Víctimas y verdugos

La violencia contra los niños se llama hoy en día 'bullying'.

Hay una frase que no consigo recordar dónde leí o escuché pero que, en cualquier caso, me parece oportuno rescatar de la memoria y compartir con ustedes. Dice más o menos así: “Una cebra no tiene que correr más que un león, tiene que correr más que otra cebra”. Sobran comentarios. La incontestable idea que esconde y que le confiere el exclusivo rango de verdad absoluta posee, además, el suficiente poder de persuasión como para frenar cualquier ridícula pretensión discursiva de este por otra parte poco inspirado columnista. Aunque, un momento, volviendo sobre la frasecita en cuestión me ha venido a la cabeza una pequeña aclaración (ya ven qué poco ha durado la contención verborreica): en esa carrera por la vida que resume con exquisita precisión este aforismo encontramos también otra certeza, todos tenemos que correr.

Cuando somos niños, o adolescentes, la carrera o la lucha por asumir nuestra identidad y encajarla en el grupo desvelan nítidamente esa épica de la supervivencia (no de forma tan literal como en el caso de la cebra) que es inherente al aprendizaje vital. Y en ocasiones aparece el acoso, el ejercicio de esa tremenda crueldad infantil sobre el bajito, el zangolotino, el gordo, el cuatro ojos o el niño con el pelo rojo. Ahora llaman bullying a este maltrato físico o psicológico que recibe un niño por parte de otro u otros de forma deliberada y continuada. Pero siempre ha existido y todos hemos sido en algún momento de nuestro tránsito escolar víctimas, verdugos o callados y vergonzantes espectadores. El colegio acostumbra a ser el escenario de esas salvajes lecciones de vida, un universo hermético e invisible para los adultos que, como el carcelario, está regido por sus propias leyes y por un atávico código de valores en el que la distancia entre el respeto y la exclusión adquiere dimensiones colosales, cuando no trágicas.  

Hay pocas situaciones tan hirientes como la de asistir a una escena de abuso o humillación por parte de algún bruto ignorante sobre alguien desvalido. Y no nos engañemos, en el mundo adulto seguimos viendo a menudo estos aberrantes comportamientos ejercidos por tipos con cerebro de mosquito y ojos inyectados de rabia sobre los más débiles e indefensos de nuestra sociedad, sobre todos aquellos que son distintos o han llegado desde muy lejos. Son los bajos fondos del alma humana expresándose con una vileza cristalina. Aunque cuando sucede con niños la herida es más profunda y dolorosa. No hay nada moralmente más repulsivo que intimidar con violencia a un niño, ni nada más desgarrador que ver sufrir a uno de esos locos bajitos que todavía están aprendiendo a crecer.

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