El caso del hijo de la 'generación Z' que hablaba igual que su padre... y le molaba mazo

Quinquis y Gumball.

Camino por la calle y al pasar cerca de un parque abro los oídos como platos. Escucho a un chaval de apenas seis años decir que ese juego no le “mola nasti de plasti”. Su pequeña compañera de juegos le responde, llamándole “tron”, que a ella le parece “chachi” y que “flipa” con él.

Aquí el que flipa soy yo. Que acabo de cumplir 45 años y observo, totalmente rayado, que hablar como yo lo comenzaba a hacer casi a su misma edad resulta que es dabuti. Que los pequeños tíos y tías de hoy hablan como lo hacían mis colegas, chavales y chavalas criados en la calle, troncos a los que les fardaba ir de guay parapetados tras sus pocos tacos.

Pero, ¿qué pasa aquí? ¿Es que el tiempo se ha detenido? ¿Vivo un constante Día de la Marmota? ¿O soy el único que evolucionó y el resto sigue viviendo en la Movida madrileña de los 80 o en algún descampado del extrarradio cheli de Barcelona? ¿Cómo puede ser que en plena revolución de las nuevas tecnologías en la Generación Z, en la sociedad de los 140 caracteres de Twitter, en la vacuidad del Snapchat, en el tiempo en el que la imagen vence por KO al texto y Youtube es el templo de las influencias, un mico de 6 años hable igual que yo ... 40 años atrás? Flipo.

Somos sus primeros influencers

No estamos locos, no. Lo sabemos los padres de las criaturas. Lo que ocurre son dos cosas que tienen sendas perfectas explicaciones. La primera es que los referentes de muchas de esas expresiones ochenteras, viejunas para entendernos, somos nosotros mismos. Hablando como hoy se debe, somos sus primeros influencers.

Nuestros hijos beben (privan) de nosotros a diario, aunque no seamos conscientes. Porque esas expresiones forman parte de nuestro vocabulario cotidiano, aquel del que nos empapamos con la vasca o la peña del barrio y que programas de televisión de la movida y musicales nos fijaron en el cerebro, transparentes como una bola de cristal.

“Tío/tía”, nacido para quedarse para siempre

Por ejemplo, el término “tío/tía” nació con apariencia tan rompedora como efímera. Sonaba a falta de respeto en bocas juveniles, rebeldes. Y lleva sobrevividas más de cuatro décadas. Con absoluta vigencia. A tal punto que la Real Academia de la Lengua recoge tiempo ha muchas de las modernas acepciones, advirtiendo que son coloquiales, tales como “apelativo para designar a un amigo o compañero”. Pero ciertamente se escucha cada día miles de veces en el colegio, en el instituto. No es una excepción.

Parece que el tiempo se haya detenido en estos vocablos por la influencia de lo mucho que nos quedó del 'lenguaje pasota' o 'lenguaje de rollo', como lo bautizó sin rubor la lingüista francesa Henriette Walter en 'La aventura de las lenguas en Occidente (Espasa, 1997), en plena segunda década del siglo XXI.

El SMS, origen de la prostitución vocabularia

Y eso que las teorías más apocalípticas habían poco menos que puesto fecha a la brecha lingüística padre/hijo con la llegada... ¡del SMS! Madre mía, qué de críticas por cómo los chicos y chicas retorcían el idioma de Cervantes para que les entrara en aquellos teléfonos móviles primigenios y sus 160 caracteres por mensaje. Qué prostitución vocabularia.

Pero no fue para tanto.

La segunda razón de por qué están inoculados los críos con este lenguaje cotidiano hay que buscarla en aquella plataforma en la que más horas pasan hoy los pequeños hasta que en cierta edad se someten a la tablet y el móvil: la televisión. De la que aprenden tanto.

Basta estar 'al loro' de algunas rompedoras series de dibujos que causan furor y alimentan a una legión de fans y frikis –otra palabra superviviente- en cualquier rincón de este mundo.

La caja de los truenos desde Fondo de Bikini

Bob Esponja, calificada por Time hace diez años como una de las series más grandes de la historia, ciertamente marcó un antes y un después. Abrió la caja de los truenos desde Fondo de Bikini. A su estela llegaron otras como 'Hora de aventuras'. Son productos aparentemente infantiles, de extraordinaria calidad, que dan varios pasos más allá de los sempiternos Simpson y se mueven en las movedizas arenas del surrealismo más sorprendente. Tan extravagante que a veces que, hasta que te habitúas, te sube el rubor de la vergüenza ajena.

Pero al final, por frescos, por ácidos, por críticos hasta el extremo, por poco vistos, atrapan tanto o más a mayores que a pequeños. Otros ejemplos deliciosos son 'El asombroso mundo de Gumball' –me declaro fan total-, las alocadas 'Historias corrientes' de Mordecai y compañía; 'Steven Universe'; 'Somos Osos'; o la a ratos irracional 'Tito Yayo'.

Para muestra, un botón muy Gumball: Por qué los libros son muchísimo más peligrosos para la infancia que los videojuegos:

Ya lo decía en 2014 Daniel G. Aparicio en un artículo publicado en 20 Minutos, que se trata de “creaciones llenas de modernidad pero al mismo tiempo alimentadas por un alma ochentera que se aprecia en entornos, personajes, guiones e incluso en la música y efectos de sonido. Están repletas de referencias a los iconos pop y lugares comunes de toda una década, algunas explícitas y otras muchas sólo insinuadas, que buscan la complicidad con el espectador adulto y permiten que padres e hijos disfruten juntos frente al televisor”.

Buena culpa la tiene la apuesta de las cadenas y productoras por potenciar estas series, para alejarlas de la ñoñez de Clan o Disney, desde la fase misma de doblaje. Y casi toda esa culpa recae en España en el guionista televisivo Jorge Riera, que capitaneó la traducción de buena parte de estas series y que ha abierto la veda alentada por su éxito. Basta saber que Riera es (i)responsable autor del cómic Putokrío y de numerosos productos que han surgido con esta marca iconoclasta.

El caso es que, sentados ante la pantalla -que para ellos tiene los días casi contados- los tiernos ojos y oídos de nuestros retoños no lo perciben pero los tuyos sí: todos estos personajes hablan casi como quinquis, suenan a antaño. Dicen con total naturalidad tron para nombrar a un compañero; o mola mazo; o no te flipes; o pringao; o titi. Y suma. Y sigue.

Investigación empírica y doméstica

Investigando empíricamente el extraño caso del hijo que habla como el padre, tres décadas después, senté un día a mi hijo mayor (13 años) ante un listado de nuestra jerga común en los años 80. Le fui disparando términos y con sus respuestas llegamos a la siguiente conclusión:

Tío, mola, rayarse, flipar, chaval, guay, al loro, pringao, heavy, muermo, movida y, por supuesto, botellón se usan hoy casi más que entonces.

Por otro lado, me cuenta que sabe perfectamente lo que significan tronco o su contracción tron, colega, irse la pinza/la bola, bocata, cachondo, comerse el coco, la peña, pintas (la facha), pepino o pepinaco, guiri, priva (bebida), pillar (ligar/mojar), cantoso o incluso la ruborizante palabra dabuti. La pandilla no las usa a diario pero no le son extrañas y casi ninguna le ruboriza.

Y en el otro lado de la balanza, les sonrojan o les suenan vacíos términos como chachi, colocarse, fardar, tacos (años), pelas (muy lógico, desapareciendo las pesetas), talego, fetén o churri.

'Mítico' y 'en plan...'

Otras palabras han aparecido en su universo sintáctico, como mítico, convertido ya en toda un mítico latiguillo. O la expresión que causa furor: 'en plan', para referirse a expresiones que les evitan buscar la palabra correcta, es decir, que sirve para todo como nos servía a nosotros chisme o telar o cosa. “Y le miré así, en plan...” y en vez de describirlo con un término, lo sustituimos por un gesto. Muy visual todo, muy youtuber.

Personalmente, me mola cantidubi escucharme en mis propios hijos, lo reconozco, quitando aquellos pocos casos como que al oírles me venga a la mente Leticia Sabater o así. Pero la verdad, también disfrutaría escudriñando sus propias expresiones, viendo su léxico evolucionar sin influencias del pasado, intentando adivinar por dónde irá el lenguaje que nos debe conectar hasta que ellos, décadas después, se pregunten un día como yo ahora qué queda de su propio idioma.

Aunque .....

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