor de continuo.

 

Etiquetas
stats