Informar en tiempos de guerra

Una imagen de IA retocada por otra IA de un reportero de guerra haciéndose un selfie.

En estos tiempos en los que las guerras son televisadas en vivo y en directo y podemos asistir al despliegue de la infantería antes de conquistar una ciudad o contemplar los bombardeos de la aviación desde el sofá de casa, los medios de comunicación se han convertido en un importante elemento estratégico capaz de influir en el desarrollo del conflicto a través de la presión que surge de las corrientes de opinión que ciertas imágenes provocan en la conciencia cívica. Esto no es algo nuevo, los americanos empezaron a perder la guerra de Vietnam cuando los periódicos de su país publicaron algunas fotos de las atrocidades perpetradas por su ejército. 

Aunque ahora la información se ha desbocado, ya no está canalizada por unos pocos medios y cualquiera con un teléfono móvil que esté en mitad de un conflicto puede ser testigo de una barbaridad y enviar esa bomba expansiva en forma de imágenes al resto del mundo en cuestión de segundos. Israel ejecutó su destrucción de Gaza intentando ocultar a la opinión pública todas sus abyectas tropelías a base de cargarse a más de 250 periodistas extranjeros que cubrían el conflicto. Aún así, pudimos ver cómo los soldados israelitas mataban sin ningún atisbo de humanidad a palestinos desarmados en grabaciones clandestinas de ciudadanos comunes que arriesgaban su pellejo. Y gracias a esas y otras muchas imágenes que delataban lo que estaba sucediendo allí, las sociedades occidentales empezaron a cambiar su mirada sobre aquel conflicto, a entender que se había pasado de una respuesta proporcional a los sanguinarios atentados de Hamás a algo muy parecido a un intento de genocidio. 

En esta era de saturación audiovisual las cruentas imágenes de cualquier escenario bélico desfilan ante nuestra mirada con una pasmosa trivialidad, sabiendo que mañana tendremos otras nuevas y que nuestros cerebros adormecidos por la costumbre apenas se alterarán. Aunque la verdad importa tan poco que únicamente la absoluta objetividad de algunas imágenes puede desenmascarar las fake news, todas esas mentiras esgrimidas sin ningún atisbo de pudor por los dirigentes que gobiernan este caótico mundo y que se pasan por el arco de triunfo las reglas del juego, esa entelequia que llamamos derecho internacional.

Y por supuesto uno no es tan crédulo como para creer que ese trabajo sucio de desinformación que se ejerce desde respetables y consolidadas democracias es algo excepcional. Aunque precisamente por eso no debemos dejar de condenarlo. Y ya sabemos que los grandes estrategas que manejan los hilos responderán que no somos más que unos ciudadanos mal criados, ingenuos y burgueses que no tenemos ni puñetera idea de todos las mentiras y abusos que han de perpetrar concienzudamente para preservar nuestro modo de vida. Pero qué quieren que les diga, ellos a lo suyo, los ciudadanos a lo nuestro, y cada cual a dormir con su conciencia. 

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