De Fago a ‘Yo por mi hija MA-TO’ en el Caso Carrasco

Montserrat González, una personalidad a juicio de muchos demasiado similar a la de su víctima, a la que mató de tres disparos a bocajarro.

Haced una cosa: entrad en un buscador cualquiera y teclead “Fago”. F-A-G-O. No tendréis que bajar mucho. Pronto recordaréis aquel crimen que marcó una década negra de la eterna España rural, el ensañamiento personal de un agente forestal, Santiago Mainar, que rivalizó por orígenes políticos con el alcalde del PP de esta pequeñísima localidad oscense, Miguel Grima.

Una madrugada el primero le descerrajó cuatro tiros al segundo en un camino, en plena noche del frío enero de 2007. Así acabó lo que los medios airearon como un crimen político que en realidad fue un claro caso de enconamiento obsesivo.

Quien no recuerde el caso, tranquilo. Puede leer un buen resumen aquí, o bien seguir bajando un poquito en los resultados de la búsqueda y localizar esta miniserie de tres capítulos que emitió sólo un año después TVE, a pesar de no haberse condenado aún al autor y quedar flecos en una investigación de la Guardia Civil que resultó tremendamente compleja por el asfixiante universo en que se produjo, un pueblo minúsculo y atemorizado. Ojo, no confundir con otra serie de televisión extraordinaria, Fargo, cuyas dos primeras temporadas a la sombra de la surrealista y violenta película de los hermanos Cohen está cosechando críticas magníficas.

El mediático asesinato del alcalde de Fago y el crimen de León comparten idéntica petición de penas, el toque político y el enconamiento obsesivo

Mainar fue condenado a 20 años de prisión por un delito de asesinato, en concurso con un delito de atentado, y a otros 9 meses de cárcel por tenencia ilícita de armas. Son los mismos delitos que se atribuyen ahora afrontan en la Audiencia Provincial de León a Montserrat González, su hija Triana Martínez y la amiga de ésta, la policía municipal Raquel Gago, por el asesinato de otra autoridad, con todas las letras: Isabel Carrasco Lorenzo, la poderosísima presidenta de la Diputación y del PP de León.

El inicio del juicio en León ha marcado la semana. No tanto en León, donde siendo sincero hay que reconocer que hace mucho tiempo la inmensa mayoría de la gente ha pasado la página, incluso con hastío, de un asunto tan brutal. Pero sí ha sido tendencia en el resto del país.

Hasta Carlos Arguiñano admitiría que con los ingredientes del caso, la connotación política –la asesina confesa y su hija pertenecían al mismo partido político que la víctima- y la búsqueda de las intrincadas explicaciones que nuestro subconsciente siempre reclama, amén del morbo puro y duro, todos los medios de comunicación nacionales han vuelto a lanzarse en picado sobre el Caso Carrasco, rebautizado también como el Crimen de León.

En particular la televisión. La de los informativos y la otra: aquella televisión de consumo urgente, heredera del mítico periódico El Caso, que se bate en la parrilla cada mañana o cada tarde. La televisión que lo mismo monta una tertulia pseudopolítica que analiza lo que ha desayunado un icono patrio como Belén Esteban. Sí, La Esteban, la ex Jesulina. Esa que ha regalado a la cultura de este país frases lapidarias como “Andreíta, cómete el pollo” o la mítica “Yo por mi hija... ¡MA-TO!”.

Montserrat, ese nuevo icono de la maldad es, de libro, un personaje de crónica de sucesos, de novela negra, de miniserie en horario de máxima audiencia

Y así volvemos a la ejecución a plena luz del día, en la cúspide de una pasarela de un soleado día de mayo, de “La Carrasco”, como la denominaba este martes su asesina sentada en el banquillo de los acusados. Porque Montserrat, este nuevo icono de la maldad que toma el relevo del sangriento forestal de Fago es, de libro, un personaje de crónica de sucesos, de novela negra, de mini serie en horario de máxima audiencia. Sobre todo desde que mirando de frente a los ojos de toda España respondió a su abogado aquello de “cuando Rajoy decide mantener a Isabel Carrasco como presidenta provincial del PP, decidí que la iba a matar. Era mi hija o ella”; porque “mi hija estaba muy mal, fatal, e Isabel Carrasco iba a seguir haciéndole la vida imposible”; porque “estoy convencida de que si no lo hago, hubiera ido al entierro de mi hija”. MA-TO.

El guión no es nuevo. Tampoco los argumentos que apelan al odio de ambas mujeres, Isabel y Montserrat, más parecidas de lo que ninguna de ellas querría admitir jamás. O la defensa hasta las últimas consecuencias de nuestros seres queridos. Quizá lo único novedoso sea el género femenino plural que empapa todo este crimen. Pero la sangre llama por sí misma, las relaciones familiares son un estupendo aderezo y la corrupción y el odio social que han generado los excesos políticos de un puñado ponen la guinda al pastel.

Con estos ingredientes, todos los medios de comunicación, y en particular la televisión, cocinamos con la facilidad de una termomix noticias de rápido y compulsivo consumo. Titulares que detonan en los oídos de la audiencia como cuatro cartuchos en la noche de Fago, como cuatro disparos de revolver en una pasarela, como los alocados intentos de Montserrat de justificar una ejecución, como los gritos autoritarios que salían del despacho de la presidenta en su Palacio de los Guzmanes, como las sentencias chulescas de la princesa del pueblo.

Con todo este ruido, ¿será capaz el jurado de escuchar algo coherente?

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